Un emperador tras la cortina…

Sabía que pronto todo acabaría…

No había forma de escapar…

Ni modo de esconderse…

Tembloroso, angustiado y pávido de terror decidió ocultarse tras una cortina mientras intentaba, sin éxito alguno, contener su descarnado llanto.

Los alaridos de dolor, los sollozos y las súplicas de clemencia penetraban en sus oídos desde todas partes.

En ocasiones, estos angustiosos y desesperados gritos surgían de los pasillos de palacio o sus estancias, otras en cambio, se filtraban desde el exterior mientras se mezclaban con un clamor creciente que rugía por el retorno a la República.

Un retorno que estaba más cerca desde que los pretorianos, artos de la barbarie, el terror, la locura y la sin razón, habían decidido hundir el acero de sus Gladius en el cuerpo del emperador Caligula.

Aquel acto había desatado la sedienta venganza de cientos de víctimas…

Todos los seguidores, familiares y acólitos del emperador muerto serían exterminados sin compasión…

Entre ellos se encontraba nuestro protagonista…

Un protagonista que acurrucado tras la cortina de aquella pequeña estancia rezaba a los dioses por su salvación mientras con sus huesudas manos intentaba taparse los oídos.

-Por favor… Por favor…

La angustia de aquellos terribles instantes le había revuelto el estómago produciéndole unas terribles ganas de vomitar que le oprimían desde el estómago hasta la garganta.

-Ayudadme…No merezco esto… Por…

Pero de repente, su lamento cesó…Unos apresurados pasos se aproximaban a la estancia…

Su corazón comenzó a latir con una fuerza y una intensidad que le llevaron al límite del colapso…Cada latir golpeaba sus sienes… Su garganta… Su esternón…

Iba a morir…

Desesperado y petrificado escuchó como aquellos pasos se adentraron en la estancia…

Tras aquello silencio…

Sólo el latir desbocado de su corazón, su inconsolable llanto, y su incontrolable temblor retumbaban en la estancia.

Entonces el silencio se quebró…

Las sandalias de sus verdugos se encaminaron hacia él…El afilado acero silbaba…La respiración de la muerte se sentía tras la cortina…

Un paso…Y otro…Y otro…

Finalmente, un fuerte tirón hizo caer la cortina dejando al descubierto al petrificado, tembloroso y pálido Tiberio Claudio Druso Nerón…

Los pretorianos, sudorosos y cubiertos de sangre no pudieron evitar sonreír ante la penosa visión…

Su suerte estaba echada… Al menos eso creía el pobre Tiberio Claudio…

Era el final…

Pero el destino le tenía guardada una sorpresa…

Es cierto que los pretorianos habían asesinado a su emperador pero ellos no querían un retorno a la República, pues perderían poder e influencia. Ellos necesitaban un nuevo emperador…Un emperador fácil de manejar…Que hiciera lo que ellos deseaban o dictaban…Así pues ¿Quien mejor que el desgraciado, cojo, sordo, y nauseabundo Tiberio Claudio?

Sin borrar la sarcástica sonrisa dibujada en su rostro, el pretoriano que había tirado de la cortina, exclamó …

– Aquí está…Este es el sucesor de Caligula…- Mirando a su alrededor en busca de la aprobación de sus compañeros, preguntó- Decidme… ¿Quien mejor?

De esta manera…Anonadado e incapaz de articular palabra…Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, el imperfecto de cuerpo y brillante de mente, entraba en la historia universal.

Mi humilde homenaje a este superviviente nato, el cual, fue inmortalizado, de manera apabullante, insuperable y magnífica por Robert Graves en su novela “Yo, Claudio”.

Autor: José Antonio Lopez Medina

Anuncios

Napoleón en Ulm

– ¡Canonniers! ¡Le feu!

¡BOOOM! ¡BOOOM! ¡BOOOM! ¡BOOOM!

Napoleón aspiraba el olor a pólvora y fuego cada vez que sus valiosos y certeros artilleros hacían fuego sobre el acorralado ejército austriaco.

– ¡Canonniers! ¡Le feu!

¡BOOOM! ¡BOOOM! ¡BOOOM! ¡BOOOM!

Un ejército austriaco de 70.000 almas comandadas por Mack Von Leiberich, que ahora gritaba con cada zarpazo dado por la artillería francesa mientras clamaban al cielo porque los rusos llegaran a tiempo para auxiliarlos.

