Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán

El anciano, sumergido por los avatares de la existencia en la penumbra absoluta que produce la ceguera, intentaba mantener con vida el poco ánimo que le quedaba mientras en el interior de su mente lamentaba, tras muchos años, el no haber sido previsor en cuanto al amor.

Cuantiosos habían sido los romances mantenidos, los besos entregados y las caricias vertidas por doquier, sin embargo, ninguna de estas tórridas aventuras se había consolidado hasta el punto de perpetuarse en el tiempo.

Ahora, ante su inevitable e ineludible ocaso, adquiría, para su desconsuelo, la certeza de que en el final de sus días no tendría un alma gemela que cuidara su desvencijado cuerpo y su cansada alma.

Estaba solo…

Absolutamente, solo…

En tales pensamientos andaba sumergido cuando de repente la bella y joven actriz Margarita Xirgu, admiradora del gran maestro de las letras, tomó con suavidad la vetusta mano del anciano novelista haciendo que este se sobresaltase y diese un respingo.

⸺ No os asustéis maestro. Soy yo. Margarita.

Aquella dulce y delicada voz cargada de ternura hizo que Don Benito borrase de su cara la expresión inicial de sorpresa para dar paso a una amplia sonrisa.

⸺ Oh, Margarita. Un placer teneros cerca y disfrutar de vuestra compañía. Yo…

⸺ ¡No os levantéis!

El escritor, aunque protocolariamente mostró su disgusto por no haberse manifestado cortes ante la joven, realmente agradeció el no tener que incorporarse de su asiento. Su cuerpo ya no era el que fue hace unos años pues su fortaleza y vivacidad hacía tiempo que ya se habían esfumado.

⸺ Os veo bien.

⸺ Porque me miráis con vuestros bellos ojos, los cuales no puedo observar por culpa de mi ceguera, pero que siento como me iluminan el ánimo.

⸺ Me vais a sonrojar ¿Veis cómo no hace falta que os levantéis para que una mujer se sienta reconfortada a vuestro lado?

Don Benito sonrió ante la ocurrente y original réplica de la joven antes de tomar la palabra.

⸺ Y bien mi apreciada y admirada Margarita. Contadme a que habéis venido. No creo que gastéis con gusto vuestro tiempo en estar junto a un decrépito anciano.

⸺ ¡Qué tonterías decís! Estar junto a usted es todo un privilegio que se debe disfrutar.

Durante los siguientes minutos el anciano y la joven intercambiaron cumplidos, hablaron de los futuros proyectos artísticos y teatrales que la joven debía desarrollar en los próximos meses y de las comidillas propias de aquella alocada sociedad hasta que, de manera repentina, tal vez conducido por el destino, se dejó de hablar de ella y su futuro para empezar hacerlo de una archiconocida condesa de origen gallego y de armas tomar llamada Emilia Pardo Bazán.

⸺ Ha sido ella la que con más insistencia y pasión ha pedido el Nobel para usted.

Don Benito Pérez Galdós, haciéndose a propósito el despistado, reclamaba de manera indirecta más información mientras su corazón comienza a latir con fuerza y a disfrutar con lo que sus oídos captan.

 ⸺ Ah ¿Sí?

⸺ Sí. Pero eso no es todo, pues crucial y de gran importancia fue su voto a la hora de homenajearle y reconocerle con la estatua del Retiro.

El escritor, incapaz de articular palabra ante la emoción que le retornaba al recordar aquel instante en el que se alzó para palpar su pétreo rostro ante los aplausos de los asistentes, sintió cómo su corazón se encogía y su alma se estremecía.

⸺ ¿Fue ella entonces una de las que…?

Margarita Xirgu, apretó la mano del anciano para interrumpir la formulación de su cuestión y aproximando su rostro al del escritor, contestó…

⸺ Sí.

Es entonces cuando Benito Pérez Galdós, sin que la joven se percate de ello, vuela hacia atrás en el tiempo para perderse entre las caricias, los besos, la pasión desenfrenada y la lujuria fortuita que había mantenido con su siempre admirada Emilia Pardo Bazán.

Lejos quedaban ya aquellas tórridas cartas, aquellos juramentos de amor eterno y ardor carnal, sin embargo, las brasas de aquel fuego le abrasarían para siempre.

Qué equivocado estaba al pensar que moriría solo.

A pesar de la distancia física.

Ella siempre estaría a su lado…

⸺ ¿Os encontráis bien?

Benito Pérez Galdós asintió mientras un profundo y sincero sentimiento de orgullo le embriagaba por completo.

⸺ Lo estoy…

Entonces fue él el que, para aguantar las lágrimas, apretó la mano de la joven.

⸺ Lo estoy…

Famoso es el apasionado romance mantenido entre estos dos gigantes de la literatura. Lo que empezó con una correspondencia de admiración terminaría en una tórrida relación de amor y encuentros sexuales.

Prueba de aquel arrebatador y desbordante amorío son las misivas que aún se conservan.

Sin embargo, Benito Pérez Galdós, muy promiscuo, visitaba otras camas, así que Emilia Pardo Bazán no se quedó atrás e hizo lo propio tras la Exposición Universal del año 1888 al compartir sabanas con Lázaro Galdiano.

Esto levantó y aireo los celos del afamado novelista haciendo que la relación terminarse por enfriarse. Finalmente, esta se rompería cunado Galdós dejase embarazada a Lorenza, con la cual, tendría una niña a la que llamarían María.

Distantes e incluso enfadados, (famosa es la anécdota donde ambos se cruzan por la escalera y Emilia Bazán le dice «viejo chocho» y Benito Pérez Galdós la contesta «chocho viejo») nunca se olvidaron y siempre se admiraron, así que, para despedir el relato me gustaría hacer referencia una de las frases escritas en aquellas cartas de amor:

«Pues bien: yo no quiero que me dejes.No; tú eres para mí. Para mí tus besos todos, todos»

Autor: José Antonio López Medina

Juan de Lepe “El Pequeño Rey de Inglaterra”

Aunque en el exterior de la fortaleza el gélido viento y la incesante lluvia doblegaban el ánimo de todo aquel que por obligación o mala fortuna se oponía a los elementos, en el interior todo era bien distinto.

La espaciosa y regia estancia interior, adornada con ricos tapices e iluminada por las refulgentes antorchas que pendían de los metálicos soportes anclados en las paredes, les aislaba de todo mal gracias al grosor de sus muros mientras, el continuo crepitar de los tocones de madera al arder en la chimenea se aliaba con los tragos de cálida y amarga cerveza y las estruendosas carcajadas de los presentes para caldear el ambiente.

Todo apuntaba, como de costumbre, a que aquella noche desapacible de invierno sería una rutinaria y distendida tertulia más en la que la que Enrique VII, rey de la poderosa Inglaterra, disfrutaría de una agradable partida de naipes desplumando a los nobles de su confianza y su apreciado, extraño y siempre simpático, amigo andaluz llamado Juan de Lepe.

Sin embargo, aquella noche la fortuna y azar iban a enredar junto al destino para mofarse del poderoso monarca inglés y escribir una de las páginas más cómicas de la historia…

⸺ Es vuestro turno majestad.

Enrique VII, con el rostro cubierto de sudor y las mejillas sonrojadas por la cantidad de alcohol ingerido, hizo un gesto de indiferencia con la mano izquierda mientras con la derecha volvía aferrar la jarra de cerveza para llevársela a la boca.

Tras varios tragos en los que su garganta gorgoteó estrepitosamente, eructó.    

⸺ ¡Dejaos de formalidades! ¡Acaso no veis que estoy ocupado! ¡Barajear vos y hacer reparto si no queréis irritarme!

Sir Richard, consejero del rey que siempre intentaba agradar a su majestad con sus buenas formas mientras mostraba el tener controlado todo a su alrededor, se diesen las circunstancias que se diesen, cogió con premura las cartas y comenzó a badajearlas mientras al otro lado de la mesa, Juan de Lepe, con actitud socarrona y rostro compungido se burlaba del servicial noble para arrancar una nueva carcajada al rey.

Este, siempre pendiente de las chanzas de su amigo, confidente, y porque no decirlo, bufón, comenzó a reír mientras golpeaba con las manos sobre la mesa.

Adhiriéndose rápidamente a aquella risotada ensordecedora de manera sincera o forzada, según el interés individual de cada uno, los demás nobles se burlaron de su compañero de partida mientras este, intentando hacer de tripas corazón, comenzaba a repartir una nueva mano y dibujaba una pequeña sonrisa en su rostro para mostrar que había encajado con simpatía la increpación del rey.

⸺ ¡Bien! ¡Lo veo! ⸺ volvió a reír desmesuradamente mientras teatralmente gesticulaba para lanzar dos monedas sobre la mesa ⸺  ¡Ahí va mi apuesta!

El tibio envite de su majestad, de fama ya pregonada por su escasez y tacañería, no sorprendió a ninguno de los allí presentes, pues estos, ya conocían la manera de proceder del monarca.

⸺ Me retiro…

⸺ Yo tampoco voy…

⸺ Ni yo…

Enrique VII, viendo como uno tras otro se hacían a un lado incapaces de hacer frente a la seguridad mostrada en su rácana apuesta, dibujo una sonrisa sobre su enrojecido rostro mientras con satisfacción observaba los rostros derrotados de sus adversarios, sin embargo, cuando sus pupilas se posaron sobre el pequeño y feúcho andaluz de rostro arrugado, dientes oscuros y ojos saltones, sintió que aquella victoria no sería tan fácil…

⸺ ¡¿Y vos Juan?! ¡¿Qué hacéis?! ⸺ los presentes levantaron sus rostros para observar al gracioso español ⸺ ¡No me digáis que habéis sido tocado por la fortuna, pues en ocasiones, tal caricia se confunde y se acaba haciendo el ridículo!

Juan de Lepe, que se mordía la lengua mientras pensaba la forma de decirle al rey que no se retiraría en aquella mano, evitó contestar al rey mientras a su alrededor tronaba una nueva risotada.

⸺ Majestad.

⸺ ¡¿Y bien?!

El andaluz tragó saliva antes de contestar.

⸺ Igualo su apuesta y subo una.

Todos volvieron a reír mientras Enrique, disimulando su sorpresa con una amplia sonrisa, atravesaba con su mirada a su vivaracho amigo.

⸺ ¿Qué escondes pequeño mamarracho?

Juan de Lepe sonrió ante el tono y el verbo usado por el rey mientras este, curioso, volvía a tomar la palabra.

⸺ ¡No será un farol!

Aquella repentina y simplona conclusión hizo que todos volvieran a reír durante un buen rato.

Sin embargo, Juan de Lepe, que no paraba de mirar a uno y otro lado de la mesa divirtiéndose con las reacciones de sus compañeros de mesa, no borraba la sonrisa instalada en su desfavorecido rostro.

⸺ ¡No pensareis que a mí me podéis mentir tan fácilmente! ¡Acaso me veis rostro de cortesana busca fortunas! ¡No señor! ¡No podéis engañar a vuestro rey!

Todos esperaban que Juan de Lepe reconociera que todo había sido una farsa para divertirlos, pero este, para sorpresa de todos, siguió manteniendo la sonrisa mientras los observaba, así que Enrique VII, para dar una lección a su aventurado y alcoholizado amigo, decidió dar un nuevo paso al frente.

⸺ ¡Tú lo has querido pequeña rata! ¡Igualo tu apuesta y subo cinco!

Tras aquellas palabras todos giraron el rostro para ver la reacción del andaluz, pero este, divertido ante lo que estaba ocurriendo, tomó un par de montones de monedas y colocándolas en el centro de la mesa, dijo:

⸺ Pues yo lo igualo y subo otras cinco.

Aquel inesperado pulso hizo que el volumen de las carcajadas disminuyera considerablemente al mismo tiempo que el rey, incrédulo, negaba con la cabeza.

⸺ Se os ha ido la razón, mi insignificante amigo.

⸺ No, majestad. Creo que esta mano puedo ganarla.

⸺  ¡Oh! ¡Vamos!

Enrique VII cogió tres montones de monedas y mirando a los ojos al español, las arrojo al cúmulo mientras volvía a sonreír.

⸺ Lo igualo y subo veinte ¡¿Te enteras ya?!

Los allí presentes rieron una vez más con el fin de acompañar a su majestad en aquel surrealista lance mientras Juan de Lepe, dejándolos a todos pasmados, ampliaba su sonrisa y asentía con el rostro.

A continuación, ante el clamor sarcástico de los espectadores, volvió a tomar un puñado de monedas para posarlas sobre el ya abultado montón que se había apiñado en el centro del tablero.

⸺ Lo igualo majestad.

De repente las carcajadas se silenciaron…

⸺ ¿Cómo dices?

Enrique VII se apoyó sobre la mesa mientras su rostro, ya incapaz de esconder ni un segundo más su perplejidad ante lo que estaba presenciando, se contraía.

⸺ No me dirás que…

⸺ Sí… Además, subo una.

Juan de Lepe volvió a sonreír ampliamente mientras miraba a los demás, sin embargo, estos atemorizados ante la impredecible reacción del rey, ya no mostraban divertimento, sino nerviosismo y preocupación.

⸺ ¿En serio?

El andaluz asintió una vez más…

⸺ Sí.

Un silencio atronador cayó sobre ellos mientras un manto de quietud lo envolvía todo a espera de un impredecible desenlace.

Todo se había detenido… Pero entonces, rompiendo aquel estado de tensión el rey decidió sonreír y lanzar el todo por el todo.

⸺ Estoy convencido de que esta bravuconada es tan solo una de tus chanzas.

Juan de Lepe negó con la cabeza, pero Enrique VII, ignorando aquel gesto, continuo con el que debía ser el último y definitivo golpe.

⸺ ¡Fijaros si estoy seguro de lo que digo que, ante los presentes y ante Dios! ⸺ Apretando los puños y frunciendo el ceño mientras dibujaba en su rostro una sonrisa cargada de furia, sentencio⸺ ¡Me juego todas y cada una de las rentas que produce mi reino a lo largo de una jornada y el nombramiento simbólico cómo rey de nuestra amada Inglaterra por un día!

Entonces, Juan de Lepe, mostrándose sereno y divertido para sorpresa y estupefacción de todos, asintió con el rostro ampliando, aun más si cabe, su sonrisa.

Después, contestó…

⸺ Acepto, majestad.

Enrique VII no esperaba aquella respuesta, y menos, la seguridad con la que su grotesco amigo la había pronunciado, así que, para evitar que aquella farsa se alargase más en el tiempo, lanzó sus cartas sobre el montón de monedas.

Todos sonrieron aliviados al contemplar la magnífica mano que poseía oculta hasta aquel momento el rey, sin embargo, cuando Juan de Lepe mostró los naipes todos palidecieron.

El rey tragó saliva y su rostro se contrajo mientras sus ojos, incapaces de asimilar lo que veían, comenzaban a pestañear compulsivamente.

Mientras tanto, enmudecidos y aterrados, los hombres de noble cuna allí presentes, sintieron el latir de sus corazones rebotando contra sus esternones mientras, palpitando aceleradamente, sus gargantas y sus sienes sentían el frenético tañer de su pulso vital.

Nadie se movía…

Nadie decía palabra alguna…

¿Cumpliría el rey con su promesa?

Enrique VII cayó lentamente sobre el respaldo de su silla incapaz de articular palabra mientras, alegre a la vez que divertido, Juan de Lepe esperaba que el rey se pronunciase para dar comienzo al cumplimiento de su promesa.

Pero todo era silencio…

Quietud…

Y tensión…

Un minuto, dos, tres… hasta que finalmente, Enrique VII negó efusivamente con la cabeza y comenzó a reír a carcajada limpia.

Los nobles, aun si saber que hacer, sonrieron tímidamente mientras, petrificados observaban al risueño y pícaro Juan de Lepe aplaudirse a sí mismo de manera jovial.

La carcajada fue en aumento hasta que, finalmente, el rey, señalando a Juan de Lepe, exclamó:

⸺ ¡Qué demonios! ¡Brindemos por Juan de Lepe! ¡Conocido desde hoy hasta mañana a la misma hora cómo The Little King of Englan!

Los nobles y el rey cogieron sus jarras y, derramando cerveza sobre la mesa de juego y los naipes, brindaron entre sonoras risotadas por el pícaro y siempre alegre Juan de Lepe.

El Pequeño Rey de Inglaterra.

Al día siguiente, se daría una gran fiesta en su honor mientras el muy truhan aprovechaba la ocasión para hacerse con todas las riquezas posibles entre las que se encontraría una corona.

Todos, incluido el rey, disfruto de aquella simpática jornada cumpliendo así con su palabra.

Sin embargo, su curiosa fama no permanecería eternamente en tierras inglesas, ya que, tras la muerte de Enrique VII en el año 1509, el famoso e histórico lepero decidió retornar a su tierra antes de que Enrique VIII decidiese que hacer con él.

Tiempo después, ya en su pueblo natal, se preocupó de vivir holgadamente y de disfrutar de su pequeña fortuna, al mismo tiempo que se ganaba, a base de monedas, un hueco en el cielo donando parte de sus riquezas al Monasterio Franciscano de Lepe.

Como condición, tan solo podría el ser enterrado c en dicho monasterio con el siguiente epitafio…

«En la Iglesia de este convento (Ntra. Sra. de la Bella) aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por los ingleses el rey breve».

(Descripción de la lápida de Juan de Lepe hecha en la obra “Origine Seraphicae Religionis” en el año 1583)

Como curiosidad, aunque hoy en día dicha lapida no se conserva, en la población de Lepe existe una calle con el nombre de tan ilustre paisano.

No es para menos…

Autor: José Antonio López Medina

La batalla de Nördlingen y Martín de Idiáquez

El guipuzcoano Martín de Idiáquez, temible y valeroso demonio curtido en mil lances y batallas donde la fortuna y la providencia, caprichosas por naturaleza, se aliaron para mantenerle milagrosamente con vida, suspiró, tragó saliva y observó detenidamente su alrededor.

El espectáculo era dantesco.

A sus pies y rodeándole por doquier, miles de hombres inertes y sin vida se entremezclaban entre los heridos o agonizantes que, inundando el lugar con una delirante y desgarradora sinfonía, rezaban, llamaban a sus madres o se encomendaban a Dios dispuestos y resignados a entrar, en cuestión de minutos, en su celestial reino.

Sin embargo, al experimentado guipuzcoano, aquel impactante y desgarrador escenario con olor a barro, pólvora y sangre no le perturbaba ni lo más mínimo, pues no habían sido pocas las veces que sus ojos habían vislumbrado y toreado con tal espanto.

A él, lo que verdaderamente le importunaba en aquel preciso instante, era la situación, extremadamente desesperada, en la que sus hombres se encontraban.

Y no era para menos…

Durante toda la mañana los españoles e italianos asentados defensivamente en la colina de Albuch habían clavado sus picas al suelo para soportar, sin pestañear ni desfallecer, las catorce cargas de caballería lanzadas por los protestantes suecos mientras bramaban y maldecían a pleno pulmón.

Pero aquella incontestable heroicidad no estaba exenta de un alto precio en vidas, pues los mosquetes suecos, siguiendo la estrategia que les había hecho vencer en una batalla tras otra, disparaban sobre las filas españolas de Idiáquez e italianas de Toralto antes de que su caballería cargase. Con ello, pretendían de desbaratar las líneas y causar desorden entre su enemigo para que la caballería rematase la carnicería. Sin embargo, para desesperación de los mandos protestantes, los españoles e italianos habían demostrado una entereza inaudita e inexplicable.

¡No cedían ni se dispersaban!

Eran rocas…

Insípidas, inanimadas y carentes de toda emoción.

Así, resignados, los protestantes se encomendaron a la paciencia y el buen hacer para ir percutando y mermando las filas españolas e italianas con pólvora y plomo mientras arrojaban su caballería contra el inamovible muro católico con la esperanza de que en algún momento se resquebrajase.

¡Volverían una y otra vez hasta diluirlos por completo!

Todo parecía perdido para las armas católicas…

Sin embargo, lo que los hijos del norte no sabían era que las armas más afiladas de un español no son su espada ni su pica, sino su lengua y su creativa picardía.

Así pues, el guipuzcoano Martín de Idiáquez, intuyendo los planes que los protestantes pretendían para con ellos, reunió a sus fatigados, sucios y dolientes hombres mientras los suecos se preparaban para volver a lanzarse ferozmente sobre ellos como una jauría dispuesta a ensañarse con su presa.

– Señores.

El guipuzcoano realizó una breve pausa mientras observaba el rostro de los presentes. Cuando se hubo cerciorado de que había captado su atención, continuó…

– Parece que estos demonios sin Dios nos quieren dar la puntilla.

Pronunciadas aquellas palabras, se detuvo unos segundos para analizar la reacción de sus hombres antes de sentenciar con lo que todos daban por hecho.

– Contra nosotros viene lo mejor que pueden poner en el campo.

Varios hombres asintieron, mientras el resto, fríos como un témpano, seguían atendiendo sin inmutarse a la espera de escuchar la posible solución a lo que irremediablemente se les venía encima.

– ¡Será cuestión de echarle redaños y aguantar firmes!

Tras aquella afirmación, como era habitual entre hombres acostumbrados a batallar sin inmutarse hombro con hombro en el infierno, hubo alguna que otra sarcástica sonrisa, pues era la petición de siempre… En el lugar de siempre…

– ¡Cuando esos demonios amarillos se dejen ver, no quiero que ninguno desfallezca!

Los hombres volvieron a asentir.

Pero esta vez ya no hubo sonrisas, pues todos sabían que ahora vendría la verdadera pauta a seguir.

Martín de Idiáquez frunció el ceño y apretó los puños mientras sus ojos se oscurecían y su voz se tornaba áspera, profunda y cargada de furia.

– Aguantad firmes ante ellos y esperad a oír la detonación de sus mosquetes. En ese momento todo el mundo a tierra.

Durante los siguientes segundos unos y otros se aguantaron la mirada.

Ya no hubo muestras de afirmación ni chanza.

Todo estaba claro.

Sin pronunciar palabra, volvieron a tomar posiciones.

Había llegado la hora…

Los suecos volvieron a avanzar colina arriba con la dificultad añadida de ir esquivando los cadáveres y heridos que habían quedado asentados, como tapiz de horrible creación, sobre el barro.

