Eloy Gonzalo, Héroe de Cascorro

– ¿Está seguro de lo que dice?

– Si, mi capitán. Soy inclusero y no dejo a nadie que me llore o me precise.

El capitán Neila se recostó sobre el respaldo al mismo tiempo que exhalaba en suspiro, mientras que, en su mente repasaba la desesperada situación en la que sus mermados hombres se encontraban desde el pasado día veintidós.

Desde aquel día de septiembre de 1896, los ciento cincuenta hombres capitaneados por Neila habían quedado sitiados en el puesto de Cascorro junto a la cercana Puerto Príncipe sin posibilidad de rescate. Una y otra vez, durante cuatro intensos días, la artillería enemiga castigaba el puesto, sólo pausando su castigo para lanzar llamamientos a la rendición.

Como era de esperar por parte de todo buen español, el capitán, una y otra vez desoyó tales propuestas mientras arengaba a sus soldados a una resistencia heroica hasta el fin.

La falta de respuesta por parte de los españoles propicio que los cañoneos y los tiroteos se intensificaran hasta el punto de mermar, considerablemente, las fuerzas españolas.

Según parecía, el final estaba cerca…

Pero entonces, el día veintiséis de septiembre un escuálido muchacho, sucio y desgastado por el combate, de denso bigote y facciones remarcadas, se presentó ante el capitán como voluntario para realizar una locura… una hazaña…

¿Qué hacer?

¿Disuadirle de tal acto?

Un hombre más en aquella circunstancia era vital. No podía permitirse el lujo de perderlo por un arrebato de valentía… o en cambio, debía permitir que aquel joven lo intentara… dentro de poco no tendrían nada que perder…tal vez aquel joven y su determinación fueran su única esperanza de salir de allí con vida…

– Sabe que…

– Si. Sé que podría morir en el intento, por esa razón, le solicito llevar atado al pecho una cuerda. En el caso de caer herido o que la muerte me lleve, recuperen el cuerpo. No me gustaría pudrirme en campo de nadie o ser juguete de estos salvajes.

Neila mantuvo la mirada fija en los temerarios ojos de aquel joven pálido y delgado…

El silencio, sólo roto por los continuos estallidos de los proyectiles que irregularmente caían sobre su posición, se prolongo durante unos instantes, hasta que el fin, el capitán decidió ceder… algo le decía que debía intentarlo… que era su única oportunidad… las situaciones desesperadas necesitan acciones imposibles…

– Está bien… Que necesita…

– Necesitare un Mauser y una lata de petróleo, además de la cuerda que le dije.

– Lo tendrá todo inmediatamente.

El joven asintió y, tras saludar, se giró para salir por la puerta, pero antes de hacerlo, el capitán Neila volvió a llamar su atención.

– Muchacho…

– Sí, mi capitán.

Un silencio tenso se instaló durante unos segundos entre ambos.

Tal vez fuera la ultima vez que se vieran.

– Tenga cuidado.

Una vez más, sin mediar palabra, el determinado joven asintió sin pronunciar palabra.

Minutos después, Eloy Gonzalo, que así se llamaba el muchacho, embadurnaba su cuerpo, de pies a cabeza, de frío y húmedo barro para seguidamente, cargar bajo el brazo la lata de gasolina y a la espalda su Mauser.

Eloy debía convertirse en una oscura y escurridiza sombra si quería salir de aquel trance con vida…

Seguidamente, cogió la cuerda que había solicitado y la anudó a su pecho. Cuando hubo terminado, se acercó a uno de sus compañeros y le entregó la misma sin pronunciar palabra alguna.

Todos sabían lo que Eloy había solicitado que se hiciera si caía…

A continuación, con paso firme y decidido, se dirigió hacia el barrizal que separaba a los asediados de los asaltantes.

Antes de sumergirse en la oscuridad de aquella noche para recorrer los trescientos metros que le separaban del preciado arsenal enemigo, se detuvo en el umbral y miró a sus asediados y entumecidos compañeros.

Estos le mantuvieron la mirada agazapados entre los parapetos que los mantenían con vida, mientras cabizbajos y derrotados, observaban al que podía salvarlos…

Todos sabían que la locura y la determinación de Eloy Gonzalo era su última oportunidad…

Su ultimo hilo de esperanza…

Sin escuchar palabra de despedida o de ánimo por parte de los presentes, Eloy Gonzalo se sumergió en la infinita, húmeda y pegajosa oscuridad hundiéndose en el lodazal.