Pero aquello no iba a ocurrir nunca…

Pues, por capricho del destino, los rusos habían retrasado el inicio de su marcha al usar el calendario ortodoxo en vez del calendario gregoriano.

Aquella fatal descoordinación, había dejado solo a los austriacos, los cuales, en aquel momento estaban siendo masacrados.

Aun así, no todo había sido suerte…

El orgulloso y astuto Napoleón Bonaparte había decidido imponer en el continente su supremacía militar en tierra tras el fracasado intento por invadir Inglaterra. Por ello, en un movimiento fugaz, el general francés cruzó el Rin hacia Viena, para más tarde, en una hábil maniobra cruzar el Danubio por Neuburg para cercar a los austriacos.

Estos, oliendo la tragedia, intentaron huir del cerco por Günzburg pero, para su desgracia, chocaron frontalmente contra el sexto cuerpo del ejército francés.

Derrotados, dejando atrás 2000 almas, se tuvieron que retirar a Ulm… Una ciudad que caería pronto sin necesidad de asaltos…

El ratón estaba en la trampa…

Ahora solo había que aplastarlo…

Aquel pensamiento hizo que Napoleón dibujara una sonrisa en su rostro mientras volvía a inspirar el contundente olor a pólvora.

– ¡Canonniers! ¡Le feu!

¡BOOOM! ¡BOOOM! ¡BOOOM! ¡BOOOM!

En silencio, expuesto al fuego defensivo lanzado por el enemigo, permaneció en silencio mientras inspiraba y respiraba…

Sus artilleros refrescaban, cebaban, cargaban y disparaban sin descanso una y otra vez… Una y otra vez…

Orgulloso de aquellos hombres se giró para observar sus precisos, ordenados y eficientes movimientos de recarga y disparo.

De entre todos, no pudo evitar fijarse en un joven artillero, que incansable, portaba de un lado a otro las pesadas balas de cañón que sus compañeros disparaban. Su porte y orgullosa figura sumada a su admirable valentía y compromiso con la patria eran un claro ejemplo de lo que debía ser un verdadero patriota…Un verdadero soldado francés…

Sumergido en aquel pensamiento no pudo evitar esbozar una sonrisa…Pero entonces, aquel gesto de complacencia se borró…

Una descarga austriaca de artillería había barrido a los artilleros del cañón que estaba observando…

Tras unos segundos de incertidumbre, el humo se disipó dejando entrever al general francés los daños causados por aquel impacto…

De los cinco artilleros, cuatro habían salido ilesos, sin embargo, uno de ellos…El más joven de todos… Aquel que con entusiasmo y eficacia había llamado la atención del general, había sufrido la amputación de una pierna…

Con los ojos muy abiertos y llevándose las manos al muñón, aquel joven artillero esperaba la muerte mientras era atendido en sus últimos instantes por sus compañeros…

Fue entonces cuando el general francés, conmovido por aquella inminente pérdida, se acercó al moribundo muchacho…Se arrodilló a su lado y le miró a los ojos… El miedo se había instalado en aquellas vidriosas pupilas que, brillantes, contenían las amargas lágrimas que preceden a la muerte…

Napoleón, que hasta aquel momento había permanecido congelado observando al moribundo muchacho, se arrancó de su pecho la cruz de la Legión de Honor y se la colocó en el pecho al muchacho…

Seguidamente se incorporó y mirando a los artilleros que le rodeaban dijo:

– ¿Qu’attendez-vous des artilleurs?…Le feu…

Días después los austriacos cedieron en su intento de defensa iniciando así los términos de la rendición. Tras horas de negociación el general austriaco Mack Von Leiberich fue al encuentro de Napoleón, agachó la cabeza y le ofreció su espada mientras se presentaba como “el desafortunado general Mack” a lo que Napoleón, sonriendo, respondió “Devuelvo al infortunado General su espada y su libertad, junto con mis saludos a su emperador.”

Autor: José Antonio López Medina

Sin Palabras…

Que agradable era aquella brisa… Su suave caricia templaba la despejada mañana…

Una mañana que la hacía recordar como, en aquella explanada en la que aquel día esperaban para ser reubicados entre promesas de un nuevo futuro, habían pasado los cálidos días de verano…Su marido solía jugar con su hijo mayor a la pelota mientras ella colocaba la manta y organizaba la comida al mismo tiempo que el pequeño de la familia tiraba de su falda con la esperanza de llamar su atención… Las risas de su marido y el niño se entremezclaban con el cantar de los pájaros y el murmullo suave y placentero que hace el viento al mover la hierba…Juntos, entre risas y juegos disfrutaban de la vida… Eran felices…

¿Acaso no son esos pequeños e inapreciables momentos los que hacen realmente valiosa la vida?