Un nuevo golpe se cernía sobre ellos…

Los corazones de aquellos demonios nacidos en la vieja y dura piel de toro comenzaron a desbocarse mientras sus latidos, secos y contundentes, hacían palpitar sus pechos, gargantas y sienes.

Los segundos pasan como si fueran siglos y el enemigo, paso a paso, se acerca…

Cada vez más…

Y más…

¡Entonces todo se detiene!

Los mosqueteros suecos cargan sus armas de fuego al hombro…

Apuntan…

Y disparan.

Una detonación irregular proyecta el plomo contra los españoles colina arriba, sin embargo, estos, siguiendo las directrices dadas, se arrojan al suelo al escuchar el estallido quedando a cubierto entre los cadáveres de sus compañeros, el barro y la baja vegetación del lugar.

La astuta treta del guipuzcoano Martín de Idiáquez ha dado su fruto, pero el suelo ha comenzado a temblar…

¡La caballería sueca ha iniciado tras la descarga de mosquete su carga con las ansias de aplastarlos definitivamente a todos bajo sus cascos!

¡Todo acabará pronto!

Lo que no saben es que, en mitad de aquel infierno de barro, sangre, sudor y pólvora, un demonio llamado Martín de Idiáquez, sonríe…

Alzándose el primero por encima de todos cuando se percata de que la caballería no puede frenar su avance, grita con un coraje febril y demente hasta desgañitarse.

– ¡Santiago y cierra, España!

En cuestión de segundos un mar de picas se alza para crear un inquebrantable muro mientras el rugido ensordecedor de cientos de gargantas percutado sobre el enemigo como una sola atruena en el campo de batalla.

Una vez más, la caballería sueca, horrorizada e incapaz de evitar la muerte, choca contra las picas.

Sin embargo, esta vez no se irán sin pagar su atrevimiento…

Una vez más, para terror y desgracia de los suecos protestantes Martín de Idiáquez, sonríe, llena sus pulmones de aire, frunce el ceño, aprieta todos y cada uno de los músculos de su cuerpo y rugiendo como un león, grita…

– ¡Son nuestros! ¡Por Santiago!

El pánico y el horror cunden entre las filas protestantes cuando cientos de hombres de baja estatura cubiertos de barro, sangre y sudor con los ojos inyectados en sangre y el cuello llenó de venas de desgañitarse hasta quebrar el alma, se abalanzan jurando y maldiciendo sobre ellos mientras apuñalan a diestro y siniestro a todo aquel hombre de tez blanca que se encuentran en su camino.

¡Los suecos intentan huir despavoridos!

Pero ya es tarde…

La batalla de Nördlingen ha terminado pero la carnicería acaba de comenzar…

Animando a sus hombres, el Cardenal Infante traspasa las aterradas líneas enemigas en solitario y agitando su sombrero ante las miradas inauditas de sus enemigos, insta a sus soldados a acabar con todo aquel que se encuentren

Este gesto, inicia una masacre…

A los 8000 soldados muertos durante la batalla habría que sumar otros 9000 que serían literalmente cazados tras la misma.

Tal fue el golpe recibido ese 6 de septiembre de 1643 que los, hasta aquel momento, invencibles suecos, se retirarían de territorio germano para siempre y nunca más se enfrentarían en batalla a los españoles.

Pero toda gran victoria tiene sus consecuencias, ya que, tan grande fue la magnitud de esta que la Francia del Cardenal Richelieu entraría en la contienda, provocando años después, la derrota de España y el Sacro Imperio.

Pero no terminemos tan magna victoria de los tercios españoles de esta manera, sino trascribiendo las crónicas de la época donde un coronel sueco decía:

«Nunca nos habíamos enfrentado a un soldado de infantería como el español. No se derrumba, no desespera, es una roca y resiste pacientemente hasta que puede derrotarte».

En cuanto al guipuzcoano Martín de Idiáquez, según consta en la página de la Real Academia de Historia: «Según las crónicas militares de la época, fue héroe destacado y decidió el resultado de la batalla de Nördlingen (Alemania, 6 de septiembre de 1634), una de las más destacadas dentro de la Guerra de los Treinta Años, donde tuvo a su mando el tercio de Lombardía, compuesto por mil ochocientos hombres repartidos en veintiséis compañías.

En este episodio arrancó a las tropas enemigas el clarín y sembró el terror en ellas. A raíz de este comportamiento, el rey Felipe IV, el 12 de octubre de ese año, le otorgó una merced de 1.000 ducados de pensión y la honra de darle un abrazo por medio de su hermano el cardenal infante Fernando, quien, según parece, pronunció las siguientes palabras en este acto: “Acabada de ganar la batalla os dí un abrazo por lo bien que aquel día anduvisteis; ahora os doy otro en nombre de S. M. que me manda os lo dé de su parte por la misma razón».

Autor: José Antonio López Medina

Ilustración: Ferre-Clauzel

El Día que Chaplin Creó a Charlot

El director había sido igual de brusco, que de conciso: ¡Invéntate un personaje en diez minutos!

El joven actor, todavía tembloroso, se adentró en el camerino y cerró la puerta a toda prisa con el inocente propósito de alejarse durante unos segundos de los iracundos bramidos e hirientes increpaciones que director encargado de realizar el corto estaba dedicando a todos y cada uno de los presentes.

Pero aquella treta no funcionó.

Para su estremecimiento y el aumento galopante de su nerviosismo, aquella barrera física no era suficiente para contener la marea desbordante y abrumadora producida por los acalorados berridos, pues estos, seguían llegando hasta sus oídos con gran intensidad.

Las sonoras descargas de improperios y maldiciones vertidas a diestro y siniestro hacían que todo el mundo corriera de un lado mientras el joven actor, desesperado, sin saber que hacer o que inventar para librarse del terrible huracán que se cernía insalvable sobre él, comenzaba a abrir cajones y desparramar su contenido con la fútil esperanza de que un simple objeto, un curioso escrito o un patético utensilio de atrezo le aportara la idea necesaria para elaborar un personaje.

¡Tan solo necesitaba una chispa para que su ingenio se aliara con su mente!

Sin embargo, el tiempo transcurría y nada de lo que tenía a su alrededor hacia prender su imaginación.

¡¿Qué podía hacer?! 

Rápidamente, sin tiempo para hallar respuesta aquella pregunta, ni sentido ni porque a lo que estaba ocurriendo, decidió olvidarse de todo lo que había arrojado y manoseado sobre el tocador para dirigir su atención hacia uno de los armarios cercanos.

¡Tal vez allí encontrara algo!

Estos, repletos hasta rebosar, contenían una cantidad inmensa de ropa y disfraces de diferentes tejidos y tallas.

Apresuradamente, sin detenerse a seleccionar con tino y acierto la indumentaria que debía vestir el que sería su nuevo personaje, hundió sus brazos entre las telas y abrazándolas con fuerza, tiró de ellas para lanzarlas al suelo haciendo que las perchas de metal se descolgaran con un tenso tintineo haciéndole caer sobre ellas.

Arrodillado, comenzó a buscar frenéticamente entre la ropa arrojada al piso algo que le ofreciera finalmente una idea para crear el deseado personaje exigido por el iracundo director.

A uno y otro lado, cuando no era por encima de su cabeza, iba lanzando vestidos y disfraces sin detenerse a observar lo que había descartado.

¡No tenía tiempo!

¡Debía encontrar algo!

¡Lo que fuera!

Pero entonces… Algo le llamó la atención…

Tras unos breves instantes de quietud en los que su cuerpo había sido golpeado por una inexplicable y reveladora corazonada, alzó el rostro lentamente para observar de nuevo el interior del armario.

Fue entonces cuando lo vio…

Colgando de una percha y olvidado en un rincón de aquel armario atestado de ropajes disparatados se encontraba, abandonado por su anterior dueño, un frac desgastado y arrugado de color negro que, a su vez, envolvía un chaleco de color gris, un corbatín negro y una camisa destartalada a rayas blancas y negras.

Lentamente, Charles Spencer Chaplin, se incorporó para observar durante unos instantes aquel atuendo mientras en su mente iba cobrando vida un vagabundo, optimista, valiente y defensor de las causas justas.

Se hubiera podido quedar analizando aquel traje durante horas mientras daba sentido al nuevo personaje que estaba gestando, pero un nuevo y acalorado berrido del director se coló por la hendidura de la puerta sobresaltándolo.

Rápidamente, se abalanzó sobre el traje, lo descolgó del armario y se vistió a toda velocidad.

Una vez puesto, se percató que aquel traje era varias tallas más grandes de lo que debería, sin embargo, tras unos segundos de duda, se convencía a sí mismo de que aquel atuendo no solo era el apropiado, sino que, además, haría gracia a todo aquel que lo viera, ya que no hay nada como ver a alguien vestir de manera ridícula.

Ya estaba.

O al menos eso quería creer, ya que en su interior algo le decía que aquel personaje, recién creado en su mente, estaba aún incompleto.

Algo faltaba…

¡Pero no tenía tiempo que perder si quería librarse de los bocinazos del director!

¡Más tarde pensaría en los detalles que podría añadirle!

Sin pensarlo ni un segundo más, se giró y agarró el pomo de la puerta para voltearlo y presentarse ante el director, pero entonces… Una vez más, sin saber el porqué, algo observado de soslayo volvió a detener sus pasos…

En el fondo de aquel camerino destartalo, oculto por la sombra espigada de desvencijado perchero, se encontraba una pequeña caja de cartón arrugado y rasgado por la humedad.

En su interior…

Asomándose sutilmente ante el actor con vergüenza y disimulo…

Un bombín de color negro y un bastón de madera de mango curvo.

Sin saber la causa ni la razón que imperiosamente le obligaba a dirigirse aquel rincón, Charles Spencer Chaplin soltó el pomo de la puerta, se acercó hasta la caja y al llegar junto a ella, acuclilló.

A continuación, tras varios segundos de observación cuidadosa donde se encontró sumergido en un misterioso y atronador silencio, recogió el bombín y lo colocó sobre su cabeza. Después, sin pensarlo, tomó el bastón y apoyándose en él, se alzó dibujando una sonrisa en su rostro.

Acababa de tomar conciencia de que aquel sobrero y aquel garrote eran los detalles que le faltaban a su personaje…

¡Ahora sí que se sentía completo!

Entusiasmado a la par que aliviado por haber conseguido la proeza de haber elaborado un personaje en tiempo récord, giró sobre sus talones para dirigirse hacia la puerta de salida una vez más.

¡Un paso, dos, tres!

Y de repente…

Se vio reflejado en el espejo del tocador.

Petrificado a la vez que sorprendido, Charles Spencer Chaplin se había dado de bruces con un personaje que por aquel entonces no tendría nombre… Un personaje creado para hacer historia… Para volverse inmortal… Eterno…

En aquel instante.

Mirándole a los ojos fijamente.

Por primera vez en su vida.

Charles Spencer Chaplin observó a Charlot.

Lo demás, como sabéis… Es historia…

Autor: José Antonio López Medina

(Texto protegido por derechos de autor)

Mark Twain y el Revisor

– Caballero ¿le importaría mostrarme su billete?

Cuando la firme y contundente voz del revisor resonó a su lado, se sobresaltó.

– ¿Perdone?

El revisor, observando la faz desconcertada y confundida del viajero, repitió su rutinario requerimiento en un tono neutro.

– Muéstreme su billete, por favor.

Samuel, aún desorientado por la repentina irrupción, balbuceó ofreciendo, sin detenerse a pensar, una rápida y nerviosa respuesta.

– Sí… Por su puesto…

Seguidamente, tras parpadear varias veces, tragar saliva y observar fugazmente de arriba abajo al revisor de uniforme inmaculado, rostro serio y semblante autoritario que se había plantado junto él, comenzó a buscar el documento exigido.

Sin embargo, transcurridos unos segundos se percató de que este no aparecía por ningún lado…

Las yemas de sus dedos se introducían en los bolsillos laterales e interiores de su chaqueta escrutando cada recoveco para, repentinamente, tras detenerse uno segundos, realizar un movimiento rápido hacia los bolsillos laterales de su pantalón, los cuales, tras ser palpados, eran examinados con presteza.

Pero el billete seguía sin aparecer…

Una sensación agobiante producida por su galopante y creciente nerviosismo comenzó a ser reflejada, inconsciente e inevitablemente, en su bermejo y congestionado rostro mientras su frente se perlaba de sudor y la ropa se le pegaba a la piel.

Y para colmo, los minutos seguía pasando…

Era cuestión de tiempo que el revisor tomase la iniciativa para recriminarle la falta del documento exigido, sin embargo, para su sorpresa, las palabras de éste no fueron las que esperaba…

 – Sé quién es. Lo reconocí nada más verle.

El tono del revisor, antes rutinario, áspero y seco, había tornado inexplicablemente a un nivel más amable y empático.

Sin embargo, esto no afectó a las ansias casi compulsivas mostradas por Samuel a la hora de encontrar el billete, así que éste, sin prestar apenas atención al revisor, contestó sin parar de palpar su chaqueta y rebuscar, una y otra vez, en los bolsillos que tan concienzudamente, con premura y desconcierto, ya había revisado una y mil veces.

– Ah… ¿Sí?

El revisor, adquiriendo una postura aún más relajada y distendida, dibujó una pequeña sonrisa en su rostro, al mismo tiempo que, divertido ante la actitud mostrada por el escritor, observaba como el apurado Samuel introducía sus manos en los mismos bolsillos en los que ya había buscado, infinitas veces, con desasosiego y avidez.

– Sí. Usted es el autor de Tom Sawyer.

Samuel Langhorne Clemens, más conocido por el público por el seudónimo de Mark Twain, no contestó, sin embargo, el revisor, decidido a tranquilizar definitivamente al afamado escritor, posó una mano sobre su hombro deteniendo su frenética búsqueda.

– No se moleste más. – Le sonrió ampliamente- Estoy convencido de que adquirió su billete y que éste, se le ha extraviado.

Fue entonces cuando Mark Twain, deteniendo sus rápidos movimientos, abriendo los ojos de par en par y mostrando un desbordante nerviosismo y una profunda angustia, le respondió…

– No lo busco para entregárselo a usted.

El revisor apartó la mano del hombro del escritor como si le hubiese dado calambre mientras que, confundido, tomaba extrañado la palabra para hallar una respuesta…

– ¿Para qué lo buscaba si no?

En aquel momento Mark Twain, apesadumbrado e intranquilo, miró a los ojos del revisor y respondió con el ingenio satírico que le caracterizó durante toda su vida…

– Veo que no entiende mi verdadero problema… Si no lo encuentro, no sabré donde debo bajarme.

Que decir del magnífico Samuel Langhorne Clemens, o lo que es lo mismo, Mark Twain, escritor de grandiosas obras como Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo, Las Aventuras de Tom Sawyer, o su secuela, Las Aventuras de Huckleberry Finn.

Genio inmortal de las letras calificado como el padre de la literatura norteamericana.

Por cierto, su nacimiento coincidió con la llegada del cometa Halley, así que, años después, el escritor declaró…

«Llegué con el cometa Halley en 1835. Vuelve otra vez el año que viene, y espero irme con él. No hay duda de que el Todopoderoso ha dicho: «He aquí a estos dos excéntricos inexplicables; llegaron juntos, deben irse juntos».

Tras setenta y cinco años, más concretamente, el 20 de abril de 1910, volvía a aparecer en los cielos el cometa Halley…

Curiosamente, al día siguiente, Mark Twain falleció cumpliéndose así lo dicho…

Como veis, cosas de genio.

Autor: José Antonio López Medina

El Momento Decisivo de Las Navas de Tolosa

El arzobispo de Toledo Jiménez de Rada apretaba los puños y se erguía sobre su montura mientras observaba desde la lejanía cómo las tropas de Miramamolín iban, poco a poco, ganando terreno tras varias horas de batalla.


Envolviéndolo todo, los ensordecedores tambores de los musulmanes no paraban de repicar ocultando los gritos desgarradores de dolor y muerte que en la zona central del campo de batalla se estaban produciendo.

Musulmanes y cristianos derramaban cada gota de sangre por decidir en aquella decisiva batalla el destino de los reinos peninsulares.


Dos maneras de entender el mundo…

La cruz o la media luna…


Cada vez más inquieto e intranquilo, el arzobispo de Toledo veía impotente cómo los cristianos, exhaustos, estaban comenzando a flaquear, ya que, los musulmanes no sólo los superaban en número, sino que, además, su posición había sido muy ventajosa desde el principio al posicionar su ejército en lo alto de una elevación para dificultar las aplastantes cargas cristianas.


Pero ya no había solución…


Poco a poco la sensación de derrota fue adueñándose de los espíritus de los reyes cristianos que resignados volvieron a sentir por unos instantes, la trágica y oscura sombra del desastre de Alarcos.


Esta sensación, distante y casi invisible, también debió ser percibida por el Miramamolín que, desde la lejanía, se permitía esbozar una sonrisa de satisfacción por lo que estab vislumbrando.


La aniquilación total de los cristianos estaba cerca, así que, desde su apartada y agradable tienda de campaña protegida por experimentados guerreros del norte de África ordenó que ambas alas de su ejército se lanzaran en una rápida maniobra envolvente que atrapará a los cristianos en pinza.

Había llegado el momento de terminar con aquel enfrentamiento…


Este movimiento hizo que Alfonso VIII, rey de Castilla derrotado en Alarcos, se removiera en su silla.

Fue entonces cuando el determinante y resuelto Arzobispo de Toledo, viendo la que se les venía encima si la luna volvía a reinar sobre ellos, no pudo aguantar más y girándose exclamo con voz potente y decidida…

– ¡Señor! ¡Hoy aquí hemos venido a morir!

El tiempo se detuvo durante unos segundos…

El rostro de Alfonso VIII, hasta ahora descompuesto por el tomento producido por el fantasma de Alarcos, cambio…

Tan solo necesitaba que alguien le diera un golpe en el alma para recordarle que estab destinado a cambiar la historia…

Alfonso VIII, rey de Castilla, frunció el ceño, apretó las mandíbulas y se irguió en su montura para seguidamente mirar hacia izquierda y derecha donde se encontraba su primo Pedro II, rey de Aragón, y su aliado Sancho VII, rey de Navarra.

Ambos, sin mediar palabra, asintieron.

Con aquel gesto acaban de aceptar su destino…

Alfonso VIII, volvió a mirar a Jiménez de Rada y arrastrando con determinación las palabras dijo…

– Arzobispo, la vida o la muerte nos separa de la honra o el fin.


Seguidamente, el rey de Castilla desenfundó su espada y la levantó al cielo haciéndola brillar ante el reflejo de los potentes rayos de sol.

Esta señal sería imitada a su izquierda por Pedro II de Aragón y a su derecha por Sancho VII de Navarra.

Era el momento de lanzarse a conseguir la gloria…

Los tres reyes, espoleando sus monturas con la furia de una manda de lobos y la determinación inquebrantable que da el saber que el único camino posible es el del triunfo, rodearon el campo de batalla y, apretando sus talones, cargaron directamente contra los defensores de la tienda de campaña del Miramamolín.

El estruendo y los gritos desgañitados eran ensordecedores…

El suelo temblaba…

El choque con los defensores iba a ser bestial…

Pero estos no cederían.

Al-Nasir había ordenado que fueran encadenados para que ninguno pudiera huir. Además, las cadenas, protegidas por sus lanzas, dibujaban un férreo y mortífero círculo de hierro…


Pero eso daba igual…

Los dados del hado se habían lanzado y ya rodaban en pos de un resultado.

La distancia se iba acortando…

Cada vez más…

 Y más…


Entonces, cuando el choque parecía inevitable, los jinetes cristianos, con Sancho VII, rey de Navarra, a la cabeza,  clavaron talones en los costados de sus caballos y estos saltaron…


El tiempo volvió a detenerse mientras los caballos, suspendidos en el aire sobrepasaban aquella barrera de hombres, hierro y lanzas ante el estupor de todos…


Cuando los caballos volvieron a tocar tierra con sus pezuñas, sus jinetes, les espolearon valientemente con el coraje decisivo que solo los marcados por la gloria poseen para continuar la contundente carga sobre el soberbio y confiado Al-Nasir.


Éste, sintiendo por primera vez en su existencia el terror y la amargura de la derrota, trago saliva e incrédulo, abrió los ojos de par en par.

Por unos instantes, sintió como una sobra oscura le invitaba a morir en aquel aciago día para evitar la vergüenza y la humillación de los suyos, sin embargo, sacándole de aquella ensoñación, un servidor, que había proveído la desgracia nada más ver a los reyes cristianos superar la muralla de hierro, se acercó hasta el Miramamolín y ofreciéndole una yegua…


– Huid hoy señor para luchar mañana, pues su pérdida sería insustituible, sin embargo, su honra se podrá recuperar con otro ejército en días venideros.


Al-Nasir… Derrotado y con lágrimas en los ojos por la pérdida de aquella magnifica y determinante oportunidad, huyó al galope de las Navas de Tolosa junto a unos cuantos de sus fieles sabiendo que todo se había perdido para siempre…


Minutos después, tras dar muerte a aquellos infieles, Alfonso VIII, Pedro II y Sacho VII, desmontaron de sus caballos e hincando las rodillas en el cálido suelo de aquellas tierras, elevaron sus oraciones al cielo sabedores de que desde, aquel momento, las profundas heridas de Alarcos quedaban sanadas y que nada…

Absolutamente nada…

Sería igual en aquellas tierras…


Autor: José Antonio López Medina

El Final de Ignác Semmelweis

– ¡Va entonces y me dice que está casada! ¿Te lo puedes creer?

El desenlace de la historia que su compañero llevaba relatándole durante los últimos minutos hizo que el joven Raphael, guardia experimentado, de carácter indolente y de aspecto imponente gracias a su gran estatura y potente musculatura, estallara abruptamente con una estruendosa carcajada.

– Pero no te lo pierdas… Después de decirme aquello, salió corriendo despavorida como si fuera yo el que la hubiese llevado a aquel callejón por la fuerza.

Los gestos de resignación y fastidio de Jakob, narrador y principal protagonista del relato, aumentaron su teatral dramatismo haciendo que Raphael riera aun con más saña.