Si de verdad supiéramos la importancia de cada momento…De cada sonrisa…De cada caricia o de cada beso… Si tuviéramos el pleno conocimiento de lo que es la vida apreciaríamos cada suspiro…Cada segundo…Cada instante…

Sacada de aquel maravilloso estado de letargo se sobresaltó…

-Mami, tengo hambre…

Aquella mujer sacó uno de los panecillos que había guardado en su bolsillo antes de dirigirse, como tantos otros, a aquella explanada a las afueras de Lubny.

Antes de hacerlo, había preparado lo poco que tenía y tras guardarlo en atillo, había despertado a los pequeños para, seguidamente, vestirlos entre protestas, pero ella sabía lo que era lo mejor para todos…¿Que madre no quiere lo mejor para sus hijos?…

Tras ello, convenciendo a los somnolientos pequeños, salió de la casa y se dirigió hasta la explanada donde los alemanes les habían citado…

No eran pocos los que habían acudido a aquel llamamiento por parte de las tropas de ocupación alemana que, por aquel año de 1941 habían sometido a media europa a sus pies…Y a sus leyes…

Mientras repasaba mentalmente lo acontecido su hijo pequeño reclamó su atención. El pobre pequeño tenía sueño y la modorra que el sol le estaba provocando le hacía exigir los plácidos y agradables brazos de su madre.

Esta, como es lógico, acogió a su pequeño en su regazo. A continuación lo meció mientras se deleitaba con el angelical rostro de su pequeño, el cual, plácidamente dormía.

Sólo el murmullo de las personas que los rodeaban impedían oír la brisa…El cantar de los pájaros …

A la espera, aquella madre…Ajenas la oscuridad del infierno que se cernía silencioso sobre ellos, observó complacida…Plena de felicidad y orgullo el rostro de sus pequeños…

A partir de aquí es cuando yo personalmente no puedo retener mis lágrimas…Mas tarde explicaré porque…

Obsérvelos bien…Detengan la lectura y miren la escena…Sus rostros…El movimiento, los olores y sonidos que se aprecian…Pues apenas unas horas después aquella mujer…Junto a sus dos pequeños…Sería asesinada por los nazis en la matanza perpetrada a las afueras de Lubny (Ucrania) en 1941…

Aquel horroroso, terrible, incomprensible e imperdonable acto de barbarie y oscuridad dejó como víctimas, en apenas unas horas,a 4100 personas entre las que se encontraban aquella mujer y sus hijos…

Un Instante atroz y desesperante hasta gritar de horror en el que no tengo fuerzas para profundizar, ya que a mí,personalmente, me a sobrecogido hasta no dejarme descansar por la noche…Soy incapaz de conciliar el sueño desde que me enfrenté a ella… Incapaz de entender tanta oscuridad…Tanta sin razón y barbarie sistemática…

He leído muchos libros sobre el holocausto nazi, pero desde que el pasado 30 de Mayo visitara la exposición de Auschwitz en Madrid no he podido pegar ojo… No sólo fue el enfrentarme a la historia, si no a los objetos que desde sus vitrinas narran lo sufrido…Lo dejado atrás en cuestión de segundos …

Por esa razón, hoy, entre lágrimas e incapaz de cerrar los ojos sin ver a esta madre y sus hijos, escribo para que esto no se olvide ni se vuelva a repetir…Para que jamás se ignore …Para que los jóvenes y las futuras generaciones no cometan el error de volver a caer en este oscuro infierno…

De antemano, pido disculpas si ofendo o daño la sensibilidad de alguien, no es mi intención, tal vez la intención de esta publicación sea mi propio deshago para salir del shock en el que me he sumergido,o tal vez, como quiero pensar…Esta señora, junto a sus dos angelitos, muevan mi mano para que su historia no se olvide jamas…

Autor: José Antonio López Medina

Encamisados en Mühlberg al mando de Cristóbal de Mondragón

La densa y opaca niebla lo rodeaba todo, abarcando, en su silencioso y pacifico abrazo a aquellos que todo hombre de corazón latente y alma precavida temía como fantasmas…Como demonios…

Y no era para menos…

Con sus mandíbulas apretadas sujetando entre sus dientes el frío acero de sus espadas y sus blancas camisas hundidas hasta el pecho en las gélidas aguas del río Elba… En busca de sus presas…En busca de su gloria…

Entumecidos…Al borde de la congelación…Rodeados por la blancura absoluta mientras permanecían sumergidos en el agua…Avanzaban…Paso a paso…Paso a paso…

A ello, gustosos de aquel privilegio, se habían ofrecido…

A la cabeza de aquellos valientes un jovencísimo y valeroso muchacho llamado Cristóbal dé Mondragón, el cual, con respeto y decisión se había presentado, junto a diez valerosos compañeros ante Carlos V y el Duque de Alba para ofrecerse como encamisados a cruzar el río por el él infranqueable vado en el que estaban apostados.

Solo así se podría desatascar la situación,ya que, la Liga de Esmalcalda había destruido todos los puentes sobre el río con el fin de atascar a el ejército español.

La farragosa situación se había enquistado de manera preocupante ,así que, como buen estratega, el monarca accedió a la valerosa y temeraria petición que aquellos hombres habían propuesto para solucionar el problema.

Entumecidos y temblorosos… Al borde de la congelación…Sin sentir su cuerpo y con el latir de su corazón retumbando en sus sienes…Avanzaban…Y avanzaban…

Nada sabían los confiados alemanes de la silenciosa muerte que se cernía sobre ellos paso a paso…Avanzando…Avanzando…

De esta manera, aquellos hombres llegaron en medio del silencio y la quietud a la orilla opuesta del Elba… Incapaces de no caminar recobrados se adentraron entre los enemigos y uno a uno…Sin producir un solo sonido…Un solo quejido…Un solo lamento…fueron cortando gargantas, apuñalando cuerpos rebeldes…Segando almas…

Mientras tanto, no cejaban en el empeño principal de hacerse con pontones para cruzar el río.

Lenta pero eficazmente avanzaron sembrando la muerte…Pero entonces… Entre la blancura y la espesura un soldado protestante dio la voz de alarma…

Los encamisados, a la voz de ¡Santiago y cierra España! Se lanzaron al ataque con la furia propia de los oscuros seres que alberga la niebla mientras Cristóbal de Mondragón se hacía, entre descargas de mosquetes con los pontones necesarios para cruzar el río.

Sus compañeros que, sin dar un paso atrás, seguían conteniendo a los protestantes entre fuego constante de mosquete, se percataron de la hazaña, así que, dejando atrás una multitud de heridos y muertes corrieron para adentrarse una vez más en la blancura…En la heladas aguas del Elba, el cual, como hijos de la noche los abrazo con sus fríos brazos…

Aquel heroico acto produjo que el ejército imperial dirigido por Carlos V y el Duque De Alba pudiera construir un puente con los pontones hurtados. De esta manera, sorprendiendo al enemigo, cruzaron el río dando inicio la batalla de Mühlberg, que sin lugar a dudas, fue una de las más famosa y épicas batallas de la historia de España.

Desde Historias de un Instante nuestro homenaje al grandísimo y eterno Cristóbal de Mondragón, leyenda inmortal de la historia militar de España, y a los diez valerosos compañeros que en acto heroico hicieron más grande nuestra historia.

Autor: José Antonio López Medina

El día que Isabel la Católica dobló sus rodillas…

Fray Hernando Talavera había sido llamado por la reina Isabel para convertirse, tras consejo del cardenal Mendoza, en confesor de la reina, ya que, la muerte de fray Tomas dé Torquemada había dejado el relevante puesto vacante.

El fraile, de férrea rectitud y gran virtud, aceptó el puesto con humildad y gratitud en cuanto escuchó los deseos y temores de la reina.

– Es un honor aceptar tan prestigioso cargo señora, pero si no os inoportuna , me gustaría saber ¿Cuándo comienzo mi tarea?

Isabel, ante el entusiasmo mostrado por el fraile se permitió una leve sonrisa.

– Ahora mismo si así os place.

Fue entonces cuando el fraile tomó asiento en la silla de madera de pino que estaba junto a Isabel. Seguidamente, para asombro de la reina, este la indicó que se arrodillará ante él como cualquier otro penitente.

Este acto imperativo había descolocado a la reina, ya que, hasta aquel momento, todos sus confesores se habían arrodillado ante ella en una clara muestra de respeto a su posición y persona.