– No hay quien las entienda…

Tras sentenciar con aquella frase hecha que últimamente, tras sus habituales fracasos amorosos, tanto solía pronunciar, cogió con desgana la botella de vino y vertió el oscuro y avinagrado contenido en el vaso de su compañero, para seguidamente, servirse a sí mismo.

Mientras tanto, Raphael, que había disfrutado de lo lindo con la tragicómica narración de su compañero, conseguía poco a poco controlar la risa socarrona que se había apoderado de él durante los últimos instantes.

– Imagino que no la volverás a ver.

– Imaginas bien. Al parecer, por su reacción sería un nuevo disgusto para ella y una pérdida de tiempo para mí…

Dicho aquello, Jakob quedó pensativo durante unos segundos antes de volver a dibujar una sarcástica sonrisa en su rostro y retomar la palabra.

– A parte de un ahorro para mi bolsillo ¡Porque no veas como bebía la condenada!

La brusca afirmación hizo que una vez más Raphael volviera reír con fuerza mientras se llevaba sus gruesas y poderosas manos al vientre.

– En fin…

En el mismo momento en el que Jakob pronuncia aquellas dos palabras para poner punto final a la anécdota vivida la noche anterior, la puerta de la sala destinada al descanso de los guardias se abrió repentinamente.

Esto hizo que los relajados guardias giraran instintivamente sus rostros para observar cómo, en el umbral de esta, surgía una pequeña figura encorvada de rostro seco y mirada afilada.

– Buenas tardes caballeros.

Ambos guardias se levantaron de sus asientos como alma que lleva el diablo al reconocer al personaje aparecido bajo el marco de la puerta mientras sus rostros, anteriormente jocosos y desinhibidos, demudaban gravemente.

– Buenas tardes doctor…

Tras el abrupto saludo hubo unos segundos de silencio en los que el doctor examino de arriba abajo a ambos guardias sin mostrar emoción alguna mientras éstos, nerviosos e inquietos, por la presencia y análisis del siempre frío y calculador doctor y por haber sido sorprendidos en tan relajada actitud, esperaban estoicamente una severa reprimenda.

Sin embargo, esta no llegó…

– Síganme. Necesito su ayuda.

Raphael y Jakob se miraron aliviados para inmediatamente después, asentir y ponerse en movimiento. Así, habiendo recogido sus defensas y las llaves para abrir las cancelas de los pasillos que daban acceso a la galería de las celdas, salieron de la habitación para seguir al doctor, el cual, ya había comenzado a caminar lentamente hacía la verja sin esperarlos.

Salir de aquella cálida habitación era adentrarse en una nueva realidad de aspecto sórdido y oscuro donde los pasillos, insuficientemente iluminados y el olor a humedad se entremezclaban con los amortiguados lamentos y gemidos de los dementes.

No serian pocos los que saldrían de allí despavoridos ante tal ambiente, sin embargo, tanto Raphael como Jakob, por no hablar del doctor, llevaban muchos años trabajando entre los pobres infelices que sufrían los estragos producidos por la locura.

Para ellos, aquel deprimente y oscuro hábitad se había convertido hace mucho tiempo en un lugar más, entre tantos otros, en el que ganarse la vida honradamente.

– Abra.

Raphael tomó de uno de los enganches de su cinturón el manojo de llaves y, tras localizar la apropiada, la introdujo en la cerradura de la cancela. Después, giró la misma hacía la derecha dos veces haciendo crujir el mecanismo que liberaba el pasador. Una vez abierta, el guardia la empujó haciendo chirriar los pernos.

– Adelante doctor.

Este, seguido de Jakob, se adentraron en aquella nueva galería mientras Raphael volvía a cerrar con llave tras ellos.

Este nuevo lugar, de ambiente pestilente por culpa del hedor producido por los orinares que los dementes tenían en el interior de sus celdas, estaba algo más iluminado gracias a la luz anaranjada que se filtraba por los altos ventanucos enrejados que había en la parte superior.

Esta claridad permitió que el doctor, seguido de los dos guardias, caminara con mayor presteza hasta el final de la galería mientras era acompañado a su paso por los lamentos y alaridos amortiguados que surgían del interior de los hediondos habitáculos al escuchar su caminar hasta la celda del que todos conocían como «El Loco de Pest».

Al llegar junto a ella, el doctor miró a Jakob y sin dirigirse a él ni dedicarle gesto alguno, este entendió lo que le acaba de exigirle.

Por precaución, siempre se abría primero un pequeño ventanillo que había en la parte superior de la puerta metálica para comprobar el estado y la actitud del demente con el fin de preparar la manera de actuar ante la intervención y evitar posibles sorpresas.

– Parece tranquilo doctor.

El doctor dio un par de pasos al frente para comprobarlo por sí mismo mientras el guardia, cediéndole el sitio, se echaba hacía un lado.

Tras unos minutos de escrupulosa y detenida observación, el doctor se separó de la pequeña abertura, y colocándose de espaldas a la celda, dictó a los guardias la manera de proseguir.

– En contraposición a los días anteriores en los que se le veía excitado, confundido y agresivo, no muestra agitación alguna, así que entraran conmigo y sin alarmarle le incorporaran y después le mantendrán sujeto para que pueda examinarle.

Ambos asintieron.

– En el caso de que todo cambie ya sabe lo que tienen que hacer.

Minutos después, la puerta de la celda se abría y el doctor y los guardias accedían al pestilente habitáculo arrugando el rostro ante el bofetón producido por el intenso olor a sudor, orín y heces.

Raphael, que era el único que todavía no había observado al demente, no pudo evitar sentir un respingo al percatarse del despojo humano en el que se había convertido aquel pobre hombre en tan solo unos días tras recibir las habituales purgas de aceite de ricino.

– Levántenle.

Aquella orden, pronunciada sin sentimiento y con rotundidad, hizo que Raphael se sobrepusiera a aquel primer impacto visual y reaccionara abalanzándose, al igual que lo hacía su compañero, sobre el despojo humano que, abrazado a sus rodillas, temblaba en aquel inmundo rincón.

Mientras tanto, el doctor, frío y paciente, observaba desde la distancia a que los dos gigantescos guardias actuaran para poder llevar a cabo su examen.

Apenas tardarían unos minutos, pero de repente, para sorpresa de los presentes, todo se complicó…

El Loco de Pest, al sentir las manos de los guardias entrando bajo sus axilas, se revolvió rápidamente y sin que nadie lo esperase, se aferró a la mano de Raphael y mordió violentamente haciendo que éste lanzara un horrendo alarido.

La sangre brotó rápidamente de la herida mientras Jakob, congelado ante la inesperada reacción, daba un paso atrás. Sin embargo, aquello no impidió que el demente, se incorporara rápidamente para abalanzarse inútilmente sobre él.

El cuerpo demacrado y escuálido del Loco de Pest choco con el antebrazo que el gigantesco guardia había levantado para protegerse haciéndole caer violentamente contra el suelo.

El sonido seco producido por la caída hizo temer por su vida a los presentes, pero estos vieron que aquello era un error cuando, mostrando una agilidad inaudita, volvía a revolverse para intentar incorporarse.

– ¡Actúen de una vez!

La colérica voz del doctor, que ya había posado inconscientemente la mano sobre la puerta de la celda mostrando el deseo de escapar de allí, hizo que Raphael y Jakob despertasen…

Instantes después los puños de los guardias eran descargados con violencia y total crueldad, sobre el cuerpo y el rostro del demente, mientras este, intentando revolverse una y otra vez, iba perdiendo fuerza.

Entonces, en un último intento por librarse de aquellos dos matones, el Loco de Pest, amoratado y cubierto de sangre, agarro la defensa de Jakob para intentar hacerse con ella.

Pero aquello fue inútil…

Raphael, atento aquel movimiento, dio un fuerte tirón a su mano para llevarla hasta el suelo y seguidamente, pensando en devolverle el daño producido por su mordisco, la pisó con violencia y saña.

Los huesos de la misma crujieron como las ramas secas al quebrarse haciendo que el excitado demente gritara de dolor y finalmente se desmayara quedando tendido en el húmedo suelo de la celda.

Un silencio atronador, sólo quebrado por el agitado respirar de los dos guardias, lo invadió todo mientras el intenso olor a metálico de la sangre se entremezclaba con la fetidez del lugar.

– Bien… Apártense…

El doctor, mero espectador de aquella brutal y despiadada paliza, se acercó lentamente al cuerpo inerte del enfermo y, tras observarlo durante unos segundos, se acuclilló, le tomó el pulso y, tras comprobar que continuaba con vida, comenzó con el examen que había ido a realizar.

A los pies de aquellos tres hombres, personajes propios de aquellos infiernos llamados manicomios en el siglo XIX, el llamado Loco de Pest…

O lo que es lo mismo…

Ignác Semmelweis.

Hombre insigne y olvidado de la historia de la medicina, el cual, tras haberse dado cuenta de la importancia de lavarse las manos para salvar a las mujeres de la fiebre puerperal y como esta reducía la mortalidad entre las parturientas, fue rechazado y combatido por otros médicos hasta que todos le retiraron el apoyo desprestigiándole y riéndose de sus estudios y averiguaciones.

Esto hizo que cayera en una profunda depresión que le llevó al alcoholismo y a una obsesión psicótica y agresiva.

Finalmente, tras ser engañado por su mujer, la cual, le dijo que iban a una entrevista de trabajo, fue examinado y encerrado en un centro para enfermos mentales de Döbling.

El verdadero pionero de la antisepsia en los hospitales fallecería tras dos semanas de ingreso en el centro por culpa, curiosamente, de una fractura mal curada en una de sus manos que le produciría una infección generalizada.

Su mujer no iría a su entierro…

Hoy en día hay mucha controversia sobre la muerte Ignác Semmelweis, este relato forma parte de una ficción que intenta acercar la figura olvidada de este pionero y su trágico final mientras intenta recrear una de las escenas que se pudieron dar.

Espero que les guste.

Autor: José Antonio López Medina

Yo soy el tiempo…

Pobre mortal…

Te crees invencible mientras sueñas con la posesión de grandes reinos, la acumulación de riquezas, los amores eternos y placenteros de una bella dama o la consecución de grandes e imposibles hazañas…

Sin embargo, mientras vislumbras tu fantasiosa y eterna gloria, yo termino en la sombra con cientos como tú…

Con el sabio y el necio… Con el hábil y el torpe…Con el rico y el pobre… El valiente y el cobarde… El feliz y el infeliz…

Sé que si fueras realmente consciente de mis estragos harías lo imposible por detenerme en la tierna sonrisa de un niño… En el cálido beso de tu primer amor… O en la caricia tibia y suave del sol durante una tarde de primavera…

Sin embargo, tu soberbia y falsa sensación de control te deja, sin saberlo, indefenso ante mí…

¡Crees que controlas mis pasos y acorralas mis suspiros con un simple reloj!

¡Pero te equivocas!

No se puede poner muros a quien lo es todo.

Paciente para derruir una montaña, secar un río o extinguir un bosque…

¡Hago del dolor un siglo! ¡Del sufrimiento un milenio! De la muerte una lenta agonía y de la alegría y el amor algo efímero…

Siempre hacia adelante… Imparable… Insensible… Irrecuperable… Cruel y letal…

Fugaz o eterno según mi voluntad.

Pues mortal…

¡Yo soy un Segundo!

¡Un minuto!

¡Una hora, un día, un mes, un año, un siglo…!

Un Instante o la eternidad…

Yo…

Pobre ingenuo…

Soy el tiempo…

Autor: José Antonio López Medina

(Textos que escrbí hace tiempo y hoy encuentro entre borradores y notas…)

Floridablanca y el Atentado de Aranjuez

– ¡Ahora pagarás todas las maldades que has cometido!

Aquella sentencia de muerte pronunciada por el díscolo francés Pedro Pablo Pents, el cual, había parecido inesperadamente de la nada portando en su mano derecha una reluciente y punzante almarada, hicieron que José Moñino y Redondo, I Conde de Floridablanca, sintiera como sus piernas se aflojaban y su corazón se desbocaba.

Y no era para menos.

Sin previo aviso, la joven Cloto había terminado de tejer el fino y delicado hilo de su vida, Láquesis lo había medido con esmero y la vieja y arrugada Átropos se había incorporado de su asiento para recoger las tijeras que debían seccionarlo…

Pronto todo acabaría…

Así, petrificado ante la certeza de encontrase ante los últimos instantes de su vida hizo que su estómago se revolviera y un sudor frío, surgido de todos y cada uno de los poros de su piel, le hiciera temblar.

Mientras tanto, el francés, sabedor de que ya no había marcha atrás y que su presa se encontraba confundida e indefensa ante su repentina aparición, decidió lanzarse como un rayo hacia el abismo de la infamia.

Floridablanca tan sólo pudo levantar los brazos ante la feroz acometida…

Segundos después, su cuerpo se estremecía por dos veces ante las punzadas frías e hirientes de aquella arma inventada por los árabes para causar graves daños internos sin hemorragia externa.

Por suerte, el hijo de Caín, tal vez fuera por el nerviosismo de verse como el ejecutor de tan noble persona o por la simple y caprichosa actuación de la providencia, no había andado con tino, así que, las heridas causadas hasta aquel entonces tan sólo habían sido leves y no revestían gravedad.

Pero eso a Floridablanca le era indiferente…

Él ya se había abandonado a su sino…

Tan sólo rezaba para que todo acabase lo más rápido posible…

Aturdido y ensangrentado observó desde el suelo como su ángel exterminador se relamía los labios al mismo tiempo que volvía a cargar el brazo hacia atrás para dar el golpe de gracia sobre su pecho, pero entonces, cuando el derrotado y resignando Floridablanca ya podía sentir el frío aguijón atravesándole el pecho para arrancarle furtivamente de esta existencia, apareció su salvador…

Pedro Pablo Pents apenas tuvo tiempo de girar el rostro cuando un humilde lacayo, advertido por los gemidos de dolor del ministro, apareció en escena y sin mediar palabra ni detenerse a pedir ayuda, se abalanzó contra el asesino con fuerza y determinación.

Tal fue la embestida que el despiadado asesino cayó al suelo perdiendo su arma…

Todo pareció detenerse durante unos instantes, sin embargo, aquella alma oscura no había dicho su última palabra…

Rápido y encolerizado como un gato herido en su orgullo, se incorporó enfocando con su punzante mirada al entrometido salvador para, seguidamente, sacar de uno de sus bolsillos un afilado lezna y volver a la carga.

Floridablanca, mero espectador, de cómo los dados de su suerte seguían rodando por el tablero del destino, se encogió para observar con temor la lucha entre la luz y la oscuridad que debía determinar su suerte.

Vida o muerte dependería de la victoria de uno o de otro…

Mientras aquellos angustiosos pensamientos fustigaban la mente del convaleciente ministro, los dos hombres sudaban y gemían por el esfuerzo y la tensión propia de aquel combate dispuesto a prolongarse hasta que uno de los dos claudicase o fuera sometido.

Durante unos instantes que parecieron eternos, los golpes, arañazos y agarrones tuvieron como objetivo no ser punzado por el lezna, sin embargo, aquello no evitó que aquel punzón se clavase hasta en dos ocasiones en las carnes del joven lacayo.

Al ver la sangre correr, Floridablanca se estremeció y compungido se dijo a si mismo…

¡Qué cruel había sido con él el destino al proporcionarle un falso salvador!

¡Cómo se podía albergar la crueldad de generar esperanza al que se veía esperando la barca de Caronte!

Que injusticia…

Todo parecía perdido…

Pero entonces, súbitamente, todo volvió a cambiar…

Lo que parecía el principio del fin mutó para convertirse en el inesperado revulsivo que debía dar solución a aquel terrible trance…

El joven lacayo, presa del pánico al verse herido por aquel hijo de Satanás, reacciono de manera contraria a la que lo había hecho el ministro. En su agitada mente se vislumbró la injusticia que sería el perder la vida en manos de aquel siniestro delincuente.

No lo podía permitir…

Así, en unos movimientos casi imperceptible en medio de aquella batalla, los músculos de su brazo derecho relajaron, sus pies se aferraron al suelo y apretó la mandíbula. Seguidamente, lanzando una moneda a cara o cruz, se soltó el brazo de su contrincante, cargo el hombro hacia atrás y descargo un feroz puñetazo dirigido hacia la mandíbula del francés.

El impacto fue brutal…

Todo había, al fin, terminado…

Floridablanca pestañeo removiéndose inquieto en el suelo mientras el lacayo, sin dar tiempo a su enemigo para que se recompusiera del violento y preciso zarpazo, se abalanzó sobre él tirándolo de un empujón al suelo, lo redujo hasta la llegada de la guardia

Aquel acontecimiento ocurrido en el Palacio Real de Aranjuez el 18 de junio de 1790 consterno profundamente al rey y a la corte. Rápidamente se ordenó que se atendiera con cuidado y esmero a José Moñino y Redondo, I Conde de Floridablanca, y al lacayo que tan bien había servido a su señor evitando aquel atentado.

Tiempo después, recompuesto de aquel trance, se celebrarían fiestas y misas en su honor y en agradecimiento a Dios por haber salvado al ministro.

En cuanto a Pedro Pablo Pents, francés problemático que había servido en el ejército del rey en la expedición de Ceballos a Buenos Aires que había pretendido acabar con la vida del ilustrado ministro, fue torturado para que dijese quien había ordenado tal atentado, sin embargo, este no dio nombres ni dijo nada…

En uno de los documentos que pude consultar, fechado varios días después del atentado se dice que entre sus ropas se encontró un papel donde estaba escrito: «que estaba desesperado y tanto discurriendo hacer una acción que fuera muy sonada».

En cuanto a Álvarez de Quindós, tras relatar el suceso, nos dice… «El agresor fue preso y sentenciado a pena capital, cortada la mano, y puesta en el camino de Ocaña, á la inmediación de la tierra del Rey».

Finalmente, para finalizar nuestra historia, sin haberle sonsacado nada, se dispuso su ejecución por horca.

Hasta aquí mí información, pero anoche, recibiendo un correo de mí amigo Tomás Ruiz Cabrera, obtuve un dato más que desconocía (como suele ser habitual cada vez le pregunto algo).

Ahora, imaginad la escena…

Estando el asesino en el patíbulo, el verdugo le preguntó por su última voluntad.

Entonces éste, mirando fijamente al verdugo con rostro desafiante, exclamó…

– ¡Arrrreee!

Detalles de la historia…

Autor: José Antonio López Medina

La Puerta del Sol y La Carga de los Mamelucos

La puerta del Sol se había convertido en unos instantes en la garganta desgarrada y sangrante de la nación española. Sus cuerdas vocales vibraban hasta desgañitarse ahuyentando el valor y la determinación de todo francés que tuviera orejas.

Pero aquel grito elevado al cielo madrileño con pasión e ira no era el único quebradero de cabeza de los gabachos, ya que por doquier, en cada calle, callejón, portal o plazuela, habían catado el mortal aguijonazo de las navajas albaceteñas, la quemazón letal de los trabucos y pistolas, y la furia desgarradora de un pueblo ciegamente convencido a decir basta y gritar libertad.

¡Madrid se había levantado como una bestia ciega y sedienta de sangre y fuego que sólo puede ser frenada con la muerte!

La Puerta del Sol bramaba con ira en medio de aquel caos de gritos, arengas, maldiciones e improperios, mientras que, entremezclados con la muchedumbre, se pueden observar a personas heridas que discutiendo con sus amigos y familiares para que les permitieran seguir luchando, madres portando en una mano unas tijeras y en las otras a sus hijos, ancianos arrugados y maltrechos alzando sus garrotes al cielo, jóvenes acelerados que, con los ojos desorbitados recogen las armas lanzadas por otros compatriotas desde los balcones de las casas aledañas mientras, otros tantos, piden los fusiles a los granaderos de marina  de la Casa de Correos.

¡Madrid ruge!

Y los franceses despistados que tienen la mala fortuna de perderse entre sus calles y aparecer en la Puerta del Sol son inmediatamente golpeados y acuchillados hasta la muerte con saña y cólera.

Pero entonces, dados los cuartos por el reloj, el suelo comienza a temblar…

El gentío gira sus rostros hacia el este mientras el griterío disminuye durante unos segundos su volumen… Las madres aprietan las manos de sus hijos… El corazón de los jóvenes se acelera… Los ancianos fruncen el ceño y aprietan sus mandíbulas…

La respiración se agita y la boca se seca mientras el corazón late desbocado…

Ya vienen…

En cuestión de segundos, surgiendo desde la Calle Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, aparecen a la carga los Escuadrones de Cazadores y los Mamelucos de la Guardia Imperial dirigidos por Daumesnil.

Los primeros instantes de confusión son rápidamente olvidados cuando las gentes allí congregadas reaccionan. En un acto desesperado, intentan inútilmente abrirles pasillos para que sus cargas sean menos efectivas, pero aquello no funciona…

En pocos minutos la sangre corre por el suelo adoquinado…

Pero aquel drama no va a detener a un pueblo determinado morir…

Rápidamente, como lobos sedientos de sangre, se arrojan contra los caballos y sus jinetes entre alaridos desorbitados. Las navajas de los hombres y las tijeras de las mujeres abren en canal los vientres de los animales y seccionan sus corvas mientras los jinetes egipcios son proyectados con odio al escurridizo suelo para luego, ser acuchillados y degollados.

Mientras tanto, los jinetes franceses, desesperados por mantenerse con vida entre aquella jauría de demonios, descargan sus pistolas y sus sables sobre los rostros de los madrileños, los cuales, luchando a codazos entre ellos, forcejean por llegar antes que el vecino hasta el enemigo.

¡Todos quieren hacerles pagar caro el haberse atrevido a invadir a España!

Durante varios minutos los jinetes franceses y mamelucos luchan por llegar con vida hasta las calles Arenal y Mayor mientras los madrileños, en una orgía de furia, odio y sangre, se arrojan a sus riendas y bocados, tiran de sus piernas y clavan sus afiladas navajas y tijeras.

Los gritos de horror, dolor, miedo, angustia se confunden con las maldiciones, alaridos, insultos y gruñidos mientras el olor ácido a sudor y el metálico a sangre crea una campana de irrealidad destinada a mantenerse en la conciencia de todos los presentes por los tiempos de los tiempos.