La reina, dubitativa y algo ofendida ante la orden que aquel humilde fraile la había lanzado, decidido tomar la palabra.

– Fray Hernando Talavera.

– ¿Si?

– La costumbre ha sido siempre que ambos nos arrodilláramos. No veo porque ahora…

El fraile, cambió el apacible rostro por un rictus severo y firme para seguidamente alzar la voz e interrumpir a la reina.

– Hija mía, la confesión es el acto en el que tus acciones serán juzgados por el tribunal de Dios y los Santos. Ante él no existen reyes ni nobles si no simples pecadores que se arrepienten de sus actos. Y yo, en mi humilde función canalizadora, me alzo como ministro de Dios en la tierra. Así que, como os podéis percatar lo justo es que yo me siente y vos os arrodilléis.

La reina Isabel, ante la potencia y la fuerza de sus palabras cayó de rodillas, pues este y no otro era el enviado perfecto por el Señor para limpiar su alma.

– Sin duda, vos sois el confesor que yo buscaba…

Isabel I, reina de Castilla, esposa de Fernando el Católico, mujer de armas tomar, poder incontestable, fe férrea y carácter firme e indómito se sometió ante sus creencias, ante su nuevo confesor, ante el enviado del Señor en una clara muestra de respeto y humildad ante el creador.

Tal vez la escena fuera carente de importancia durante su reinado pero, conociendo su figura, estoy seguro que fue la primera ocasión en la que tan ilustre y valiente mujer doblará las rodillas ante alguien en claro gesto de sumisión.

Ese alguien no fue ningún hombre ni ninguna mujer… Ese alguien fue, nada más y nada menos, el único que según ella podía doblegarla…

Ese alguien fue Dios…

Autor: José Antonio López Medina

Nacimiento de Carlos V

Un agudo dolor hizo que la archiduquesa, Doña Juana, se retorciera de dolor, sus músculos se contrajeran mientras su frente se perlaba de sudor y el palpitar de su corazón martilleara sus sienes.

Algún alimento ingerido durante la fiesta celebrada por su marido en el palacio de Prinsenhof debía haberla sentado mal.

Este pragmático pensamiento cruzó la mente de la archiduquesa mientras sentía como el dolor, que había remetido por unos instantes, volvía a crecer en el interior de su abultado vientre.

Una vez más, aferrándose a las sábanas, sintió como el dolor se expandía en su bajo vientre atravesándola de lado a lado, así que, sin poderlo soportar más, posó sus delicados pies en el frío suelo de aquel palacio de Gante donde su atractivo marido, él archiduque Felipe de Austria, celebraba sus grandiosas, multitudinarias y alegres fiestas.

Encorvada, y con las manos sujetando su vientre, camino hasta la letrina sin detenerse en avisar a su dama de compañía.

No podía esperar más…Necesitaba aliviarse…

Así, abrió la pesada puerta y se dejó caer sobre la letrina…

El dolor volvió una vez más a intensificarse hasta el punto que la archiduquesa Doña Juana hizo de vientre sin poder contenerse, pero entonces, se percató que no estaba sufriendo una indigestión, ya que, para su sorpresa, se percató que su vientre se contraía invitándola a empujar…Invitándola a alumbrar al hijo que llevaba en su interior…

Doña Juana, hija de Isabel y Fernando, no dudo ni un instante lo que debía hacer, y saltándose el protocolo que exigía que los nobles alumbraran delante de otros nobles para que fueran testigos de su legitimidad, empujó…

Su cuerpo se encorvó y su vientre se contrajo mientras apretaba la mandíbula…El dolor era agónico…Pero volvió a empujar…Las ganas de gritar se le atascaron en la garganta mientras volvía a empujar…Una vez…Y otra…

Sabedora de que aquel trance estaba llegando a su fin colocó sus manos bajo su vientre y empujó como si fuera el último esfuerzo de su vida.

La extenuante tensión dio paso a la relajación propia de un agotamiento inaguantable, mientras su corazón y su alma se llenaban de alegría al escuchar al recién nacido llorar a pleno pulmón.