Finalmente, tras un esfuerzo sobrehumano, Daumesnil, al que llamaban el ángel del emperador, consigue huir de milagro de aquel infierno y reunir a los supervivientes de su escuadrón en mitad de la calle Mayor.

Éstos, por primera vez en sus vidas, están acongojados y confusos. Prueba de ello, es que, entre los relinchos furibundos de sus caballos, se miran unos a otros con los ojos desorbitados sin pronunciar palabra alguna.

No son capaces de comprender aquella descarnada y animalesca furia…

Daumesnil observa detenidamente la herida que una navaja le ha producido en su pierna izquierda. Después, levanta la vista y analiza la situación de sus hombres para ver si es posible realizar una nueva carga, sin embargo, pronto se da cuenta de que aquella acción será inviable…

Sus hombres están heridos y contusionados en brazos y piernas, sus uniformes hechos jirones y sus monturas encabritadas y deseosas de huir de aquel purgatorio, sin embargo, si algo le hace percatarse de que aquello es una tragedia, es el rostro confuso y aterrorizado de sus hombres.

Daumesnil traga saliva y gira su rostro para observar la Puerta del sol…

Allí, a unos metros, congregados como si nada hubiera pasado, desafiándolos con los ojos desorbitados y gritando hasta desgañitarse mientras rasgaban sus camisas, se encontraban los madrileños.

Daumesnil baja el rostro y niega con la cabeza…

Seguidamente, da la orden…

Se marchan.

Ante la capacidad de la caballería para despejar la Puerta del Sol se trajeron dos cañones… Media hora más tarde, todo fue barrido sin compasión… Sembrando aquellos adoquines, cientos de cuerpos sin vida… Hombres, mujeres y niños…

Los disparos de aquellas dos piezas de artillería habían sido más que efectivos ante el aguerrido populacho… Todo habría caído en un silencio sepulcral si no hubiera sido por los disparos y los angustiosos gritos de dolor que surgían de la iglesia del Buen Suceso, la cual, había sido asaltada por los mamelucos para poner fin a la vida de los que allí se refugiaban.

Para los franceses todo terminaría pronto, para los madrileños solo acaba de empezar…

Desde Historias de un Instante, mi especial homenaje a los héroes del 2 de mayo de 1808, hombres y mujeres valerosos que no se resignaron a ser sometidos por el emperador francés y que lucharon con valentía y determinación, aun a pesar de perderlo todo, por la libertad de nuestra nación.

Para ellos, este humilde relato.

Autor: José Antonio López Medina

(Texto protegido por derechos de autor)

 

 

 

Algún Día Habrá Héroes…

Con avinagrada amargura chasqueó la lengua al mismo tiempo que, iracundo e inquieto, negaba enérgicamente con la cabeza.

Como cada día de cuarentena, su tiempo transcurría entre la impotencia y la rabia, sensaciones que finalmente, con el paso de las horas, terminaban por apoderarse de su ánimo hasta arrastrarle a la extrema irritación.

«Qué terrible error…»

Gustavo, señor de avanzada edad, jubilado y viudo, que había ejercido toda su vida profesional como profesor de historia en un humilde instituto de barrio, llevaba toda la tarde frente al televisor escuchando como en telediarios y programas de sucesos reconvertidos en informadores en primicia, calificaban a los médicos, enfermeros, policías, militares, empleados de supermercado, limpiadoras, agricultores o camioneros, como héroes.

«Esto es terrible…»

Uno tras otro, en ocasiones dibujando una sonrisa en su rostro o interpretando una falsa actitud de responsabilidad o angustia, precisaban con ágil soltura y orgullo fingido, el cognomen seleccionado por ellos o sus superiores para definir a las personas que, según su criterio, habían sido arrojadas, sin armas ni protección, contra un enemigo invisible y letal.

«Son héroes dicen… Que desfachatez…»

Incapaz de aguantar un segundo más aquel continuo bombardeo de eufemismos para no alertar a la gente decidió coger el mando de la televisión y apagarla.

Repentinamente, un silencio atronador, se apoderó de la pequeña sala de estar donde solía pasar las horas mientras en el interior de su mente se desataba, entre feroces rugidos y estruendosos chasquidos, un violento ciclón de aflicción y crítica.

Para Gustavo, conocedor en profundidad de la historia nacional, no existían héroes, o al menos, no como la gente creía que debían ser, pues, aunque las personas de a pie, visualizadores de películas épicas de Hollywood y lectores de literatura condicionada para inyectar patriotismo, creyeran que un héroe nunca tiene miedo, no era así.

Los denominados héroes que nos ha dado la historia tienen pánico a la parca, maldicen su suerte, rezan desesperadamente y si pudieran escapar de su destino, lo harían, lo que pasa, es que, sin escapatoria, deciden dar un paso al frente con resignación para afrontar lo que les ha tocado vivir, a ver si con un poco de suerte, salen de la que están metidos conservando el pescuezo.

El viejo profesor estaba convencido de que ningún médico, militar, policía o empleado de supermercado, iría con gusto, con la que estaba cayendo, a trabajar, y más, sabiendo que luego tenía que retornar a casa junto a sus hijos y compartir habitación con su marido o mujer mientras la agónica incertidumbre de estar contagiado les corroía por dentro.

Además ¡Qué carajo!

España es un país que tiene como tradición olvidar a los que algún día llamamos héroes…

Así, con total convicción, a los médicos y enfermeros que aplauden todos los días desde los balcones mañana los criticarán porque les han hecho esperar en una sala durante dos horas para ser atendidos, a los militares que desinfectan sus calles los despreciarán con repugnancia llamándolos fachas, a los policías que hoy se esfuerzan para mantener el orden y el confinamiento que debe salvarnos a todos, los tirarán piedras de varios kilos arrancados del suelo o cócteles molotov de fabricación casera mientras vomitan sobre ellos insultos, a los empleados de supermercado y limpiadoras los mirarán por encima del hombro burlándose de ellos por no tener estudios y a los agricultores y camioneros los tacharán de paletos de pueblo que no tienen donde caerse muertos…

Esta es nuestra España, la de las seis de la mañana, la del transporte público atestado, la de los atascos a hora punta, la del continuo enfrentamiento político, la de chuparse las jugarretas y los robos de nuestros gobernantes, la de que más me da todo si tenemos futbol o Netflix, la de yo mientras que tenga dinero para ir al cine, al teatro o a cenar, para que voy a protestar, la de toma niño el móvil o la consola y déjame en paz.

La España que, tristemente, volverá cuando todo esto acabe…

No señores, los médicos, enfermeros, policías, militares, empleados de supermercado, limpiadoras, agricultores o camioneros no son héroes…

Esta gente, enviada a la boca del infierno, son simple y llanamente…

Supervivientes.

En tales cábalas se había sumergido cuando de improviso, el aplauso habitual de las ocho de la tarde comenzaba a crecer en el exterior como una ola surgida del corazón del mar.

Gustavo miró instintivamente, aun sabiendo la hora indicada, su vetusto reloj de pulsera. Después, sin detenerse más de lo debido en la posición de las manecillas con el fin de llegar puntualmente a la cita, se incorporó entre gruñidos y algún que otro gemido para dirigirse al balcón y comenzar a aplaudir a los que él, a contracorriente, llamaba supervivientes.

Por regla general, solía fijarse en el color del cielo o el estado de las plantas de su vecina, pues sus vecinos, viejos o jóvenes, nuevos o antiguos inquilinos, le deban exactamente igual.

Sin embargo, aquel día, para su desconcierto, algo le llamo poderosamente la atención…

Frente a su balcón, iluminado por dulces y anaranjados rayos de los atardeceres primaverales, se encontraba un niño de apenas tres años de edad, de rostro pícaro y pelo rizado que aplaudía con exaltación mostrando una actitud grave al mismo tiempo que agradecida, mientras que, sus jóvenes padres, custodiándole a ambos lados para que no se alzara a la barandilla, le observaban con orgullo.

Aquella imagen hizo que el viejo profesor de historia, que creía tener la verdad absoluta gracias a su experiencia y las eternas y filosóficas cavilaciones, quedara petrificado al mismo tiempo que sus inquebrantables certezas, defendidas a capa y espada, se hacían trizas.

Tragando saliva mientras observaba patidifuso la escena, se dijo humildemente a si mismo…

«Estaba equivocado»

Quizás las nuevas generaciones de su querida España, representados en aquel pequeño infante, lo cambiasen todo…

Tal vez ellos, rebelándose contra el olvido, la tradición y nuestra genética, sí se acordasen el día de mañana de sus supervivientes.

Tal vez, ellos…

En un futuro…

Sí, tuvieran héroes.

Autor: José Antonio López Medina

 

El Joven Michael Jordan

Michael cerró su habitación dando un fuerte portazo y se lanzó sobre la cama para, seguidamente, hundir la cabeza en la almohada y comenzar a llorar amargamente.


En el interior de su cabeza, golpeándolo sin compasión ni clemencia, reseñaban las nefastas palabras de su entrenador.
«No podemos contar contigo. Las razones son que eres demasiado bajito debes mejorar».

Apretó sus manos contra sus oídos como si al hacerlo pudiera olvidar aquellas palabras mientras sus ilusiones y sueños se desvanecían entre el amargo recuerdo de su entrenador sentenciando…
«Sigue intentándolo al año que viene muchacho, tal vez, con un poco de suerte habrás crecido y podamos valorarte. Hasta entonces, olvídate».


Tras aquello, en su mente se repetía la imagen de su entrenador dándole la espalda, mientras comenzaba a bromear con su segundo como si lo que acababa de hacer y decir no tuviera la mínima importancia… Como si romper los sueños e ilusiones de una persona no importasen… No fuera algo relevante sino rutina…


Había apartado del equipo a uno más, sin importancia ni margen de mejora, un muchacho que, a su entender como buen profesional, no merecía una oportunidad por se bajito o no mostrar posibilidad de proyección.


Aquello hizo que el joven Michael se encogiese de dolor mientras su lamento y sus ganas de gritar por la desesperación y la impotencia, le ahogaban el corazón y el alma.


Entonces, en medio de aquel sufrimiento infinito, su madre llamó con los nudillos a la puerta.


— Michael ¿Va todo bien?


Incapaz de contener su llanto, despegó levemente el rostro de la almohada para contestar. Sabía que si no lo hacía, ay madre se preocuparía ms de lo que ya lo estaría y no le dejaría ahogar su tristeza en soledad.


— Si, mamá. Todo está bien.


Tras la respuesta de Michael hubo unos Segundos de sepulcral silencio que fueron de nuevo quebrados por la dulce y consoladora voz de su madre.


— ¿Seguro? Sabes que estoy aquí si necesitas hablar.


Aquel tono amable y comprensivo a la vez que cálido sirvió de bálsamo al joven Michael.


Éste tomó aire mientras sentía como su diafragma temblaba haciéndole aspirar entrecortadamente.


Después, volvió a contestar.


— Lo sé, mamá… Gracias…


Un nuevo silencio precedió a las últimas palabras arrojadas por su madre tras la puerta.


— He recibido una llamada de tu entrenador y se lo que ha ocurrido… Estaré abajo por si me necesitas, pero antes de marcharme quiero que sepas que la vida está llena de problemas y desilusiones.


Escuchar aquello le hizo incorporarse y sentarse en la cama.


— Esos golpes son precisamente los que hacen tan interesante vivir esta vida.Tan emocionante. Superar esos retos y esos muros impuestos por otros, luchar contra los que no creen en ti y vencer a los que van contra tus sueños es lo que hace que valga la pena vivir e intentarlo todo una y otra vez… Recuérdalo…

Las lágrimas de Michael se habían extinguido… Su madre las acababa de secar…


— Te quiero hijo.


Tras unos instantes de quietud donde esperaba una respuesta que nunca llegó, los pasos de su madre se alejaron de la puerta para ir desapareciendo en la distancia.
De nuevo estaba solo con su amargura y su dolor, sin embargo, algo había cambiado.
Su madre tenía razón.


Debía intentarlo otra vez más… Con más fuerza… Con más pasión… Debía vencer a los problemas y a los que no creían en él… Debía luchar contra todo y contra todos… Sin rendirse… Una y Otra vez… Una y otra vez…
El joven Michael Jordan, excluido del equipo de baloncesto por no ser lo bastante bueno y ser bajito se miró las manos durante unos instantes y al cerrar los puños, sonrió…
Su entrenador se iba a arrepentir de lo que había decidido.


De un salto se incorporó de la cama. Cogió su balón de baloncesto y salió de su habitación.
Acababa de nacer el mayor jugador de la historia del baloncesto.


La leyenda.


Michael Jordan.


Al año siguiente Michael Jordan pasó de medir 1,80 cm a 1,93 cm y no solo ingresó en el equipo del instituto, sino que además, inició una vida cargada de éxitos.
Durante su vida deportiva ganó, entre innumerables títulos, el premio al jugador más valioso de la NBA y 6 anillos de la NBA.
Poco hay que decir que no conozcan de este hombre inmortal que se forjó entre la humildad y el esfuerzo.


Autor: José Antonio López Medina

Francisco Quevedo y el Callejón del Codo

El vino rancio y amargo que había ingerido indiscriminadamente durante todo el día en tabernas y antros de mala reputación, le había aflojado las piernas y ensalzado su duro, soberbio, extremo y siempre inconformista, carácter.
Al mismo tiempo, su estómago, castigado por un abrasador ardor más propio de los fuegos del mismísimo infierno que de una digestión, era incapaz de soportar tal cantidad de alcohol, así que, entre regurgitaciones y las contracciones involuntarias y espasmódicas de su diafragma, volvía a su boca el ácido caldo que debía ser procesado.
Una mala noche le esperaba, pues con toda seguridad, al cerrar los ojos se vería más montado en la proa de una galera en medio de una tempestad que en el acogedor reino del descanso que suponía para él su lecho.

Así, entre los desagradables pronósticos que le esperaban al llegar a su lecho y los amargos susurros, de naturaleza  despótica, que dedicaba a sus cientos de enemigos y alguna que otra mujer que había despreciado su ofrecimiento, se dirigía a su casa, entre trompicones y bandazos, el grandioso Francisco de Quevedo.
En su lento e irregular caminar quiso el destino, una vez más, que el escritor, en su penoso retorno, se introdujese en el Callejón del Codo.
Lugar perfecto para amoríos que se deben esconder y para saldar deudas de honor con algún que otro deslenguado. Sin embargo, el ebrio Francisco de Quevedo, usaba habitualmente aquel rincón de Madrid para aliviar la presión ejercida por la orina en su vejiga.
Con el malestar propio causado por el estado etílico y la energía ficticia que este hace sentir a aquel que ha caído en sus brazos, se apoyó en la puerta donde tenía la costumbre de orinar al retornar a casa.
Pero aquella noche, antes de aflojar sus gregüescos, apretó su mandíbula mientras la cólera le hacía enrojecer y acelerar su respiración.
¡¿Qué  desfachatez era aquella?! ¡¿Qué estúpido reto era aquel?! ¡¿A caso el propietario pensaba que su conciencia se vería dañada?! ¡ Qué aquel cartel sería el remedio que acabara con sus alivios creando en el la vergüenza y el remordimiento?! ¡Insensato e ignorante!
Furioso y tremendamente excitado miraba la cruz que el propietario había puesto en su puerta mientras releía, una y otra vez, el cartel que había colocado bajo la misma.
«Donde se ponen cruces no se mea»
Aquello fue demasiado para él…
Aguantando sus ganas de orinar, corrió como pudo hasta una taberna cercana y al entrar, reclamó a voz viva una pluma y un tintero.
Como era de esperar, ya conociéndole los presentes, se le entregó inmediatamente. Así, Francisco Quevedo, entre maldiciones e invocaciones al santísimo redios, volvió hasta la puerta del callejón del Codo.
Dejó el tintero y la pluma en el emparedado suelo iluminado por los rayos plateados de la luna llena. Seguidamente, desabrochó los cordones de su gregüescos y orinó placenteramente hasta vaciarse.
Cuando hubo acabado, volvió a abrocharse los cordones de los gregüescos, para seguidamente, agacharse y coger el tintero y la pluma.
Tal era el cabreo que tenía por aquella desfachatez y aquel reto que los efectos de las inmensas cantidades de alcohol habían disminuido considerablemente.
Abrió la tapa del tintero… Mojó la pluma… Y con letra alargada, escribió debajo…
«Y donde se mea, no se ponen cruces»
Don Francisco Quevedo, literato eterno, absolutamente genial, de carácter indomable, firme, soberbio y absolutamente irrepetible.
Desde Historias de un Instante nuestro recuerdo, aunque, ya adelantó que no será, ni la primera ni la última vez que pasará por mi pluma.
Autor: José Antonio López Medina 

(Texto protegido por derechos de autor)

Orgullo y Honor

El joven Luis II de Borbon-Condé miró de arriba abajo, con la mandíbula apretada y la mirada resignada, al sucio, destartalado y ensangrentado capitán español. Éste, sin apenas fuerzas para sostenerse en pie, mantenía una actitud desafiante y altiva a pesar de estar rodeado por los cadáveres de sus compañeros, los cuales, habían sido totalmente aniquilados.

A su alrededor, envolviéndolo todo en una campana de irrealidad, un profundo olor a tierra mojada y un hedor metálico a sangre derramada los arropaba mientras tronaba de manera ensordecedora un silencio sepulcral que sólo era quebrado por la dificultosa respiración del español.

De esta guisa permanecieron durante unos minutos, hasta que el francés, intentando buscar una respuesta, decidió terminar con aquel duelo invisible de orgullo.

– Decidme… ¿Cuántos erais antes del combate?

El español mantuvo unos segundos más su brava mirada sobre el rostro del francés antes de bajar la vista para observar los cadáveres inertes de los héroes que habían sangrado junto a él por el orgullo y el honor del imperio español.

Después volvió a alzar el mentón, trago saliva y suspiró sonoramente.

Fue entonces cuando, para desconcierto del francés, el español abrió sus brazos mostrando las palmas hacia arriba, y sonriendo con orgullo, exclamó …

– No tenéis más que contar los muertos.

Amigos, feliz día 31 de enero, día de los Tercios Españoles.

Autor: José Antonio López Medina

Felipe «el Hermoso» y el Vaso de Agua.

Se acercó al rey y con voz entrecortada por el esfuerzo, le felicitó.

– Una vez más, nos vencisteis, majestad.

El monarca sonrió por encima del hombro mientras levantaba sutilmente la barbilla.

Como era habitual, Felipe se había mostrado desafiante y altanero mientras, pavoneándose, mostraba a todos los presentes, con movimientos ágiles y repletos de plasticidad, sus grandes dotes para jugar a la pelota.

Al mismo tiempo, ya fuera por la disimulada dejadez que mostraban algunos para dejarse humillar o por el respeto promovido por el interés al permitirse ser  vencidos para ganar su confianza y amistad, todos caían derrotados.
Pero eso a él, le era indiferente…

– ¡Que esperabais!

Lo que verdaderamente le importaba era el sentirse superior a sus rivales.
Esa efímera emoción producía en Felipe un placer y un disfrute inigualable pues, aunque sabía de antemano que estaba rodeado de farsantes aduladores que intentaban ganar su favor dejándose pisotear, el verse por encima de todos le permitía alimentar su instinto egocéntrico y su incontrolable narcisismo.

– ¡A caso esperabais otro resultado! ¡No seáis insensato! ¡Os enfrentáis al mejor!

Felipe se sentía colmado de gloria, pues si se detenía a observar con atención los rostros de sus oponentes, podía descifrar en ellos la impotente envidia que termina transmutándose en admiración.

Nadie, ya fuera por su destreza, su determinación o la fortaleza de su ser, había sido capaz de arrebatarle la pelota en el transcurso del lance.

Y eso, se hubieran dejado vencer o no, era de envidiar…

– Sin duda, majestad. No se puede vencer a quién ha nacido para estar por encima de todos.

Aquella alabanza hizo que Felipe volviera a dirigir su atención sobre el joven infante que le había felicitado.

Le miró de arriba abajo y le volvió a de dedicar la misma sonrisa de autosuficiencia que le había dirigido hacía unos instantes mientras el joven bajaba el rostro.

– Así es… Así es.

Volvió a sonreír.

Seguidamente, mientras aquellas certeras palabras cargadas de lo que él pensaba que era una verdad absoluta resonaban en el interior de su cabeza, se giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia las sombras que los altos muros de la Casa del Cordón de Burgos ofrecían en aquella calurosa tarde del 16 de septiembre.

Tras caminar con firmeza unos pasos, cruzó la remarcada frontera entre los abrasadores rayos de sol y el relativo frescor que ofrecían las sombras.

Al hacerlo, fue consciente, por primera vez desde que había empezado a jugar, de como el sudor que cubría todo su ser había hecho que las ropas se pegaran a su piel.

De igual manera, el contraste entre su elevada temperatura corporal producida por el esfuerzo y el frescor de aquel lugar le produjeron unas ansias incontrolables de hidratarse.

Deseo que se acentuó al sentir la pastosidad de su boca al despegar sus resecos labios para pedir agua.

– ¡Traedme un vaso de agua! ¡Rápido!

Dada la orden, uno de los pajes que estaban junto a una de las puertas se perdió raudamente en el oscuro pasillo del palacio para, apenas un par de minutos después, aparecer con un vaso de metal.

Para Felipe la espera había sido un suplicio, así que, para desasosiego del paje, le dedicó una amarga mirada mientras le arrebataba con desprecio el vaso de la mano.

Al quitárselo pudo sentir como el metal estaba extremadamente frío, haciéndole preveer cual sería la temperatura a la que se encontraba el agua.

Esto hizo que las ansias por llevárselo a la boca y saciar su sed se multiplicara, por esa razón, sin miramientos ni remilgos, alzó el brazo y comenzó a beber apresuradamente.

El frescor del preciado líquido hizo que la cabeza le comenzara a doler intensamente, sin embargo, incapaz de dejar de beber por el placer que le estaba produciendo el sentir como su boca volvía a sentirse húmeda y su sed saciada, le hizo sacar fuerzas para aguantar aquel pequeño tormento.

Aquel vaso de agua le había devuelto la vitalidad y le había generado un alivio inexplicable e inconcebible.