Allí, en una oscura, fría y sórdida letrina del palacio de Prinsenhof, en la lejana Gante, humildemente nacía un 24 de febrero del 1500 el futuro Carlos V, rey de España y todos sus reinos, emperador del Sacro Imperio Germano, defensor de la cristiandad contra el turco y el protestante, contra el francés y el pirata berberisco, vencedor de Mühlberg, padre de Felipe II y del valeroso Don Juan de Austria…

Grande entre los grandes…

Hijo de la eternidad…

Inmortal…

(Aunque no se sabe a ciencia cierta si este hecho es real o si realmente Juana estaba sola, ya que por aquel entonces, el archiduque, presintiendo heredero varón se perdía en cuidados y atenciones hacia su esposa, es lo que a lo largo de la historia se ha dado como verídico en una clara muestra de mostrar como paradójicamente el hombre más poderoso del mundo nacía de la manera más humilde. Así pues, el autor se permite la licencia de imaginar aquel instante de la historia y novelarlo para que el lector se sienta e aquel momento y en aquel lugar.)

Autor: José Antonio López Medina

Los Honorables Presos del 2 de Mayo

Ya se había alcanzado la media mañana cuando el director de la Cárcel Real de Madrid quedó perplejo ante lo que acababa de leer…

Al otro lado de la mesa, Felix Ángel, jefe carcelero del lugar, esperaba, inquieto y angustiado, para dar respuesta al mensaje que los presos le habían forzado a entregar al director.

-Como puede ser…Esta petición es…

-Si…Pero yo que usted acedaría, pues no va a ser nada el tumulto que se escucha fuera con el que podemos tener aquí dentro…Ademas, por si no lo sabe, ya tienen en su poder las llaves de guardia, pinchos, hierros afilados y piedras…

El director tragó saliva mientras sentía como un sudor frío recorría su espalda. Incrédulo, incapaz de creer lo que estaba ocurriendo, volvió a releer el mensaje.

Habiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y municiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volver a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los extranjeros»

Francisco Xavier Cayó

2 de Mayo de 1808

– Pero esto que piden…

– Señor director, déjelos salir…No solo no tienen armas si no que si no accedemos a su petición prenderán fuego a la cárcel…

El director tragó saliva…¿Como confiar en la palabra de aquellos prendas de los barrios oscuros de Lavapiés y el Barquillo?¿Se podía confiar en la promesa dada por asesinos, ladrones y gente de mal vivir? ¿Realmente volverían si los dejara salir?

– Señor… Debe decidirse…

-Lo se…Pero…

¿Que hacer?¿Ceder o arriesgarse a sufrir el motín?¿Intentar restablecer el orden o ser cómplice de los altercados y la batalla popular?

– Señor, como veo que no se decide le daré mi opinión, tal vez así se decida…

-Adelante…

-Yo pienso que esta gente, va a matar si o si, así que mejor que degüellen a los gabachos antes que a nosotros…

Aquella opinión hizo caer el tenue telón de duda que sostenía la balanza. Felix Ángel tenía razón…En aquella trágica jornada había que dejar de lado el deber para salvar el pescuezo. Mejor que murieran los gabachos…

-Abra las puertas. Déjelos salir…Pero antes, que juren que volverán…

-Así lo haré señor…

Tras el portazo y unos minutos de intenso silencio estallaron gritos de júbilo, vivas al rey y muerte a los gabachos.

De esta manera, cincuenta y seis de los noventa y ocho reclusos saltaron como fieras sedientas de sangre a las calles de Madrid.

No había tiempo que perder…

Pronto acuchillaron, degollaron y asfixiaron a todo gabacho que se encontraban a su paso. Aquellos energúmenos tatuados, sucios, andrajoso y de mal vivir Caín sobre sus presas con saña y odio mientras clamaban al rey y a la muerte.

De esta manera llegaron hasta la Plaza Mayor…

Allí, un cañón francés recargado por seis artilleros estaba disparando sobre la gente que corría por la calle Toledo.

¡BOOOOOM!

Cuando el humo se disipaba se podía observar la muerte de los anónimos héroes populares que estaban luchando por la libertad de su patria.

Con tal imagen de destrucción y muerte en la retina, los presos de la Cárcel Real, dirigieron su odio y furia sobre los artilleros cayendo sobre ellos como fieras implacables.

Cubiertos de sangre y con los corazones palpitantes decidieron dar de su propia medicina a los franceses. Así que, ayudándose como hermanos, giraron el cañón y, apuntando a un escuadrón de Caballería Imperial que cargaba sobre la Puerta del Sol, abrieron fuego.

¡BOOOOOM!

El alarido de dolor y muerte de hombres y caballos se fundió con los miles de gritos que los madrileños estaban lanzando al cielo entre sangre, dolor, muerte y sufrimiento.