Cuando lo acabó por completo, Felipe I «el Hermoso», marido de Juana de Castilla a la que llamaban «La Loca», bajó el vaso y mirando a los ojos a todos los que le observaban en silencio, asintió afirmativamente mientras en su rostro se dibujaba una amplia sonrisa.

Esta vez, la carcajada fue general.

Quién podría imaginar que aquel frío vaso de agua, tomado con enorme placer para aliviar la angustiosa sed producida por el esfuerzo físico en aquella tarde de verano, le produciría, horas más tarde, una indisposición que se agravaría y complicaría días después con unas fiebres, achacadas en un principio a una neumonía, que le llevarían a la muerte.

Pronto se especuló entre sus fieles, los cuales extendieron sus sospechas entre las ciudades castellanas, la posibilidad de que no hubiera sido un enfriamiento o una neumonía, sino un envenenamiento perpetrado por los partidarios de su suegro, Fernando el Católico, el cual, era el claro beneficiado, sin embargo, en vez de devolver la corona al aragonés, se nombró al Cardenal Cisneros como regente.

Pero volvamos con Felipe el Hermoso.

El cadáver del joven monarca, de tan sólo 28 años de edad, fue engalanado, por orden de su mujer, con las mejores prebendas.

Seguidamente, se embalsamó su cuerpo y su corazón fue enviado a Bruselas, lugar de origen del primer Habsburgo de nuestra historia.

Después, fue enterrado en la Cartuja de Miraflores en Burgos.

Hasta aquí todo normal, pero de repente, en las Navidades de 1506, Juana hace desenterrar a su esposo.

Tras aquello, inicia un deambular sin sentido ni destino por Castilla que terminaría cuando en 1509 su padre diera la orden para que la encerraran en Tordesillas.

Aun así, los restos de Felipe el Hermoso tardarían años en ser sepultados, finalmente, en Granada.

Curiosos pasajes de nuestra historia que, tal vez, deberíamos enseñar en nuestras escuelas.

Desde Historias de un Instante, mi granito de arena.

Autor: José Antonio López Medina

El invencible José Llulla

Cuando fue consciente de su error ya era demasiado tarde…

En un principio había pensado que él tenía algo diferente, distinto, capaz de llevar acabo aquella hazaña, pero sólo había sido una sensación etérea, o como él creía, disoluta. Algo que sin saber el porqué, había surgido en el interior de su mente dejando un pequeño poso que desaparecería con el paso de los días y los golpes propinados por la propia realidad, sin embargo, malditas las esperanzas y las ilusiones que siembra el demonio en los corazones para confundirnos, aquella idea fue floreciendo y tomando peso hasta el punto de verdaderamente creer que podía hacerlo posible.
Día tras día sentía como aquella idea iba tomando un mayor cuerpo alimentando sus sueños y esperanzas hasta hacerle creer que no eran ensoñaciones suyas, sino, posibilidades y hechos más qué viables.
Se sentía ágil, rápido, firme y mortal con su florete en la mano cuando terminaba de tomar sus clases de esgrima. Nadie le conseguía vencer en sus entrenamientos, y el profesor, ducho en aquellas lindes, sudaba la gota gorda para igualar los lances que ambos mantenían.
Cada vez se sentía más seguro, más destinado a hacer historia…Sin embargo, aún había en él una pequeña duda que e impedía lanzarse al abismo… Dar el paso…
¿Y si todo aquello que estaba sintiendo eran imaginaciones suyas?… Y si sólo eran anhelos de gloria y dinero… Deseos  por ser la misma persona que quería eliminar… Envidia por poseer su mismo prestigio y admiración de los demás…
La verdad, es que no le había contado a nadie aquello para lo que él creía y pensaba que estaba destinado por miedo a que en un arranque de sinceridad y realismo le devolvieran a la tierra haciendo añicos su sueño.
Sin embargo, sabía que tarde o temprano, sin poder eludía aquel hecho, debería contrastar su ambición con las opiniones de sus amigos, pues sólo así, obtendría la confirmación de que no estaba equivocado… De que él era el elegido para hacer historia…
Así, una de las largas noches de taberna que solía vivir con sus amigos, quedó ausente con el vaso de vino entre sus manos.
Los que le rodeaban, percatándose de su extraño comportamiento, decidieron amonestarle pero enmudecieron al obtener la respuesta.
«Retaré a José Llulla a un duelo y lo venceré»
Ya nunca sabría si sus amigos, por no enfadarle o por no disgustarle, le habían dicho la verdad o, sin embargo, para burlarse de él le había dicho que era el indicado, el llamado por él sino, el caso, es que entre golpes en el hombro y palabras motivadoras y exaltadas, le vieron hacedor de aquella hazaña, por la cual, brindaron entre risas y heroicas arengas.
Aquello sólo precipitó los acontecimientos que le habían llevado a tener, en aquel instante, un florete atravesándole de laso a lado su pecho.
Había salido de aquella taberna envalentonado por el alcohol y exaltado por las palabras de sus amigos mientras en su corazón hervía  la imparable sensación de comerse el mundo.
Fue con los puños apretados, la mandíbula contraída y la mirada enfurruñada hasta la casa de José Llulla.
Llamó  a la puerta violéntame y cuando éste abrió le miró a los ojos para gritarle.
– ¡Te retó! ¡Florete! ¡A las ocho en el robledal de Oaks!
José Llulla, impasible como de costumbre, sin mostrar emoción alguna, asintió y cerró la puerta.
En el transcurso de las siguientes horas fue incapaz de dormir. Se levantaba continuamente del lecho, cogía su florete y, visualizando el duelo, lanzaba varias estocadas al aire mientras se imaginaba atravesando el cuerpo invencible de español.
De aquella guisa estuvo hasta que las campanas de la Iglesia comenzaron a resonar.
El momento de afrontar su destino había llegado.
Haría historia.
Pero que equivocado estaba…
Llego junto a sus tres amigos de taberna para que fueran testigos de la hazaña que se proponía realizar.
Minutos después, surgiendo por uno de los caminos, su hispano contrincante.
Saludo fríamente con el mismo gesto de afirmación que le había dedicado horas antes bajo el marco de la puerta de su casa y sacó su florete.
Seguidamente, observó su filo y movió la hoja lanzando un par de estocadas. 
Imitando aquel mismo ritual, se encontraba el joven y decidido retador.
No hicieron falta palabras para saber que todo había empezado…
Los duelistas se aproximaron con paso firme para encontrarse en el centro de la explanada donde se habían citado.
El frío, la humedad y el olor a barro y cieno abrazaba a aquellos dos hombres destinados a acabar el uno con el otro.
Sus miradas se cruzaron una vez más antes de hacer entrechocar sus aceros.
En el rostro del pretendiente había determinación, firmeza y furia mientras que en el Jose Llulla todo era impasibilidad y frialdad… rutina…
Todo aquella falsa duraría tan sólo unos segundos…
El joven pretendiente, deslizó rápidamente su pie izquierdo para cargar con su brazo derecho una rápida estocada, pero José Llulla , no le concedió tiempo a más, ya que esquivo  el envite al mismo tiempo que, simultáneamente, estiraba su brazo.
El joven abrió los ojos de par en par cuando el frío acero del florete de español se hundía limpiamente en su tronco torácico.
Cayó de rodillas mientras abría y cerraba la boca intentando pronunciar sonido alguno pero su voz ya había sido raptada por la parca.
Todo era silencio a su alrededor…
José Llulla, impasible y frío como un témpano, no había cambiado ni un ápice su rostro.
Para él era algo habitual.
Su día a día.
El sabor metálico de la sangre comenzó a ser captado por las papilas gustativas del joven al mismo tiempo que su determinación, su furia, su confianza, sus esperanzas  y sus anhelos de gloria y de hacer historia eran sustituidos por el miedo de ver como la vida se escapa.
Había apostado al todo o nada y se había equivocado…
¡Que iluso! ¡ Que le había hecho pensar que él era diferente! ¡Que! ¡Que!
Temblando y aterrado, pudo observar durante sus últimos segundos de vida como José Llulla extraía su florete de su cuerpo.
Sin fuerzas y atenazado por el pánico, miró a los ojos de aquel que le había seccionado la vida con la esperanza de encontrar algún sentimiento , pero éstos estaban vacíos…
Aquel joven era uno más… Solo uno más…
Cayó de espaldas y la oscuridad se hizo, definitivamente con su alma haciéndole consciente, definitivamente, de su error.
El menorquín nacido en 1815 había visitado el Polo y traficado con esclavos antes de asentarse en Nueva Orleans.
Para sobrevivir en aquella dura ciudad decidió jugarse la vida realizando duelos, por esa razón, se apuntó a una escuela de esgrima, pero pronto superó al maestro derrotándole en una exhibición, así que, como era de justicia, tomó las riendas de la escuela.
Aquella maestría le hizo organizar la seguridad de muchas tabernas y locales.
En contra de lo que podía parecer, o lo que querríamos pensar, era una persona tranquila, paciente y fría que nunca probó una gota de alcohol.
En cuestión de tiempo prospero y adquirió multitud de locales entre los que se encontraba el bar en el que trabajaba.
Aquella posición le hizo tener que enfrentarse a un número ingente de duelos.
Lo normal hubiera sido que tarde o temprano hubiera muerto, sin embargo, su habilidad y maestría, le hicieron ganar uno tras otro convirtiéndolo en invencible.
Aunque siempre evito el conflicto, ya que sabía de su superioridad, nunca rehuyo un duelo.
(Realizó más de treinta lances)
Años después, en 1837, Nueva Orleans se convertiría en zona de conflicto entre Lis que apilaban los levantamientos independentistas cubanos y Lis que apoyaban a España.
Esto hizo que un día tuviera que salvar al cónsul español de un ataque.
Aquella acción le valió ser nombrado caballero de la Orden de Carlos III.
Tras vivir sus últimos años rodeado de conflictos y enemigos, moriría en 1888 por enfermedad.
Recordado en Estados Unidos y olvidado, como de costumbre, en España, que sirva mis palabras para devolverle a la luz.
Mi homenaje a este personaje legendario que pocos conocen y que tantas páginas de libros y horas de cine debería ocupar.
Autor: José Antonio López Medina 

Muerte de Isabel de Portugal y las Lágrimas De Francisco de Borja

— Acercaos para dar testimonio.

Aquellas cuatro palabras, susurradas al oído para no ser captadas por los presentes, hicieron que la garganta de Francisco de Borja se secara instantáneamente mientras un escalofrío, electrizante y paralizador, le erizaba el vello.
Su garganta y sus sienes latían al acelerado compás de su corazón, el cual, desbocado y sin control palpitaba contra su pecho acelerado su pulso y su respiración.
Ésta, agitada y nerviosa le había forzado a abrir la boca, impidiéndole entre incontrolables temblores, esbozar una respuesta.
Ante la inactividad y la falta de verbo del sudoroso y trémulo duque, el sacerdote decidió acercase una vez más a su pabellón auditivo para volver a susurrarle lo que todos esperaban impacientes.
– Señor, no alarguéis esto un instante más. Debéis acercaros y dar testimonio de que es quien se dice que es.
El duque, giró lentamente su cabeza hasta encontrarse con la mirada impaciente del sacerdote.
Éste le atravesaba, impaciente y ansioso, con su profunda y locuaz mirada esperando que el duque reaccionara.
– Acercaos.
Como si de un autómata se tratara, incapaz de mostrar que había asimilado o entendido la petición, parpadeo varias veces y volvió el rostro hacia adelante para fijarlo sobre el féretro que los Monteros de Espinosa habían trasladado desde Toledo a Granada.
Éstos, siempre obedientes y leales, habían cumplido a rajatabla las órdenes dadas por su emperador  Carlos V antes de retirarse al monasterio de Sisla a llorar su dolor.
Así pues, aquellos caballeros de armas no se habían separado del cuerpo de su difunda emperatriz ni un segundo.
De igual manera, en ningún momento se había abierto el féretro, ya que, por petición y última voluntad de la emperatriz, así se había exigido y así lo había ordenado el emperador.
Sin embargo, al llegar a Granada, había que certificar que verdaderamente era el cuerpo su majestad la que yacía en aquel momento en aquel lugar.
Los primeros en hacerlo habían sido los propios Monteros de Espinosa, pero la incapacidad de estos para expresar la autenticidad con firmeza había forzado que Francisco de Borja, amigo íntimo de sus majestades Carlos V y la difunda Isabel de Portugal, diera la confirmación definitiva.
– Adelante…
El duque de Gandía intentó tragar saliva mientras cerraba los ojos en un intento inútil por templar sus nervios, pero aquello no funcionó.
La saliva arañó su garganta como si tragara guijarros de pizarra mientras sus párpados temblaban.
Fue entonces cuando sintió como la mano del sacerdote le empujaba ligeramente a dar el primer paso hacia adelante.
Dado el tambaleante primer paso, dio el segundo… Y el tercero…
Sus temblorosas piernas le producían la inseguridad del que no tiene las suficientes fuerzas para mantenerse de pie, sin embargo, el duque es sabedor  que las miradas de los presentes le empujan con ahínco hacia adelante prohibiéndole detenerse.
Así, da un cuarto paso… Un quinto… Un sexto…
Su nariz comienza a apreciar el agrio olor de la putrefacción y la acidez de los gases corporales evaporados por la propia descomposición, pero sus ojos todavía no aprecian nada, sólo observan el frío féretro.
El duque deberá esperar a dar un séptimo paso… Un octavo… Un noveno… Un décimo…
Es entonces cuando exhala una bocanada de aire ante la impresión de observar como la muerte, la imparable, fría y despiadada, se ha llevado sin clemencia ni tacto la belleza extrema de su emperatriz.
Ya no queda nada de la hermosa Isabel de Portugal…
Sus verdosos y cristalinos ojos de mirada viva, alegre y tenaz se han apagado… sus pómulos y su frente hundido como las ruinas de un majestuoso Imperio arrasado por la oscuridad… Sus labios, capaces de hacer perder la razón a cualquier hombre con solo susurrar unas pocas y dulces palabras se han oscurecido para amoratarse y agrietarse… Mientras que su piel… Tersa, firme, suave y rosada, luce como la fría y amarillenta cera de una titubeante vela…
Ya no queda nada…
Nada…
Angustiado hasta el extremo de rozar el desmayo y con los ojos vidriosos e incapaces de contener las lágrimas, se girará para mirar al rostro a los presentes.
Estos se encuentran impasibles… vacíos de toda emoción… Ellos sólo quieren una confirmación…
Una maldita confirmación.
Finalmente, tras un interminable silencio rasgado por los sollozos del duque, éste afirmará con voz lastimosa y entristecida.
– No puedo jurar que esta sea la emperatriz, pero si juro que es su cadáver el que aquí ponemos

Un silencio atronador invade la estancia mientras el sacerdote asiente.
Todo parece finalizado, pero Justo cuando todos están dispuestos a marcharse, Francisco de Borja sentencia también la muerte del duque y el nacimiento del futuro  Santo.
– ¡Juro también no más servir a señor que se me pueda morir! 
Años después, tras enviudar de Leonor De Castro, intima amiga de Isabel, ingresaría en la Compañía de Jesús hasta alcanzar la santidad.
En cuanto a Carlos V, nunca volverá a tomar esposa de manera oficial, ya que, si pernoctará en lechos como el de Bárbara Blomberg (Madre de Don Juan de Austria).
Pero eso es otra historia…
Autor: José Antonio López Medina 

La Pluma Waterman y el Tratado de Versalles

El sonido de tres pequeños golpes producidos sobre la puerta de su despacho le hicieron levantar la vista de su ordenado y pulcro escritorio. 

Seguidamente, tras carraspear, alzó la voz con tono firme y seguro.

– Adelante.
Tras conceder el permiso para entrar, una de las dos hojas de la pesada puerta de madera se abrió.
– Señor Waterman, ya están…
– Tráigame una, por favor.
El joven secretario asintió con el rostro al mismo tiempo que volvía a cerrar la pesada puerta del despacho.
Cuando el pasador de la cerradura resbaló, un silencio atronador se apropió del amplio despacho mientras Frank D. Waterman, sobrino de Lewis Edson Waterman, creador de la prestigiosa empresa dedicada a la fabricación de plumas estilográficas Waterman Pens, era consumido por una extraña sensación que oscilaba entre la impaciencia y la inquietud.
De entre todos los encargos mundiales que atendía diariamente desde que decidiera implantar su empresa en el extranjero, más de 350.000 al año, este, sin lugar a duda, era el más importante. 
El de mayor responsabilidad.
El de mayor prestigio.
En tales cábalas se encontraba cuando nuevamente, la pesada puerta del despacho se volvió a abrir.
Frank D. Waterman no pudo evitar dar un respingo y ponerse en pie.
– Acérquese.
El secretario, sorprendido ante la espontánea reacción de su jefe, volvió a asentir.
Tras unos segundos de pausa, sin pronunciar palabra ni realizar gesto alguno, inició, con paso lento y comedido, su aproximación.
Un paso… Otro… Y otro, hasta llegar junto al escritorio donde esperaba el astuto, audaz e inteligente dueño de Waterman Pens.
Unos segundos de sepulcral silencio precedieron a la impaciente petición de su jefe.
– Muéstremelo.
Tras mirarle a los ojos y mantenerle la mirada durante unos interminables segundos, alargó su brazo derecho sobre el escritorio. Giró el puño hasta poner la palma de su mano hacia arriba y extendió los dedos lentamente.
Ante los ojos de Frank D. Waterman apareció una pequeña pluma estilográfica de oro sólido. En el clip remachado de seguridad se podía leer:
         Waterman Pens Company -IDEAL-
El dueño de la compañía trago saliva antes desabrocharse el botón de la chaqueta y volver a tomar asiento.
A continuación, con un gesto pausado extendió su mano para coger la ligera y brillante pluma estilográfica.
Cuando la tuvo en su poder la acercó a su rostro.Recorrió con la mirada su forma, su línea de fabricación y su estilo.
Sin ninguna duda, el trabajo era de una calidad exquisita, pero aquello no era lo verdaderamente especial de aquella pluma. No era lo que la iba a convertir en una pluma única… En una pluma para la historia…
Por esa razón, Frank D. Waterman, que sabía de la importancia de aquella fabricación, depositó la pluma sobre su escritorio para observarla detenidamente.
Durante varios minutos permaneció en silencio.Perdido en sus pensamientos mientras su mirada, fija e imperturbable, era incapaz de alejarse o apartar su atención de su creación.
Finalmente, de improviso, tomó la palabra… 
– Mírela bien.
– La observó señor.
– Que curioso es todo en esta vida.Para nosotros sólo es una pluma estilográfica.Un magnífico negocio que nos proporcionará miles de ventas.Sin embargo, para cientos de madres será la espada que liberará definitivamente a sus hijos de esta incomprensible y brutal guerra…Esta pluma estilográfica los devolverá de una vez por todas a su hogar…A los brazos de sus novias y mujeres sin el miedo de tener que volver a la trincheras…A los de sus padres y sus hijos…A los de sus amigos… A los brazos de un cálido amanecer, a los de una tarde soleada en el campo o un té junto a la chimenea en una noche fría y lluviosa… Los devolverá a los brazos de esos pequeños detalles que tiene la vida que no se valoran hasta que son arrebatados… Esta pluma estilográfica cauterizará con su tinta la hemorragia agónica que ha sufrido el mundo…Cerrará las puertas del infierno y les devolverá una vez más sus vidas…Les devolverá la paz…Y sin embargo para nosotros sólo es una pluma estilográfica…Una de tantas…¿Curioso verdad?
– Lo es señor… Lo es…
Tras aquellas palabras se hizo el silencio.
No se podía decir más…
Aquella pluma estilográfica, fabricada por Waterman Pens Company, sería la utilizada por más de cincuenta mandatarios para firmar el Tratado de Versalles en la Galería de los Espejos de Versalles el 28 de junio de 1919.
Este tratado, ratificaba el acuerdo de alto el fuego alcanzado el día 11 de noviembre de 1918 en el Armisticio de Compiègne que ponía fin a las hostilidades.
Este armisticio sería firmado a las 5.20 de la madrugada, entrando en vigor a las 11.00 de la mañana, pero aquel fin de las hostilidades se mantuvo en el aire hasta realizar la rubricas, meses después, en el conocido Tratado de Versalles.
Aquellas firmas alejaron temporalmente, como todos ya sabemos, el demonio de la guerra de los campos europeos pero aquel sueño de paz y vida duraría sólo hasta el 1 de septiembre de 1939 con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Pero eso… es otra historia…

Yo solo

– El cambio de tiempo que se prevé podría desembocar en una tempestad. Debemos actuar con presteza introduciéndonos en la bahía. Sólo así evitaremos el tener que retirarnos.

Los oficiales presentes en aquella reunión asintieron ante las palabras de Bernardo de Gálvez, jefe supremo de las fuerzas terrestres. Sin embargo, Calvo Irizábal, responsable absoluto de la escuadra, de sembrarte firme y seriedad inquebrantable, negaba con la cabeza.
 
-Lo que proponéis no es posible – hizo una breve pausa para captar la atención de los presentes antes de continuar- Sirva como ejemplo lo que le ha ocurrido a su propio buque insignia cuando el pasado día once intentó acceder. Aun recuerdo el crujir de los tablones de madera cuando impactó contra los bancos de arena ¿Acaso no lo recordáis?
 
Bernardo de Gálvez se removió inquieto en su asiento mientras era golpeado por las sarcásticas palabras de su enemigo. 
 
Era cierto que había intentado tomar la iniciativa para dar ejemplo, pero todo había salido mal.
 
Se la había jugado retando a la fortuna, ya que, desconocía por completo el calado y los fondos de aquel lugar y el alcance de las baterías enemigas.
 
Y había errado…
 
El Gálveztwon chocó contra los bancos de arena produciendo algún que otro daño material.
 
Este hecho, como era de esperar, produjo el efecto contrario al esperado. Rápidamente, alarmados ante lo sucedido, los oficiales comenzaron a plantear objeciones a la entrada por mar.
 
-Si lo recuerdo…
 
-¿Y seguís proponiendo lo mismo? No me hagáis reír.
 
Bernardo sintió como sus mejillas se enrojecían y acaloraban ante la desfachatez y el ataque humillante de su enemigo.
 