Los caballos tropezaron con los muertos y los heridos arrastrando a sus jinetes al frío suelo de Madrid.

La confusión reinaba entre el escuadrón mientras los presos volvían a recargar el cañón para hacer fuego.

-¡ Rápido compadres! ¡Todavía podemos darles una vez más!

Y así fue…

¡BOOOOOM!

Por segunda vez, el estallido del cañón hizo saltar por los aires a los desconcertados franceses que, a duras penas se reorganizaban para cargar contra aquel punto de resistencia.

– ¡Vamos!¡Cargad!

Pero en aquella ocasión no dio tiempo…

Una descarga de fusilaría hizo que tuvieran que ponerse a cubierto y huir del lugar, pero no crean que aquí terminó su épica historia, pues a lo largo de todo el día estuvieron mandando franceses a San Pedro para que los dejara entrar en el cielo.

Finalmente, al alba, con un Madrid vencido que esperaba la represión del ejército francés, volvieron a la Cárcel Real, entre sonrisas, caras de satisfacción y orgullo, cincuenta y uno de los cincuenta y seis que decidieron salir.

Dos habían desaparecido y uno se había fugado…

Por otro lado,tan solo uno había sido herido…

Tan solo uno había muerto…

Desde Historia de un Instante nuestro homenaje a los héroes del 2 de Mayo. Personas de toda condición que unidos gritaron a la cara del invasor libertad, luchando así, unidos como hermanos de una misma sangre, por nuestra nación, por nuestra forma de vivir y entender el mundo..Por España…

Horacio Cocles

Los habitantes de Roma huían despavoridos ante el avance de el ejército etrusco.

Y no era para menos…

El ejército liderado por Lars Porsena no estaba haciendo prisioneros, ya que, soldado, mujer o niño que tenía la mala fortuna de caer entre sus garras era pasado por el frío y afilado acero.

Entre gritos de dolor, lamentos y súplicas de clemencia, el impaclabe ejército avanzó hasta el puente Sublicio, que por aquel entonces, era el único acceso a la ciudad.

Una ciudad aglomerada que rezaba a los dioses por su vida, pues no tenia nada que oponer al terrible y sádico avance enemigo que había venido a aniquilarlos.

Pero cuando todo está perdido…Cuando la causa es un imposible…Las grandes naciones…Los futuros y eternos imperios…hacen nacer a sus héroes…

Horacio Cocles, soldado tocado por los dioses para ser inmortal, da un paso al frente. Rápidamente organiza a los hombres que le siguen para que estos vayan demoliendo las bases del puente hasta hundirlo. Él hará frente al ejército etrusco hasta que el puente caiga y la ciudad esté salvada.

Desenvainando su espada y aferrándose a su escudo clava los talones en los tablones de madera. Frente a él, toda una jauría de furiosos etruscos que quieren quitarle del medio para saciar su sed de sangre.

La embestida no se hace esperar. De tres en tres, los etruscos van cargando llenos de furia, valor y coraje contra aquel soberbio romano.

Pero uno a uno todos van cayendo…

El acero del bravo y determinado Horacio Cocles atraviesa sus cuerpos, mutila sus miembros, corta sus cabezas…

Parece invencible…Inmortal…Pero el cansancio va mermando sus fuerzas y el acero de sus enemigos también se incrusta en su carne…Todo parece perdido, pero entonces, él aura de grandeza, la fe y determinación inquebrantable de los héroes, le hacen levantarse una y otra vez,mientras de reojo, observa como sus compatriotas van acabando con los apoyos de aquel puente…

Agotado y herido siente como a su espalda se unen a la lucha sus dos grandes amigos. Espurio Larcio y Tito Herminio no están dispuestos a que aquel héroe muera sin terminar su gesta.

Los tres, unidos por la gloria, seguirán repeliendo uno tras otro los ataques etruscos.

Hasta que finalmente, una voz desde la retaguardia indica que el punte va a colapsar.

Horacio Cocles, apretando los puños, ordenará a Espurio Larcio y Tito Herminio el repliegue…El cubrirá su huida…

Incapaces de recriminarle aquel gesto, corren como alma que lleva el diablo…

Mientras tanto, al otro lado, un colérico e impaciente Lars Porsena, ordenará que los arqueros hagan caer una lluvia de flechas sobre el inquebrantable romano.

El cielo se oscurece, la muerte va a caer sobre el…Pero entonces el puente colapsa y el héroe se hunde en las aguas… las flechas atraviesan la superficie Del Río Tiber… Todo parece haber terminado para el héroe…La ciudad se a salvado…Los gritos de júbilo y los llantos de alegría contrastan con las maldicientes de los estupefactos etruscos, que inexplicablemente, han sido detenidos por un solo hombre…

Todo a terminado…

Pero he aquí final de la vida nebulosa de los héroes…Según nos cuenta Polibio, el héroe se ahogó arrastrado al fondo por el peso de su armadura, sin embargo, según Tito Livio, el héroe consiguió reflotar a la superficie, nadar hasta la orilla y ponerse a salvo tras los muros de la ciudad que acababa de salvar de su oscuro destino…

¿Que ocurrió realmente?

Elijan el final que más les guste… Yo ya he elegido el mío…

En honor a Horacio Cocles, los romanos erigirán la primera estatua de su historia dedicada a un hombre…A un héroe…

Autor: José Antonio López Medina

D’Artagnan

Charles de Batz-Castelmore se había lanzado al asalto de las murallas de Maastricht sin que en su corazón existiera el mínimo resquicio de temor o nerviosismo, ya que, para el noble mosquetero del rey Luis XIV, no era novedad el enfrentarse al fuego, las balas y los sables.

Desde que su padre Bertrand de Batz, señor de Castelmore y de Françoise de Montesquiou, oriundos burgueses de La Gascuña francesa, le enviara a Paris para que sirviera al rey en el regimiento de guardas franceses no había conocido temor.

Es más, de tal importancia y valor fueron sus acciones en Arras, Bapaume, Collioure o Perpignan que en 1644, aparte de ser uno de los protegidos del cardenal Mazarino, se convirtió en Mosquetero del rey.

Aquel salto a las élites armadas le hizo intervenir en grandes misiones de las que siempre salió victorioso. Este hecho produjo que no sólo su temple, bravura y experiencia aumentaran, si no que, tales actos fueran recompensados con la concesión en 1647 de la capitanía de los mosqueteros, preludio para llegar, tiempo después, a ser gobernador de Lille.

Cualquier persona se hubiera conformado, estando más que agradecido, con haber adquirido aquellos honores. De hecho, aquello le apartaría de los campos de batalla y acciones militares, pero Charles de Batz-Castelmore no era así…Así que, en cuanto tuvo oportunidad influyó sobre sus contactos para ser llamado a filas…

Por esa razón, aquel hijo del famoso burgués, valeroso, bravo y temerario estaba cargando en la brecha producida por la artillería francesa en las murallas de Maastricht.

En su intrépida carrera las balas de mosquete y los estallidos de arcabuz resonaban a su alrededor segando las almas de sus compañeros.

Los defensores estaban golpeando con todo el plomo que tenían en una desesperada acción defensiva.

Paso a paso…Alarido a Alarido…Arenga tras arenga…Charles de Batz-Castelmore se fue acercando a la brecha…

Con la respiración entrecortada, el corazón desbocado y la furia como bandera, comenzó a escalar entre los cascotes esparcidos.

Pero entonces…En aquel mismísimo instante… Una bala proyectada por un mosquete holandés se alojó en el pulmón derecho del valeroso mosquetero…

Golpeado inesperadamente por la parca, cayó de rodillas…Se llevó la mano a la herida comprobando la terrible y letal hemorragia mientras sentía como sus pulmones se iban encharcando…Seguidamente su cuerpo sintió una repentina pérdida de calor que le hizo encogerse…No podía respirar, pero ya no importaba…Se sentía muy cansado…Agotado…Muerto de sueño…Un sueño oscuro y profundo…Un sueño eterno…

Charles de Batz-Castelmore, conde de Artagnan, sólo sería una víctima más de las terribles e innecesarias guerras perpetradas a lo largo de la historia. Solo sería una baja más, alguien anónimo, un número más…

Solo sería eso…

Pero Alejandro Dumas decidió que no fuera así, pues Charles de Batz-Castelmore, conde de Artagnan, es el mosquetero que inspiró al afamado escritor para crear a su inmortal D’Artagnan, el cual, pasaría a la historia en 1844, como protagonista de Los tres Mosqueteros.

Desde Historia de un Instante mí homenaje a los cientos de miles de soldados que han dado su vida de manera anónima a lo largo de la historia, los cuales, no tuvieron la suerte de ser inspiración de un maestro de las letras que los hiciera inmortales.

Autor: José Antonio López Medina

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