-Lo propongo porque las circunstancias nos obligan a ello. La tempestad nos empuja a actuar y no podemos permitirnos huir dejando en tierra a las tropas y sus pertrechos ¡Debemos arriesgarnos!
 
Bernardo observó el rostro de los oficiales mientras Calvo volvía a tomar la palabra.
 
– ¿Arriesgarnos decís? ¿A que nos ocurra lo que os sucedió a vos? No creo que a ninguno de los que estamos quiera quedar expuesto a fuego enemigo y sin capacidad de movimiento.
 
Finalmente, queriendo imponerse ante todos, se incorporó de su asiento y con voz firme sentenció.
 
– No entraremos hasta que la armada realice las mediciones de fondo correspondientes. Todo lo demás es un suicidio.
 
Pero Bernardo no había dicho la última palabras, así pues, saltando como un resorte de su asiento comenzó a hablar mientras observaba las desconcertados rostros de los oficiales, los cuales, ya se veían huyendo de la bahía de Pensacola mientras desde tierra escuchaban los gritos de sus soldados.
 
– Tengo que informarles de que el pasado día dieciséis el Galveztwon fue enviado por la noche a realizar tales mediciones. Los sondeos y los cálculos fueron positivos ¡Es posible entrar! además, por si esto no fuera poco, he de decirles que las fuerzas terrestres de Mobila ya se han sumado a las desembarcadas.
 
Aquellas palabras captaron una vez más el interés de los oficiales pero, como era de esperar, Calvo no se iba a dejar convencer.
 
Ceder en aquel instante sería para él una amarga derrota. Así pues, girándose con una sonrisa en el rostro, alzó la voz.
 
– Le daré un consejo señor Gálvez – se giró lentamente mientras abría los brazos- sea cuidadoso y precavido , la última vez que confió en sus cálculos y posibilidades estuvo a punto de hundirse.
 
Comenzó a reír.
 
Para Bernardo de Gálvez aquello fue demasiado…
 
Un ardor colérico estalló en su estómago mientras sentía como su corazón se desbocaba.
 
Había intentado por todos los medios posibles convencerle para que actuara, sin embargo, su enemistad pesaba más que su deber.
 
¡Aquel hombre preferiría antes ser engullido por la tempestad en mar abierto que ceder ante él!
 
¡Le daba exactamente igual las tropas desembarcadas, la misión y la victoria!
 
¡Sólo quería situarse por encima de él!
 
No podía aguantar ni un segundo más aquella humillación… Aquella insoportable inactividad… Aquella pérdida de tiempo…
 
¡No debía ni quería!
 
Tenía que darle una lección…
 
Así, con el rostro contraído por la furia, los ojos entornados y la frente alta, alzó la voz.
 
– ¡Bien, pues vos lo habéis querido así!
 
Su tono de voz había cambiado por completo mutando en una voz ronca surgida del fuego de sus entrañas.
 
– ¡El que tenga honor y valor que me siga!
 
Entonces, apretó los puños y dio un par de pasos al frente para, seguidamente, atravesar con la mirada a su opositor mientras asestaba, con coraje y determinación, su último y definitivo golpe.
 
-Yo iré delante con mi bergantín para quitar el miedo a los demás!
 
Tras pronunciar aquellas palabras le miró de arriba a abajo con desprecio, giró sobre sus talones y se marchó dando un portazo.
 
Lo que ocurrió a continuación es conocido por todos.
 
Bernardo de Gálvez, harto de discutir y de la inmovilidad, volvió abordo del Gálveztwon y ordenó a todas las naves, que estaban bajo su mando, levar anclas y mandar una salva de saludo a su armada. Seguidamente, ante la mirada de todos, desplegó la bandera, maniobró para coger viento y se dirigió a la bahía.
 
Tras él dos cañoneras y la balandra Valenzuela.
 
Las Barracas Coloradas abrieron fuego contra las embarcaciones, poniendo especial atención sobre el Gálveztwon.
 
Las balas silbaron a su alrededor con estrépito mientras cortaban jarcias y agujereaban las velas, sin embargo, no ocasionaron bajas.
 
Finalmente, con nuestro héroe firme e impasible sobre el castillo de proa, se accedió a la bahía de Pensacola.
 
Había nacido una leyenda… Un lema…
 
Yo solo.
 
El resto de la historia ya la conocen, tras el acto heroico de Gálvez, entraron en la bahía el resto de la armada, a excepción de el San Ramón de Calvo Irizábal, el cual, herido en el orgullo y con el prestigio perdido ante sus oficiales, abandonó el lugar rumbo a Cuba. Una vez allí, realizaría una queja formal ante su superior.
 
Mientras tanto, Pensacola caerá en manos Españolas, siendo éste acto fundamental para el devenir de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.
 
De hecho, fue tal su importancia, que en el año 2014 fue homenajeado por el senado estadounidense proporcionándole la ciudadanía honorífica y colgando un cuadro con su imagen en el Capitolio.
 
Desde Historias de un Instante mi especial homenaje al eterno héroe.
 
(Imagen de la escultura realizada por el magnífico maestro Salvador Amaya)
 
Autor: José Antonio López Medina

El Atentado de la Calle Mayor

– ¡Madre! ¡Ya vienen!

El pequeño, de tan sólo seis años de edad, tiraba de la falda de su madre visiblemente excitado.

– ¡Se acercan!

La madre, divirtiéndose ante el nerviosismo, la impaciencia y el entusiasmo mostrados por el pequeño, sonrió.

– Estate tranquilo y no me vuelvas a tirar de la falda ¡que me vas a desnudar!

El pequeño, haciendo oídos sordos al aviso de su madre, levantó la mirada mostrando una cara iluminada por la emoción de ver en persona al monarca y su joven esposa el día de su boda.

El pequeño no tenía palabras para expresar lo que sus ojos estaban vislumbrando.

A su alrededor, situados frente al restaurante Baliñas, una multitud alegre que no paraba de gritar a pleno pulmón al rey y la reina, efusivas felicitaciones y hermosos para bienes.

Sus caras transmitían felicidad e impaciencia por ver de cerca a la feliz pareja, la cual, se acercaba lentamente, saludando con gratitud y entusiasmo a todas las personas congregadas a ambos lados de la calle.

¡Todo era felicidad, sonrisas y alegría!

Nadie había querido perderse aquel momento especial. Prueba de ello es que, cada cual, dentro de lo que el apretado bolsillo le permitía, había vestido sus mejores ropas.

– ¡Ya llegan!

Incapaz de controlar su emoción ante el aviso de su llegada, el pequeño volvió a pegar, inconscientemente, un tirón de la falda a su madre.

Mientras tanto, la calesa real se aproximaba lentamente al cruce entre la calle Mayor y la abarrotada calle Bailén.

Paulatinamente, como si una ola empujada por el viento fuera llegando a la orilla, el clamor popular, los aplausos y las felicitaciones fueron aumentando los decibelios.

La madre, que sujetaba al emocionado pequeño por un hombro bajo la mirada para observar como su hijo disfrutaba de la esperada escena.

Éste, que apenas había dormido la noche anterior por culpa de la emoción y las expectativas creadas por la progenitora y sus amigos, era incapaz de quedarse quieto.

Desgañitándose como el que más, gritaba «felicidades majestades» al mismo tiempo que sus pequeñas manos aplaudían sin cesar.

Todo era una fiesta.

Una grandiosa y sublime celebración.

La madre, feliz por ver a su hijo en aquel estado de euforia y felicidad, sonrió mientras observaba a las sonrisas, los aplausos, los buenos deseos y los gestos de entusiasmo de las personas que tenían a su alrededor.

Pero entonces, algo la llamo la atención…

Asomado en el segundo balcón del último piso de un edificio que quedaba en el lado norte de la calle Mayor, portando un gran ramo de flores, se encontraba un hombre de rostro serio y pelo corto que debía rondar, aproximadamente, los veintiséis años.

Nada fuera de lo normal de no ser por su seriedad…

Aquella actitud fría, calculadora, apática y distante no encajaba en aquel lugar ni en aquel instante.

Fue entonces, cuando, sin saber porqué, movida por una extraña y descorazonadora sensación de peligro, la joven madre apretó contra sus piernas al pequeño.

No dio tiempo a más…

Todo se detuvo mientras el oscuro y frío personaje arrojaba aquel ramo al paso de la calesa real.

Éste comenzó a girar en el aire mientras caía, hasta que, caprichos o agria diversión del cruel destino, el ramo rebotó contra los cables del tranvía haciendo que no cayera sobre la calesa directamente, sino a un lado junto a la multitud…

¡BOOOOOOOOOOOOOM!

En cuestión de segundos, el caos…

Lo que antes eran risas, aplausos y buenos deseos se convirtieron, en un instante, en gritos desgarradores de dolor, pánico y desconcierto.

Los caballos de la calesa y los que montaban los guardias que custodiaban la comitiva, se descontrolados encabritándose mientras arrojaban a sus jinetes al suelo.

El desconcierto y el miedo era total mientras a un lado y otro de la calle la gente corría intentando huir del lugar, gritaba buscando a sus allegados o abrazaba entre inconsolables llantos y desgarradores lamentos, el cuerpo sin vida de sus familiares.

El pavimento se había teñido de sangre mientras un penetrante hedor a pólvora inundaba el lugar entremezclándose con el angustioso olor metálico de la sangre recién derramada.

¡Nadie sabía lo que había ocurrido ni como!

Excepto una joven madre, que herida de gravedad, se abrazada tendida en el suelo a su pequeño de seis años, el cual, espantado ante el repentino horror que acababa de presenciar, no paraba de temblar mientras lloraba desconsoladamente.

¡Escenas dantescas y desgarradoras de un acto cobarde y de una vileza insoportable e imperdonable!

Sin embargo, entre el desconcierto y las pavorosas escenas de dolor, se pensó en frío e intentó actuar con presteza para capturar al culpable.

Pero esto no fue posible…

El anarquista Mateo Morral, perpetrador del atentado, había huido camuflado entre la gente mientras se auxiliaba a los heridos y se comprobaba que Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia se encontraban ilesos.

Tras su huida, se dirigió a las oficinas del periódico el Motín, donde pidió ayuda para esconderse.

Esta fue prestada por José Nakens, quien le ayudó a esconderse a las afueras de la ciudad en el piso de un antimonárquico.

Al día siguiente, vestido con un traje de obrero para no llamar la atención, inició la fuga hacia la estación de tren de Torrejón de Ardoz.

Pero entonces, cometió un fallo.

Durante su camino decidió parar en una posada para tomar algo de comida. Fue entonces, cuando el posadero, extrañado por los buenos modales del cliente, inapropiados para la indumentaria que llevaba puesta, sospechó y decidió llamar a la Guardia Civil.

Los agentes se personaron rápidamente para detener al sospechoso e interrogarlo.

Éste no opuso resistencia alguna, sin embargo, tras caminar un par de pasos, Mateo Morral se giró repentinamente y sacando de improvisto una pistola, le descerrajó un tiro al agente. Seguidamente, sin apenas tiempo para que los presentes asimilaran lo que acababa de ocurrir, dirigió el arma contra su pecho y se quitó la vida.

Mateo Morral fue un mártir para todos aquellos con los que compartía causa.

Un año después del atentado se decidió realizar una estatua en reconocimiento a las víctimas. Dicho monumento se sufragó popularmente.

Más tarde, durante la Guerra Civil, la estatua fue destruida por los comunistas y los anarquistas, y la calle, pasó a llamarse Calle de Mateo Morral en homenaje al personaje.

Finalizada la guerra y con más tropas nacionales en Madrid, la calle recuperó sed nuevo su nombre original.

Posteriormente, se volvería a realizar un monumento a la altura del número 88 de la Calle Mayor (lugar donde ocurrió el atentado).

El balcón desde el que se lanzó la bomba está señalizado actualmente con una rama de palma.

Actualmente, dese 1963, cada 31 de mayo el personal del restaurante Casa Ciriaco, por aquel entonces restaurante Baliñas, realiza una ofrenda floral en el pequeño monumento como homenaje a los veintiocho muertos y cien heridos que produjo el atentado.

Quede en nuestra memoria el homenaje a las inocentes víctimas y nuestra repulsa y absoluta condena a todos aquellos actos terroristas sufridos durante nuestra historia.

¡El terror, el miedo y la barbarie jamás será justificable!

Autor: José Antonio López Medina

La Gran Carrera de la Misericordia

Se sentó a los pies de la cama de su hija mientras intentaba inútilmente contener las lágrimas.

Al mismo tiempo, el desgarrador e inconsolable llanto de su mujer inundaba la estancia contigua dejándose escuchar de manera hueca y amortiguada.

Ya habían muerto cinco niños y una niña…

En un principio, el doctor, pensó que se trataba de amigdalitis pero pronto cayó en su error. Lo que estaba haciendo enfermar a los pequeños era la bacteria de la difteria.

Necesitaban antitoxina diftérica para atajar el brote y salvar a los pequeños… pero había un terrible problema…

El implacable invierno del cercano Círculo Polar Ártico había engullido la ciudad de Nome.

El intenso frío de finales del mes de enero había congelado los puertos y los motores de los aviones haciendo imposible la llegada de la medicina.

Desesperados y atemorizados ante la previsión arrojada por el doctor sobre la dramática y espeluznante subida de la tasa de mortalidad infantil si no se conseguían las medicinas, se tomó una decisión arriesgada y temeraria.

Debían organizarse para ir a por las medicinas en trineos tirados por perros.

Los voluntarios no se hicieron esperar, así, se organizaron los relevos y las distancias a cubrir por los musher y sus perros.

Cuando todo estuvo preparado partieron hacia su misión, sin embargo, el tiempo pasaba y los niños seguían enfermando a un ritmo endiablado.

Las noticias eran confusas y el desánimo comenzó a hacer mella en los desolados padres, que impotentes, veían como sus hijos se abrasaban por la fiebre mientras la garganta se les inflamaba impidiéndoles respirar.

La determinación de los días anteriores había dado paso a la angustia, el miedo y la tristeza de observar cómo la vida de aquellos inocentes pequeños, se iba apagando.

En cada lamento…

En cada respiración…

Lentamente… en mutismo…

En la insoportable paz de una habitación silenciosa y cálida.

El llanto desgarrador de su mujer se fue ahogando lentamente hasta silenciarse. Aunque no la veía, sabía que el cansancio, la impotencia y el dolor le había vencido.

Llevaban días sin dormir turnándose para estar junto a su pequeña mientras rezaban e imploraban un milagro.

Pero éste no llegaba…

Se había perdido entre las gélidas ventiscas, la espesa niebla, la pesada nieve, el irrompible hielo y las bajas temperaturas.

¡El cruel y despiadado invierno había engullido la única esperanza que les quedaba!

No había nada que hacer salvo esperar a la muerte…

Una hora… y otra… y otra… hasta que la dificultosa respiración de la pequeña y la quietud sorda de la habitación comenzaron a mecer al padre de la pequeña hasta hacerle caer en un profundo sueño donde el dolor, la preocupación y la tristeza no existían… donde todo era silencio y sosiego… donde la calidez y la paz te abrazaban para mantenerte eternamente en su dulce letargo… donde ya nada importaba… nada… absolutamente… nada…

Tic

Tac

Tic

Tac

Tic

Tac

¡De repente un estruendo!

La puerta de la casa se ha abierto golpeando la estantería de madera que hay junto a ella. Los libros caen al suelo y un jarrón se hace trizas mientras la temperatura de la casa desciende bruscamente.

El padre, despierta sobresaltado sin saber que está ocurriendo al otro lado de la puerta.

Sin apenas tiempo para reaccionar, escucha gritar a su mujer, la cual, segundos después, comienza a llorar desconsoladamente.

Sorprendido y desconcertado, se incorpora y corre a abrir la puerta para ver que ha ocurrido.

Lo que contempla le hace flaquear…

De rodillas, abrazado a su mujer, la cual aprieta contra su pecho mientras llora enérgicamente de alegría, se encuentra el doctor.

Sus ojos están inundados por las lágrimas mientras repite en voz baja una y otra vez…

– Salvados…Es un milagro…Lo han conseguido… Gracia a Dios…Gracia a Dios…

En la madrugada del tres de febrero de 1925, el noruego Gunnar Kaasen, que había realizado el último tramo del viaje tras recibir el relevo, entraba en la ciudad de Nome con trescientas mil unidades de antitoxina diftérica, las cuales habían sobrevivido milagrosamente al viaje al ser guardadas dentro de un cilindro de acero. Con la entrada de la medicina se consiguió controlar la epidemia, la cual, fue completamente eliminada tras un segundo viaje que finalizaría el quince de febrero.

Pero hablemos de los héroes…

El trineo de Gunnar Kaasen era tirado por un perro en el que nadie confiaba y del que todos decían que era lento e incapaz de ser guía, pues era un cruce con Samoyedo.

Su nombre era Balto.

Como podéis imaginar, la hazaña saltó a la prensa norteamericana, la cual, bautizó como la Gran Carrera de la Misericordia.

Gunnar Kaasen y Balto recibieron la admiración total del público a pesar de haber sido los que menos distancia habían recorrido (apenas ochenta y siete kilómetros) sin embargo habían sido los últimos y de noche.

Este hecho hizo que musher y perro recibieran reconocimientos y admiración por todo el país mientras el resto de los héroes eran relegados a un segundo plano.

Así, deberíamos recordar a Wild Bill Shannon, Edgar Kalland o Seppala y su perro Togo, los cuales recorrieron una distancia mayor (322 km) que ningún otro para entregar el relevo a Gunnar Kaasen.

Togo, al igual que Balto, se le consideraba un perro incapaz de guiar un trineo por su carácter nervioso y disperso, sin embargo, realizó el mayor de los trayectos.

Pero volvamos al afamado Balto.

La gesta realizada hizo que Gunnar y Balto recorrieran el país, e incluso, El musher recibió ofertas para realizar películas junto a Balto.

Además, se les inmortalizó con estatuas en Central Park.

Pero la fama y la atención mediática terminaron por esfumarse…

Aquel circo mediático, criticado de Amundsen, finalizó para dar paso a un trágico final.

Balto fue vendido a un empresario que le encadenó para mostrarlo en un museo de cosas extrañas y extravagantes de Los Angeles.

Descubierto el escándalo y las penosas condiciones a los que había sido sometido, otro empresario se hizo cargo de él para trasladarlo a lo que actualmente es el zoo de Cleveland.

Balto moriría el catorce de marzo de 1933.

Su cuerpo, al igual que se haría con el de Togo, fallecido en 1929, sería disecado.

Años más tarde, en 1995, la productora fundada por Steven Spielberg, rescataría la figura de Balto para realizar una película de dibujos.

Mi homenaje a los héroes, reconocidos y olvidados, de dos piernas y de cuatro patas, que se enfrentaron con valor, resistencia y coraje, al fiero invierno polar para salvar las vidas de cientos de niños.

Sírvanos de ejemplo.

Autor: José Antonio López Medina

El Día que Goya Pintó a la Maja Desnuda.

Francisco quedó petrificado cuando, de soslayo, observó como el negligé de la duquesa se deslizaba suavemente por sus níveos hombros hasta caer sobre sus exuberantes caderas.

Seguidamente, sin apenas tiempo para asimilar lo que sus ojos estaban vislumbrando, contempló como la escultural mujer se ayudaba de sus delicadas manos y el contoneo embriagador de sus caderas para que la fina prenda cayera sobre sus pequeños y proporcionados pies.

Por último, finalizando la plasticidad absoluta de aquella impresionante escena, dio un fino y estilizado paso al frente para dejar atrás el camisón.

Un silencio atronador conquistó el estudio mientras al pintor se le secaba la boca y se le aceleraba el corazón.

Ante él… Sin nada que esconder… Sin nada que ocultar… Su musa… Dueña de sus desvelos y reina de sus oníricas fantasías… Inspiración incuestionable y vital de sus creaciones… Inocente y pícara al mismo tiempo… Prohibida… Sexual y… Pura… Absoluta y eterna… Sublime e incomparable… Única…

– ¿Empezamos?

Francisco, incapaz de articular palabra ante la sublime belleza de la duquesa, realizó un pequeño gesto para indicar el lugar que debía ocupar.

La duquesa observó el lugar señalado por el pintor dibujando una hermosa y divertida sonrisa mientras éste, extasiado ante aquel aluvión de deslumbrante belleza, se dirigía, sin pronunciar palabra, hacia el lugar donde había colocado, cuidadosamente, los carboncillos y pinceles, las paletas de colores, el caballete y el lienzo.

Una vez junto a sus herramientas de trabajo y creación, esperó, con el corazón galopante y la boca seca, a que la irresistible diosa de sus desvelos y de sus creaciones, se deslizara, poco a poco, sobre el canapé de terciopelo verde, el cual, estaba cubierto por una sabana y varios cojines de encaje.

– ¿Cómo debo colocarme?

Francisco carraspeó y tragó saliva antes de tomar la palabra.

– Recostada, mi señora…

Una sonrisa pícara e irresistible que hubiera derretido a cualquier mortal, se dibujó en su delicado rostro mientras su cuerpo se dejaba caer pausadamente sobre la parte izquierda de su cuerpo.

– ¿Así?

Francisco volvió a tragar saliva mientras comenzaba a sudar.

– Podría levantar…

La trémula frase fue interrumpida cuando la duquesa alzó los brazos para colocar sus manos detrás de su cabeza.

– Así…

Volvió a sonreír mientras se percataba del rubor incontrolado del artista al observar sus espléndidos y firmes pechos.

– Sí.

Incapaz de mantener sus ojos posados un segundo más sobre aquel cuerpo envidiado por la perfección, apartó la mirada mientras sentía como su pulso se aceleraba incontrolablemente hasta hacerle temblar.

Aquella sublime belleza le abrumaba y le atraía al tiempo que, hipnotizándolo, le atrapaba por el deseo irrefrenable de inmortalizarlo.

Debía controlarse…

Francisco de Goya y Lucientes cerró los ojos y tomó aire hasta llenar por completo sus pulmones. Seguidamente, exhaló lentamente hasta vaciarse.

Una vez… y otra…y otra…

Un silencio atronador le abrazo mientras sus manos dejaban de temblar, su corazón se sosegaba y sus músculos se relajaban.

Todo era quietud …

Paz …

El nerviosismo y el rubor desaparecieron…

Lentamente, sin prisas, preparó su alma y su ánimo para observar, sin condicionamientos ni emociones, en plena y abrumadora desnudez, a María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, duquesa De Alba.

Después, abrió los ojos…

Miró a la diosa detenidamente durante unos instantes y cogió un carboncillo…

– No se mueva, por favor.

Mucho se ha especulado sobre la identidad de la mujer que aparece en el célebre cuadro de Goya, la cual, debió ser contemporánea del maestro.

Esa libertad, me ha hecho elegir como protagonista del posado a la Duquesa de Alba, a la cual, la mayoría de historiadores apuntan. Otra versión habla de que la reflejada en el cuadro es Pepita Tudó, amante y posterior esposa de Manuel Godoy. E incluso, existe una tercera teoría que habla del cuerpo de la duquesa con la cabeza de Pepita.

La estrecha relación de Manuel Godoy con ambas mujeres de la época hace dudar, aún a día de hoy, a los expertos.

Fuera la Duquesa de Alba, mujer bellísima y atractiva, o la Tudó, amante del Principe de la Paz, Manuel Godoy adquirió ambos cuadros ( Maja desnuda y Maja Vestida).

Se cuenta que la Maja Vestida se colocaba sobre la Maja Desnuda, de manera que tras accionar un mecanismo se descubría.

En cuanto a la rocambolesca historia del cuadro, con la cual no les entretendré, comentar que fue confiscada por Fernando VII, secuestrada años después por la Inquisición por obscena y que estuvo fuera de la vista del público hasta el siglo XX.

Actualmente, se puede ver en el Museo Nacional del Prado.

Sirva este instante y este pequeño homenaje para que crezca en su interior la semilla de la curiosidad y se acerquen hasta El Museo Nacional del Prado a contemplarla.

No les defraudara.

Autor: José Antonio López Medina

Alejandro Malaspina en Prisión

Alejandro no conseguía sacudirse aquella terrible y angustiosa claustrofobia que, en momentos puntuales, saltaba sobre su ánimo como una fiera dispuesta a devorarle.

En ocasiones la hacía aparecer el dulce y melódico canto de un pajarito que, inocentemente, volaba hasta los barrotes de acero de su prisión para dedicarle su canturrear.

Otras veces, no era ningún ave, si no un simple y reluciente rayo de sol… las primeras gotas de una torrencial lluvia… o el silbido delicado de la brisa el que hacía que aquella fiera salvaje, de nombre agónico, se abalanzara sobre su espíritu para recordarle que no saldría de allí en diez largos e insoportables años…

Lentos…

Dolorosos…

Irrecuperables…

Y claustrofóbicos…

Pues para alguien que había protagonizado una expedición político-científica que había recorrido el mundo durante cinco años, aquel encierro era algo horrendo e insufrible gestado en la mente retorcida y vengativa de su oponente.

¡Él! ¡Qué había visto cientos de amaneceres y anocheceres de diferentes colores y brillos! ¡Qué había sentido la brisa marina, el calor de los bosques tropicales, las lluvias infinitas, el frío más intenso y el calor más sofocante! ¡Qué había vivido cientos de otoños, inviernos, primaveras y veranos distintos! ¡Qué había conocido a ciudadanos españoles de cientos de razas y múltiples dialectos! …Encerrado entre cuatro paredes… sólo… y olvidado…

Alejandro Malaspina lanzó la pluma a un lado mientras derramaba el tintero sobre el borrador de uno de los ensayos que había planificado escribir durante su encierro.

Entre angustiosos temblores y con la respiración agitada corrió hasta los barrotes de la ventana para observar el dulce y melancólico atardecer de aquella tarde del verano coruñés mientras en el interior de su cabeza maldecía el día que presentó su informe titulado «Viaje Político-Científico Alrededor del Mundo»… el día que se creyó por encima de todos… el día que pensó que merecía más reconocimiento… el día que conoció a los conspiradores y envidiosos que le convencieron para ponerse de su lado… para hacerle creer que podía derrocar a Manuel Godoy… al preferido…al astuto… al verdaderamente poderoso…

Apretando los puños mientras las amargas lágrimas corrían por sus mejillas, observó como el sol descendía lentamente… como el tiempo seguía caminando mientras él estaba detenido… congelado… ¡olvidado y humillado!… por todos… por todos…

Con la garganta seca y corazón rebotando en su pecho, su garganta y sus sienes, cayó de rodillas y se acurrucó mientras la pequeña prision caía en la penumbra.

En la oscuridad fría y terrible… del que se siente olvidado…

Ahora, si me permiten, en mi humilde opinión, el dolor que debió sufrir el afamado y caído en desgracia Alejandro Malaspina debió ser insoportable.

Imagínense haber recorridos todos los rincones del mundo durante años y de repente, por argucias del destino, ansias inflamadas de poder y decisiones erróneas, verse privados de esa libertad de movimiento.

Pero eso no es todo, pues imagínense alguien acostumbrado ha asistir a las grandes fiestas del momento para ser reconocido como un héroe y aventurero, y de repente, de olvidado.

El castigo por conspirar contra Manuel Godoy fue letal por parte de los jueces aquel 23 de abril de 1796.

Por suerte para nuestro protagonista de hoy, tras las presiones de Napoleón ejercidas a través de Francesco Melzi, consiguió la libertad en 1802 y fue enviado, o más Bien desterrado, a Italia.

Una vez allí, se asentó en Pontremoli (Génova) para involucrarse en la política local. Más tarde, en 1804 marcho a la República de Milán. En 1805 fue nombrado miembro del Consejo Napoleónico del Reino de Italia y en 1806 viajó a Florencia para ser admitido en la Sociedad Colombina.

Finalmente, en 1809, moriría de un infarto a la edad de cincuenta y cinco años en la ciudad genovesa de Pontremoli.

Autor: José Antonio López Medina

Salomón y la Reina de Saba

Era imposible ahogar la curiosidad y la impaciencia por conocerse físicamente, ya que, ambos reyes habían escuchado, de boca de sus emisarios, cientos de descripciones y habladurías sobre sus riquezas, palacios, gustos y rasgos físicos.

Por parte de los judíos, la reina del lejano y exótico reino de Saba poseía grandes palacios, pingües riquezas y un físico arrebatador con el que era capaz de conquistar el corazón de los hombres nada más verla, sin embargo, no eran pocos los que habían escuchado que la reina vestía siempre con trajes largos porque sus piernas no eran humanas, si no, dos grandes patas de cabra. Pero no sólo eso, ya que algunos, desmintiendo a sus predecesores, afirmaban que las patas no eran de cabra, si no de oca.

Mientras tanto, por parte de los sabeos, exaltaban que el rey Salomón fuera un líder justo, que no poseía grandes riquezas pero si una inabarcable sabiduría comparable a los dioses.

Ésto último, era lo que realmente había atraído a la exótica reina hasta él reino de Israel. Quería comprobar personalmente si era cierto lo que se contaba, así pues, trayendo especias, oro y piedras preciosas, se presentó reclamando un encuentro con el rey.

Por supuesto, éste acepto, pero antes de charlar o caer rendido a sus pies por la embriagadora y arrebatadora belleza que todos sus emisarios describían, necesitaba saber si realmente tenía pies de cabra o de oca.

Para ello ideó un plan…

Una estratagema que estaba a punto de dar su fruto…

Entre la tenue y tintineante luz de las antorchas que iluminaban el pasillo, avanzaba, con paso lento, sexual e hipnótico la bellísima reina de Saba.

Sus caderas se bamboleaban lentamente con cada paso contoneando su serpenteante cuerpo mientras la delicadeza de su vestido de seda blanco con bordados de oro y plata, acariciaba su tersa piel de ébano.

Su cabello rizado caía sobre sus hombros oscilando con suavidad y elegancia en cada paso.

Aquel sedoso cabello del color de la noche, embellecía los contornos de sus gruesos y apetecibles labios, los cuales, bajo una pequeña y achatada nariz, relucían como la fruta prohibida que llevó a Adan a pecar.

Por último…firme, pícara, segura e irresistible… su mirada… unos ojos pequeños y oscuros capaces de anular la voluntad de cualquier mortal…

El rey Salomón, incapaz de resistirse al hechizo de aquel ciclón de belleza y sexualidad, se removió en su asiento, trago saliva y comenzó a sudar mientras esperaba a que la hermosa mujer llegara al lugar donde su plan debía acometerse… donde su ingenio debía mostrarle la verdad…

Necesitaba conocer si lo que se contaba era cierto o eran inventos de envidiosos para desprestigiar la exuberante belleza.

Así pues, atrapado por la quietud, la curiosidad y la impaciencia, espero y espero…

La reina avanzaba con lentitud…

Acariciando el suelo…

Cautivando todo a su paso para rendirlo a su belleza…

Pero de repente, justo cuando iba a entrar a la amplia e iluminada estancia donde se encontraba el rey israelita, algo la detuvo…

Todo quedó petrificado…

Delante de ella, deteniendo su lento, sexual y seguro caminar, se encontraba un charco de agua, el cual, se había producido al hundirse levemente varias baldosas.

Un silencio atronador lo envolvió todo durante varios minutos.

El rey Salomón miró a los ojos a la reina y ésta le mantuvo la mirada sin titubear hasta que, finalmente, tras unos instantes interminables, la hermosa mujer de ébano sonrió…

La reina de Saba se acababa de percatar que estaba ante el hombre más sabio que jamás hubiera conocido.

Sin borrar la dulce, simpática y entusiasmada sonrisa de su rostro, agarró su delicado y fino vestido con sus pequeñas y tersas manos, y lo alzó…

Al hacerlo mostró unas hermosas piernas de piel tersa y brillante que eran rematadas por dos pequeños pies, proporcionados y bellos, los cuales relucían al sumergirse en el charco de agua.

Fue entonces cuando el rey Salomón sonrió…

Ante él… ya con plena certeza…

La mujer más hermosa del mundo…

Tras aquel encuentro llegaron muchos otros… noches donde el amor detuvo el tiempo… noches de caricias, besos y éxtasis, que fueron bendecidos con el nacimiento de Menelik, el cual, años después, visitaría a su padre para conocerlo y pedirle sabios que llevar a su reino.

Su padre no solo se los concedió, si no que además, le fabricó una copia del Arca de la Alianza, sin embargo, éste no se conformaba, así que , ideó un plan para intercambiarla por la original y robarla.

Se cuenta que Menelik, ya convertido en Menelik I al ser rey, se llevó el verdadero arca a Etiopía, concretamente a la ciudad de Axum, donde a día de hoy permanecería oculta en la Iglesia de Santa María de Sión.

¿Pero realmente existió el reino y la reina de Saba?

Según las últimas excavaciones arqueológicas en Yemen, se podría afirmar que sí, casi con total seguridad.

En cuanto a la existencia de la reina, tenemos como fuentes el Antiguo Testamento de la Biblia, el Corán y el libro sagrado de la Iglesia ortodoxa etíope, llamado Kebra Negast.

En ninguna de estas tres fuentes se cita el nombre real de la reina.

Por último, reseñar el pecado de Hollywood a la hora de representar a la reina de Saba, ya que siempre se la ha representado con rasgos europeos. Además, el papel ha sido representado por actrices blancas que, aunque realizan grandes interpretaciones, se alejan de verdadera imagen histórica.

Por cierto, en cuanto el arca, puede consultar la historia del fotógrafo Giuseppe Claudio Infranca… pero eso es otra historia…

Autor: José Antonio López Medina

Los Mártires de Córdoba

Cuando se dio cuenta le habían cortado el paso rodeándole desde diferentes ángulos.

No tenía escapatoria…

– ¡Cristiano!

Perfecto, que así se llamaba, natural de Córdoba y de padres temerosos de la fé de Cristo, observó el rostro de los hombres que requerían su atención de manera iracunda y sarcástica.

Frente a él, llevando la voz cantante, se encontraba un hombre de anchos hombros y barba espesa de color negro como el carbón. Sus ojos pardos, de mirada penetrante y severa, le escudriñaban de arriba abajo con despareció mientras le atravesaban el alma. Al mismo tiempo que, con sorna y despreció, se le dirigía.

A su lado izquierdo y derecho, se encontraban dos hombres de constitución parecida, bello facial negro como la noche sin luna, y sonrisa burlona, los cuales, apoyaban todo lo que su líder fuera ha hacer o decir.

Por último, tras él, sin posibilidad de describirlos con exactitud, ya que no se atrevía a girarse, se encontraban otros tres hombres más, a los cuales, escuchaba respirar y reír.

– ¿Qué se os ofrece?

Contestó en perfecto árabe mientras los malintencionados hombres contenían sus risas.

El líder, que había trazado un plan sibilino para hacer caer en una trampa al infeliz cristiano, tomó la palabra.

– ¿Podrías decirme quien es Cristo y quien es Mahoma? – Sonrió ampliamente mientras lanzaba su enmarañada trampa – ¿Podrías describirnos a cada cual?

Perfecto, que se había dado cuenta de la encerrona que estaban intentando hacerle, pensó la respuesta durante unos segundos antes de responder.

– Jesucristo es nuestro Señor – Dijo pausadamente saboreando cada palabra- Sus seguidores se encuentran en la verdad y alcanzarán la salvación, ya que, la ley de Cristo es la misma que la del cielo, la cual nos es entregada por Dios.

Tras aquellas palabras, Perfecto alzó el rostro para mirar directamente, con determinación y valentía, a los ojos del hombre que le interrogaba.

– En cuanto a lo que los católicos piensan de vuestro profeta, no me atrevo a exponerlo, ya que no dudo que con ello os molestaréis y descargaréis sobre mí vuestro furor.

Aquellas palabras pronunciadas con calma y seguridad, y la actitud con la que se habían pronunciado, enfurecieron al líder de aquellos malintencionados hombres.

¡Aquel perro cristiano les estaba dando largas!

Así que, iracundo, alzó la mano derecha y clavó el dedo índice en el pecho de Perfecto mientras le decía:

– ¡No nos has respondido! ¡Dinos quien es Mahoma! – entonces acercó el rostro al de Perfecto mientras alargaba la frase-¡Descríbelo perro cristiano!

Fue entonces cuando Perfecto, sin apartar la mirada, frunció el ceño, apretó los puños y con furia y despreció dijo…

– Si insistís, os lo diré… – Su voz, calmada hasta entonces, se volvió áspera y grave mientras sus ojos y sus mejillas se enrojecían- ¡Mahoma es un falso profeta! ¡Hombre del demonio! ¡Hechicero! ¡Adulteró! ¡Embaucador! ¡Maldito de Dios! ¡Instrumento de Satanás venido del infierno para ruina y condenación de las gentes!

Los hombres que lo rodeaban y su líder dieron un paso atrás… todo a su alrededor quedó en silencio… petrificado… hasta que una mujer que escuchaba la conversación gritó mientras comenzaba a llorar…

– ¡Muerte! ¡Muerte!

En cuestión de segundos los hombres reaccionaron y cayeron sobre Perfecto para propinarle puñetazos y patadas.

¡Había que acabar con aquel Cristiano!

Enfurecidos, mientras una multitud se desgarraba las ropas y gritaba muerte, fue conducido hasta el Cadí, el cual, lo encarceló.

Días después, más concretamente el 18 de abril del año 850, fue degollado en el que sería llamado más tarde el Campo de la Verdad, por profesar odio a la fé verdadera.

Aquel castigo ejemplar no dio el resultado esperado, ya que la acción de Perfecto, o San Perfecto, como se le conocería tiempo después, movilizó y envalentonó, indirectamente, a los cristianos para que se convirtieran en mártires.

No tenían armas para enfrentarse a los musulmanes, pero si contaban con su fé.

Tras él muchos otros se presentaron, por propia voluntad, para convertirse en mártires entre los años 850 y 859.

Todas aquellas ejecuciones ( un total de cuarenta y ocho) son recogidas en una única obra de tres tomos escritos por Eulogio de Córdoba, el cual, sería uno de los últimos ajusticiados.

De esta manera nos llegan nombres como el de Abundio, párroco arrestado por difamar a Mahoma en el año 851. Fue ejecutado y su cuerpo lanzado a los perros…. el de Columba, decapitada por difamar a Mahoma en el año 852, al igual que les ocurriría a Jeremias y Emilas… el de Digna y Anastasio, monja y diácono de la iglesia de Acisclo, ejecutados en 853… el de Benilde, eligió el martirio al día siguiente a que ejecutaran a Anastasio… fue quemada viva y sus cenizas arrojadas al Guadalquivir…el nombre de Fandila, que tras desafiar a las autoridades y defender su fé, fue degollado en el año 853… el nombre de Álvaro, escritor mozárabe ejecutado por defender la fé cristiana…el de Amador,Pedro y Ludovico, ejecutados en 855 por blasfemia…el de Felix, beréber de Alcalá de Henares que se desplazó en busca dé martirio… el nombre de Argimiro, que era censor del emir Mohamed I, al cual, se le dio la posibilidad de retractarse de su fé cristiana y abrazar el islam… fue ejecutado en 856… nombres y nombres como el de Áurea, ejecutada tras ser denunciada por sus familiares…Flora y María… Jorge, Aurelio, Natalia, Felix y Liliosa…Gumersindo y Servuodeo… Isaac… Laura… Leocricia… Leovigildo… Cristóforo…Nunilo, Alodia, Pablo de San Zoilo… Pedro, Walabonso, Sabiniano, Wistremundo, Habencio y Jeremias, que se colocaron delante del juez para decirle: «dicta sentencia e imagina tormentos. Echa mano de tus verdugos para vengar a tu profeta. Aquí nos tienes» … Pomposa, Rodrigo, Salomón, Rogelio, Servodeo, Sancho, Sandila, Sisenando, Teodomiro, Witesindo… Eulogio…

Todos mártires… defensores de una manera de ver y entender la vida…

Los restos de veintiocho de ellos se conservan hoy en día, en el interior de un arca de plata, en la basílica menor de San Pedro en Córdoba.

Los restos de San Eulogio, cronista de aquellos sucesos, fueron trasladados a la catedral de Oviedo.

Por último, para aclarar y evitar daños morales(hecho que está muy lejos de mi objetivo, pues como escritor pretendo que el lector viaje en el tiempo) la contestación que da Perfecto sobre Mahoma está extraída de los textos de San Eulogio. No es invención ni creación del autor.

Autor: José Antonio López Medina

El Gran Capitán en la Batalla de Ceriñola

Sólo los grandes hombres engendrados por la valentía y el destino, saben reconocer cual es el momento determinante… el instante decisivo…el que debe desequilibrar la balanza de la victoria y el acierto de sus decisiones a su favor…

Haciendo frente, sin miedo ni temor, a una intensa ráfaga de plomo mientras el suelo retumbaba y vibraba cómo si se fuera a hundir bajo sus pies, se alzó por encima de sus hombres sobre el foso y los parapetos que la noche antes había cuidadosamente construido en la colina, y quitándose el yelmo con despareció grito a pleno pulmón.

– ¡Los que dirigen un ejército en un día cómo hoy jamás deberían ocultar su rostro!

Aquellas palabras cargadas de coraje, pronunciadas entre el mortífero plomo enemigo, hicieron que los arcabuceros españoles se armaran de valor para hacer frente a la inevitable colisión de la caballería pesada, que a galope, confiada y decidida al percatarse de que Gonzalo había decidido colocar a los arcabuceros delante de su infantería, cargaba contra los españoles sin temor ni duda.

El estruendo era ensordecedor… miles de caballos, cargados con cientos de kilos de metal y jinetes altamente preparados, se aproximaban para aplastarlos… todo temblaba… todo hacia presagiar un final horrible para los españoles…

La distancia se iba estrechando a una velocidad endiablada mientras un temerario Gonzalo, sin yelmo ni temor, observaba la marea de acero y músculo que se le venía encima.

Al mismo tiempo, sus hombres, envalentonados ante la actitud de su general ,se contagiaban de su determinación y su confianza mientras colocaban, con precisión y presteza, el tubo en vertical para introducir en el cañón del arcabuz la pólvora y la bala. Seguidamente, sólo habría que apuntar y acercar la mecha al oído del arma.

Pero para eso habría que esperar a que Gonzalo diera la orden…

Treinta y cinco metros…

Un estruendo ensordecedor lo envolvía todo.

Veinticuatro metros…

El cortante y pesado sonido metálico de sus armaduras campaneaba a cada paso…

Veinte metros…

La respiración endiablada y ciega de cientos de animales arrojados hacia la muerte se podía sentir…

Diecisiete metros…

¡Apuntad!

Quince metros…

¡Fuego!

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

El humo cubre las líneas españolas mientras cientos de chasquidos proyectan sus bolas de metal sobre la pesada caballería francesa.

La mortal ráfaga hace que los animales relinchen y caigan lanzando y aplastando a sus jinetes, los cuales, si no han sido ya atravesados de lado a lado por las balas, son horrorosamente eliminados bajo sus pezuñas.

El caos es total…

Pero no hay tiempo para pensar…

La segunda línea española hace fuego.

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

Y tras ésta, la tercera…

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

Los alaridos de muerte y dolor recorren el campo de batalla mientras las balas atraviesan sin compasión ni tregua sus cuerpos, los caballos agonizan, patalean y aplastan todo a su paso sin sentido ni dirección buscando un lugar por donde escapar de aquel infierno.

Pero los arcabuceros españoles no otorgan respiro.

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

En cuestión de minutos, los caballeros franceses, corren despavoridos para salvar sus vidas… pero el plomo lo arrasa todo… y los franceses siguen cayendo…

Tan sólo unos pocos, aún montados sobre sus caballos, intentan rodear los parapetos españoles con el fin de poder atacar y enmascarar aquella vergüenza.

Pero aquel movimiento desesperado y orgulloso, sólo produce que las bajas francesas aumenten en número a una velocidad endiablada.

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

Una y otra vez…

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

Sin respiro ni tregua…

¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!¡BAM!

Gonzalo, que ahora más que nunca sabe que todo sopla a su favor, ordena que su infantería cargue sobre el enemigo.

Éste, como respuesta, hace lo propio… pero ya es tarde… su general, el único que hubiera podido levantar el ánimo de sus compatriotas, yace tendido sin vida sobre el campo de batalla con el torso atravesado por el plomo español…

Todo parece perdido para los franceses, pero aún así, sabedores que todavía posen superioridad numérica, cargan al encuentro de la infantería española.

El choque es brutal…

Los gritos de dolor, los improperios, maldiciones y alaridos de terror, sufrimiento y inerte lo invaden todo mientras las piezas de artillería de uno y otro bando descargan sus pesados proyectiles sobre el enemigo.

Un intenso olor metálico a sangre se entremezcla con la acidez del sudor y la pesadez del aroma húmedo de la tierra mojada y el barro.

Las picas atraviesan los vientres… las espadas mutilan y quiebran los huesos y la carne… los cuchillos se hunden en las entrañas y la calidez de la sangre embriaga a los contendientes…

Todo está detenido… nadie gana… todos aúllan de dolor…

Solo falta dar el ultimo empujón…

Pero entonces…

¡BOOOOOOOOOOOOM!¡BOOOOOOOOOOOOM!¡BOOOOOOOOOOOOM!

La mitad de la artillería española salta por los aires al ser alcanzado un barril de pólvora por el enemigo.

Los hombres, en posturas grotescas, desmembrados y arropados por el fuego, son proyectados por doquier.

Gonzalo cae al suelo empujado por la onda expansiva al igual que tantos otros soldados.

Los oídos le pitan y un escalofrío recorre su espalda, pues sabe que aquel inesperado suceso puede hacer que la moral de sus hombres se marchite y desaparezca.

Necesita urgentemente hacer algo…

¿Pero qué…?

Sus hombres se miran desconcertados mientras los franceses dan gracias al cielo por aquel repentino golpe de fortuna.

Pero entonces, una vez más, determinante y oportuno, se incorpora, y en el instante donde la victoria y la derrota se definen, grita a pleno pulmón.

– ¡Ánimo!

Abre los brazos…

– ¡Estas son las luminarias de la victoria!

Y sonríe…

– ¡En campo fortificado no necesitamos cañones!

Tras aquellas palabras los soldados españoles, miran a sus enemigos a los ojos, aprietan las mandíbulas, ciñen el entrecejo y se aferran con fuerza a sus armas.

Sus enemigos tragan saliva… saben que sólo les quedan dos opciones… morir o huir…

Minutos después la espantada es mayúscula…

Aquel decisivo veintiocho de abril de 1503, en el italiano campo de batalla de Ceriñola, bajo las botas de Gonzalo Fernández de Cordoba, yacen sin vida cuatro mil franceses.

Tan sólo cien españoles han perdido la vida.

Tras aquella determinante batalla, y como consecuencia de ella,Nápoles seguirá siendo española durante doscientos años.

Pero no sólo eso, ya que desde entonces la manera de hacer la guerra cambiará para siempre.

Que más decir del Gran Capitán que no se haya dicho ya por unos y otros… que más contar del gran Gonzalo Fernández de Cordoba… Héroe eterno de nuestra gloriosa y olvidada historia…

Sirva este relato para recordarlo.

Autor: José Antonio López Medina

La Defensa de Orzolengho de 1746

El parlamentario austríaco deslizó, de arriba abajo, con la lentitud y arrogancia de quien se sabe en una situación más que satisfactoria, su soberbia mirada sobre el sucio y maltratado uniforme del oficial español.

Mientras tanto, el comandante Don Miguel Altuve, al mando del II Batallón de Asturias número 31 destacado para defender el monasterio de la Casa de los Padres de San Sixto en Orzolengho, a siete millas de Piacenza, esperaba pacientemente, sin moverse ni pestañear, a que éste tomara la palabra.

Tras varios minutos de silencio y análisis, el austriaco dejó de mover los ojos para clavar su afilada y penetrante mirada en las pupilas de Don Miguel.

– ¿Comandante…?

Levantó el brazo derecho mientras abría la mano con la palma hacia arriba invitado a su homólogo a presentarse.

– Comandante Miguel Altuve.

El parlamentario austríaco sonrió.

– Don Miguel Altuve, es un placer y un honor saludarle y ponerle rostro.

Con semblante serio, el oficial español correspondió al cumplido.

– El placer es mutuo.

Un silencio y una quietud ensordecedora se instalaron entre ellos durante unos segundos hasta que el parlamentario austriaco volvió a tomar, una vez más, la iniciativa.

– He de felicitaros por vuestra determinación y vuestro eficaz mando. Sus hombres están ofreciendo una magnífica y honrosa resistencia pero…

El austriaco levantó el puño y alargó su dedo índice para señalar directamente al comandante mientras apartaba la mirada y comenzaba a caminar hacia un lado y el otro recreándose en cada paso con altivez y confianza.

– Estoy seguro que es consciente de que esa moral y esa orgullosa oposición no puede durar eternamente. Por esa cuestión, vengo a hacerle reflexionar y entrar en razón.

Tras aquellas reflexivas y dulces palabras, pronunciadas como si un padre hablara a su hijo, el emisario detuvo sus pasos.

Bajo el brazo y alzó el rostro…

Su mirada había cambiado por completo…

Sus ojos se habían vuelto oscuros y su expresión fría como la muerte. Fue entonces cuando su tono de voz, suave y pausado, tornó a grave y firme.

– Ríndase, no tiene opción alguna de victoria. Deje de ser tan inútilmente obstinado y obtuso – el emisario austriaco apretó sus puños y tensó los músculos de su cuerpo mientras su voz se hacía cada vez más grave y dura- Si no lo hace le juro que la totalidad de sus hombres serán pasados a cuchillo.

Aquellas amenazantes, frías, pausadas y hondas palabras, arrastradas con cólera y furia, hubieran hecho temblar a cualquier mortal pero Don Miguel, que se había mantenido inexpresivo hasta entonces, no pudo contener el impulso de dibujar una simpática sonrisa en su rostro.

Seguidamente, sin alterarse ni encogerse, contestó a la contundente intimidación…

– Está tropa no se impresiona ante semejante amenaza.

Volvió a sonreír mientras se ajustaba su polvorienta casaca blanca de vuelta azul.

– Para que éste batallón acepte esa propuesta debe ser llevado al extremo con muchas más piezas de a veinticuatro y con muchos más hombres.

Pero Don Miguel no había terminado de disfrutar con la cara de incredulidad del parlamentario austriaco, por lo que añadió…

– Ahora, corra a su campamento y dígaselo a su superior, ya que nos está haciendo perder el tiempo.

Tras aquellas palabras, realizó una pequeña reverencia y se marchó hacia las ruinas del castigado monasterio donde le esperaban sus quinientos hombres.

El parlamentario austriaco, petrificado e incapaz de contestar ante semejante y lacónica respuesta, hizo lo propio mientras la estupefacción y el desconcierto se hacían dueños de su mente.

Al llegar al campamento y contar lo sucedido, el general austriaco entró en cólera y durante las siguientes cinco horas arrojó a sus hombres sobre los muros del monasterio. Pero los españoles, Bien pertrechados y decididos, les causaron cientos de bajas.

Así pues,al día siguiente, enfurecidos y dolidos en su orgullo, los austríacos volvieron a la carga aumentando el número de piezas de artillería de tres a doce. A estos cañones se les sumó, además, tres morteros y seis mil hombres.

Pero ya se sabe…

Los austriacos hicieron caer sobre el monasterio una lluvia incesante de proyectiles mientras los hombres intentaban el asalto.

Los muros cedieron hasta convertir la Casa de San Sixto en un puñado de escombros.

Pero el monasterio no caía…

La obstinada y firme defensa se prolongó en el tiempo con la esperanza de ser socorridos, pero finalmente, tras percatarse que las tropas que tenían que ayudarles no son capaces de romper el cerco imperial, Don Miguel Altuve decide pactar una honrosa capitulación.

En ella consigue que el general enemigo le permita salir del monasterio en libertad portando sus armas y su munición.

Historias e instantes olvidados…

Historias e instantes que rescatar…

Historias e instantes de los que sentirse orgulloso…

¡Gloria y honor para el II Batallón de Asturias N*31!

Autor: José Antonio López Medina

Eloy Gonzalo, Héroe de Cascorro

– ¿Está seguro de lo que dice?

– Si, mi capitán. Soy inclusero y no dejo a nadie que me llore o me precise.

El capitán Neila se recostó sobre el respaldo al mismo tiempo que exhalaba en suspiro, mientras que, en su mente repasaba la desesperada situación en la que sus mermados hombres se encontraban desde el pasado día veintidós.

Desde aquel día de septiembre de 1896, los ciento cincuenta hombres capitaneados por Neila habían quedado sitiados en el puesto de Cascorro junto a la cercana Puerto Príncipe sin posibilidad de rescate. Una y otra vez, durante cuatro intensos días, la artillería enemiga castigaba el puesto, sólo pausando su castigo para lanzar llamamientos a la rendición.

Como era de esperar por parte de todo buen español, el capitán, una y otra vez desoyó tales propuestas mientras arengaba a sus soldados a una resistencia heroica hasta el fin.

La falta de respuesta por parte de los españoles propicio que los cañoneos y los tiroteos se intensificaran hasta el punto de mermar, considerablemente, las fuerzas españolas.

Según parecía, el final estaba cerca…

Pero entonces, el día veintiséis de septiembre un escuálido muchacho, sucio y desgastado por el combate, de denso bigote y facciones remarcadas, se presentó ante el capitán como voluntario para realizar una locura… una hazaña…

¿Qué hacer?

¿Disuadirle de tal acto?

Un hombre más en aquella circunstancia era vital. No podía permitirse el lujo de perderlo por un arrebato de valentía… o en cambio, debía permitir que aquel joven lo intentara… dentro de poco no tendrían nada que perder…tal vez aquel joven y su determinación fueran su única esperanza de salir de allí con vida…

– Sabe que…

– Si. Sé que podría morir en el intento, por esa razón, le solicito llevar atado al pecho una cuerda. En el caso de caer herido o que la muerte me lleve, recuperen el cuerpo. No me gustaría pudrirme en campo de nadie o ser juguete de estos salvajes.

Neila mantuvo la mirada fija en los temerarios ojos de aquel joven pálido y delgado…

El silencio, sólo roto por los continuos estallidos de los proyectiles que irregularmente caían sobre su posición, se prolongo durante unos instantes, hasta que el fin, el capitán decidió ceder… algo le decía que debía intentarlo… que era su única oportunidad… las situaciones desesperadas necesitan acciones imposibles…

– Está bien… Que necesita…

– Necesitare un Mauser y una lata de petróleo, además de la cuerda que le dije.

– Lo tendrá todo inmediatamente.

El joven asintió y, tras saludar, se giró para salir por la puerta, pero antes de hacerlo, el capitán Neila volvió a llamar su atención.

– Muchacho…

– Sí, mi capitán.

Un silencio tenso se instaló durante unos segundos entre ambos.

Tal vez fuera la ultima vez que se vieran.

– Tenga cuidado.

Una vez más, sin mediar palabra, el determinado joven asintió sin pronunciar palabra.

Minutos después, Eloy Gonzalo, que así se llamaba el muchacho, embadurnaba su cuerpo, de pies a cabeza, de frío y húmedo barro para seguidamente, cargar bajo el brazo la lata de gasolina y a la espalda su Mauser.

Eloy debía convertirse en una oscura y escurridiza sombra si quería salir de aquel trance con vida…

Seguidamente, cogió la cuerda que había solicitado y la anudó a su pecho. Cuando hubo terminado, se acercó a uno de sus compañeros y le entregó la misma sin pronunciar palabra alguna.

Todos sabían lo que Eloy había solicitado que se hiciera si caía…

A continuación, con paso firme y decidido, se dirigió hacia el barrizal que separaba a los asediados de los asaltantes.

Antes de sumergirse en la oscuridad de aquella noche para recorrer los trescientos metros que le separaban del preciado arsenal enemigo, se detuvo en el umbral y miró a sus asediados y entumecidos compañeros.

Estos le mantuvieron la mirada agazapados entre los parapetos que los mantenían con vida, mientras cabizbajos y derrotados, observaban al que podía salvarlos…

Todos sabían que la locura y la determinación de Eloy Gonzalo era su última oportunidad…

Su ultimo hilo de esperanza…

Sin escuchar palabra de despedida o de ánimo por parte de los presentes, Eloy Gonzalo se sumergió en la infinita, húmeda y pegajosa oscuridad hundiéndose en el lodazal.

La bajada de temperatura fue tremenda y, aunque el barro le aislaba y le hacia mantener el calor, la humedad le hacía temblar mientras se repetía una y otra vez en su mente…

Soy una sombra…

Una sombra…

Una sombra…

Las balas silbaban por encima de él…  los proyectiles de artillería zumbaban y hacían temblar el suelo al estallar… pero él seguía adelante… arrastrándose… sumergido en el barro y los charcos… atenazado por el frío… la humedad… y la incertidumbre de saber si volvería a ver el sol…

Una sombra…

Una sombra…

Palmo a palmo… metro a metro…

Una sombra…

Una sombra…

La boca le sabia a tierra y la nariz se le había taponado… las fuerzas flaqueaban y el barro le dificultaba cada lento y preciso movimiento para parecer una sombra… una oscura e inanimada sombra… hasta alcanzar su objetivo…

Una sombra…

Una sombra…

Los disparos efectuados por el enemigo fueron aumentando su volumen… ya estaba cerca… las piezas de artillería hacían que en sus oídos se instalase un pitido ensordecedor… pero nada le detenía…

Nada podía hacerlo porque Eloy Gonzalo se había convertido en una sombra…

Una sombra que pasaría a la historia…

Tras varias horas de lento y paciente aproximación, Eloy Gonzalo, consiguió llegar junto al arsenal. Una vez allí, ocultándose entre las sombras, vertió la gasolina, para minutos después, hacerlo estallar.

La bestial e inesperada deflagración hizo cundir el pánico y el desconcierto entre los atacantes, los cuales, tras escuchar los gritos de jubilo de los españoles tuvieron que intentar defenderse de un violento contrataque por parte de los hombres del capitán Neila.

Dos días después, aquellos valerosos hombres y su capitán serán rescatados por la columna del general Jiménez Castellanos.

¿Pero que fue de Eloy Gonzalo?

Este muchacho, huérfano y de infancia mas que complicada que había marchado a la guerra para evitar la prisión, saldrá vivo de aquella acción heroica, así que, tiempo después se le concederá la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo.

Por desgracia, un año después, el 18 de junio de 1897 moriría presa de las fiebres en el Hospital Militar de Matanzas.

Ningún enemigo pudo con él.

Ese mismo año, como homenaje, se le dedicaría una calle en Madrid. Pero no sería hasta 1902 cuando el rey Alfonso XIII inauguraría una estatua en el rastro de Madrid. Aunque en 1913 la plaza fue bautizada como La Colina del Rastro con el nombre del presidente de la Republica Nicolás Salmerón, lo cierto es que el pueblo madrileño siempre la conoció como la plaza de Cascorro, identificando, en su ignorancia, el soldado de la escultura con la batalla en la que participo.

Así pues, como homenaje a dicho héroe, el cual, da nombre a la plaza por tradición y desconocimiento de su heroicidad, sirva desde aquí mi humilde homenaje.

Autor: José Antonio López Medina

 

Schliemann y Troya

La puerta de la vieja librería se abrió lentamente.

En su lento y chirriante recorrido golpeó la pequeña campanilla colocada sobre el marco de la puerta para avisar al librero.

Éste, que estaba sumergido en una apasionante lectura, levantó la cabeza para observar al cliente desde la parte posterior de su mostrador mientras era golpeado por la ráfaga de gélido viento que había penetrado en la vetusta librería.

– ¿Le puedo ayudar?

El cliente, encorvado y compungido por el frío, vestía un abrigo grueso de humilde calidad y un gorro de lana y piel de borrego.

Su rostro, enrojecido por el viento y el temblor de su mentón detonaban las gélidas temperaturas invernales que estaban acaeciendo aquellas navidades de 1829.

– Creo que sí…

Frotando sus manos mientras la puerta terminaba de cerrarse tras él, se aproximó al mostrador.

– Usted dirá.

Ernst, humilde pastor protestante residente el el Neubukow, al cual, le costaba Dios y ayuda salir adelante con lo poco que ganaba, le gustaba contar todas las noches antes de dormir a su hijo antiguos mitos e historias sobre la Grecia clásica, por esa razón, tenía muy claro lo que andaba buscando.

– Desearía adquirir la Ilíada.

– Bien – el librero se colocó sobre la nariz una abultadas gafas- Un segundo – Salió del mostrador para dirigirse hacia una escalera de madera de varios peldaños. Seguidamente, alzándola, cruzó un par de pasillos y la apoyó sobre una pesada y robusta estantería color casona- Miraré si lo tengo.

Durante varios minutos, el librero extrajo, giró y apartó varios libros de pastas adornadas con ribetes artesanales mientras Ernst le observaba detenidamente.

Finalmente, tras buscar con ahínco, se dirigió al humilde pastor.

– Lo siento, pero no va a ser posible… No lo tengo.

Pero Ernst no se dio por vencido.

Su hijo se había enamorado de las historias y mitos que le contaba sobre la guerra de Troya y el viaje de Ulises. Por esa razón, era más que necesario encontrar los textos de Homero.

No habría regalo más apropiado para aquellas navidades que un libro relacionado con la Grecia homérica.

– ¿Y la Odisea?

– Pues…

El librero volvió a la carga tras descender de la escalera y situarla en la estantería paralela en la que ya había buscado, pero tras realizar las mismas indagaciones que la vez anterior, volvió a repetir lo que Ernst no quería escuchar.

– Tampoco lo tengo. Debo pedirle disculpas.

Ernst, golpeado por a desilusión y una sensación de derrota, pues no era la primera librería que visitaba en busca de dichos libros, dejo caer los hombros y suspiro.

– Esta bien… Gracias… Otra vez será…

Tras aquellas palabras, el desilusionado pastor se dio media vuelta y para dirigirse a la puerta de salida pero, de repente,Justo en el instante el que cogía la manija de la puerta para tirar de ella y volver a la calle, la voz del librero le detuvo en seco.

– ¡Espere! ¡Un momento!

Surgiendo tras las estanterías con un pesado tomó entre sus manos, llamó su atención una vez más.

– ¡Espere! ¡Tengo algo!

Ernst que ya se veía pensando en otra cosa que regalar a su hijo, sintió como la esperanza se adueñaba de su corazón.

Así pues, volvió a girar sobre sus talones para acercarse, una vez más, hacia el mostrador.

Mientras tanto, el librero, algo más calmado tras observar como el humilde pastor detenía sus pasos, se posicionó tras el mostrador.

Seguidamente, depositó el tomo que llevaba entre sus manos frente a Ernst para mostrárselo.

– Este volumen no es de Homero, pero podría servirle.

Ernst arqueó las cejas.

– Se trata de un volumen de historia universal escrito por Georg Ludwig Jerrers donde se narran los supuestos acontecimientos ocurridos durante la guerra de Troya.

Ernst estuvo tentado en darse la vuelta y dejar al librero con la palabra en la boca pero … ¿Qué tenía? … hasta ahora aquel volumen era lo que más se acercaba a lo que andaba buscando.

Durante unos minutos de silencio, Ernst observó el volumen y el librero observó a Ernst.

Finalmente, éste tomó la palabra…

– Ésta bien…

Ernst introdujo su mano derecha en uno de los bolsillos de su abrigo y sacó las monedas que tanto le había costado conseguir a lo largo de aquellos meses para comprar el regalo de su hijo.

– Me lo llevo.

El regalo comprado por Ernst Schliemann para su hijo fue todo un acierto, pues éste, de nombre Heinrich Schliemann, quedó profundamente impresionado ante un grabado en el que se representaba a Eneas con su padre huyendo de la ya destruida Troya.

Aquel hecho cambiaría para siempre al pequeño…

El pequeño Heinrich Schliemann crecería soñando con que aquella historia, que todos daban como mito, era real y se podía demostrar.

Pero en parte todo fue escondido en el interior de su mente, ya que, el humilde muchacho quería prosperar y amasar fortuna.

Por esa razón, tras viajar por Sudamérica y Europa, aprender quince idiomas, amasar una pequeña fortuna que le hiciera olvidar su humilde pasado, y casarse con una aristócrata rusa llamada Ekaterina Lishin, de la cual se separó tres años después, viajó a Pompeya.

Es cierto que su holgada economía, cosechada tras varios negocios que iban desde la venta de oro al de armamento, le permitió viajar a muchos lugares como Egipto, China, etc… pero fue en Pompeya donde aquel pequeño de la vieja Prusia volvió a escena recordándole lo que hacía años había ocultado en su cabeza.

¿Y si Troya no fue un mito y existió de verdad?

Movido por aquel pensamiento, el cual había vuelto a revivir al niño pequeño y soñador que llevaba en su interior, viajó a Grecia por primera vez en 1868.

Un año después, tras finalizar el doctorado en arqueología y casarse con una joven griega de 17 años llamada Sophia Engastromenos, viajó a Turquía.

Una vez allí, contacto con Frank Calvert, el cual ya había realizado algunas excavaciones en Hisarlik siete años antes de la llegada de Schliemann.

En 1870 Heinrich Schliemann comenzará a escarbar.

Estas excavaciones sacarán a la luz varios estratos de lo que sería la ciudad de Troya.

Heinrich Schliemann pensó en un principio que la Troya II era la que coincidía con la Ilíada. Tiempo después, tras varias excavaciones en Micenas, Ítaca y otros lugares (en los cuales se descubren grandes tesoros como la máscara de Agamenón) volverá a las excavaciones de Troya admitiendo su error para certificar que la Troya que correspondía con la del relato homérico ea la Troya VI.

Heinrich Schliemann acaba de enseñar al mundo la verdadera Troya.

Un personaje con sus luces y sus sombras (hizo de menos en sus escritos a Frank Calvert, expolio ilegalmente tesoros sacándolos de Grecia…) marcado desde pequeño que persiguió un mito hasta convertirlo en arqueología.

Schliemann morirá de una infección de oído mal curada en 1890, ya que en vez de sanarla, decidió no acudir a los médicos y seguir viajando.

Fue enterado en Atenas en un mausoleo construido para sí mismo.

En su epitafio reza…

“Para el héroe Schliemann”

Autor: José Antonio López Medina