La bajada de temperatura fue tremenda y, aunque el barro le aislaba y le hacia mantener el calor, la humedad le hacía temblar mientras se repetía una y otra vez en su mente…

Soy una sombra…

Una sombra…

Una sombra…

Las balas silbaban por encima de él…  los proyectiles de artillería zumbaban y hacían temblar el suelo al estallar… pero él seguía adelante… arrastrándose… sumergido en el barro y los charcos… atenazado por el frío… la humedad… y la incertidumbre de saber si volvería a ver el sol…

Una sombra…

Una sombra…

Palmo a palmo… metro a metro…

Una sombra…

Una sombra…

La boca le sabia a tierra y la nariz se le había taponado… las fuerzas flaqueaban y el barro le dificultaba cada lento y preciso movimiento para parecer una sombra… una oscura e inanimada sombra… hasta alcanzar su objetivo…

Una sombra…

Una sombra…

Los disparos efectuados por el enemigo fueron aumentando su volumen… ya estaba cerca… las piezas de artillería hacían que en sus oídos se instalase un pitido ensordecedor… pero nada le detenía…

Nada podía hacerlo porque Eloy Gonzalo se había convertido en una sombra…

Una sombra que pasaría a la historia…

Tras varias horas de lento y paciente aproximación, Eloy Gonzalo, consiguió llegar junto al arsenal. Una vez allí, ocultándose entre las sombras, vertió la gasolina, para minutos después, hacerlo estallar.

La bestial e inesperada deflagración hizo cundir el pánico y el desconcierto entre los atacantes, los cuales, tras escuchar los gritos de jubilo de los españoles tuvieron que intentar defenderse de un violento contrataque por parte de los hombres del capitán Neila.

Dos días después, aquellos valerosos hombres y su capitán serán rescatados por la columna del general Jiménez Castellanos.

¿Pero que fue de Eloy Gonzalo?

Este muchacho, huérfano y de infancia mas que complicada que había marchado a la guerra para evitar la prisión, saldrá vivo de aquella acción heroica, así que, tiempo después se le concederá la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo.

Por desgracia, un año después, el 18 de junio de 1897 moriría presa de las fiebres en el Hospital Militar de Matanzas.

Ningún enemigo pudo con él.

Ese mismo año, como homenaje, se le dedicaría una calle en Madrid. Pero no sería hasta 1902 cuando el rey Alfonso XIII inauguraría una estatua en el rastro de Madrid. Aunque en 1913 la plaza fue bautizada como La Colina del Rastro con el nombre del presidente de la Republica Nicolás Salmerón, lo cierto es que el pueblo madrileño siempre la conoció como la plaza de Cascorro, identificando, en su ignorancia, el soldado de la escultura con la batalla en la que participo.

Así pues, como homenaje a dicho héroe, el cual, da nombre a la plaza por tradición y desconocimiento de su heroicidad, sirva desde aquí mi humilde homenaje.

Autor: José Antonio López Medina

 

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Schliemann y Troya

La puerta de la vieja librería se abrió lentamente.

En su lento y chirriante recorrido golpeó la pequeña campanilla colocada sobre el marco de la puerta para avisar al librero.

Éste, que estaba sumergido en una apasionante lectura, levantó la cabeza para observar al cliente desde la parte posterior de su mostrador mientras era golpeado por la ráfaga de gélido viento que había penetrado en la vetusta librería.

– ¿Le puedo ayudar?

El cliente, encorvado y compungido por el frío, vestía un abrigo grueso de humilde calidad y un gorro de lana y piel de borrego.

Su rostro, enrojecido por el viento y el temblor de su mentón detonaban las gélidas temperaturas invernales que estaban acaeciendo aquellas navidades de 1829.

– Creo que sí…

Frotando sus manos mientras la puerta terminaba de cerrarse tras él, se aproximó al mostrador.

– Usted dirá.

Ernst, humilde pastor protestante residente el el Neubukow, al cual, le costaba Dios y ayuda salir adelante con lo poco que ganaba, le gustaba contar todas las noches antes de dormir a su hijo antiguos mitos e historias sobre la Grecia clásica, por esa razón, tenía muy claro lo que andaba buscando.

– Desearía adquirir la Ilíada.

– Bien – el librero se colocó sobre la nariz una abultadas gafas- Un segundo – Salió del mostrador para dirigirse hacia una escalera de madera de varios peldaños. Seguidamente, alzándola, cruzó un par de pasillos y la apoyó sobre una pesada y robusta estantería color casona- Miraré si lo tengo.

Durante varios minutos, el librero extrajo, giró y apartó varios libros de pastas adornadas con ribetes artesanales mientras Ernst le observaba detenidamente.

Finalmente, tras buscar con ahínco, se dirigió al humilde pastor.

– Lo siento, pero no va a ser posible… No lo tengo.

Pero Ernst no se dio por vencido.

Su hijo se había enamorado de las historias y mitos que le contaba sobre la guerra de Troya y el viaje de Ulises. Por esa razón, era más que necesario encontrar los textos de Homero.

No habría regalo más apropiado para aquellas navidades que un libro relacionado con la Grecia homérica.

– ¿Y la Odisea?

– Pues…

El librero volvió a la carga tras descender de la escalera y situarla en la estantería paralela en la que ya había buscado, pero tras realizar las mismas indagaciones que la vez anterior, volvió a repetir lo que Ernst no quería escuchar.

– Tampoco lo tengo. Debo pedirle disculpas.

Ernst, golpeado por a desilusión y una sensación de derrota, pues no era la primera librería que visitaba en busca de dichos libros, dejo caer los hombros y suspiro.

– Esta bien… Gracias… Otra vez será…

Tras aquellas palabras, el desilusionado pastor se dio media vuelta y para dirigirse a la puerta de salida pero, de repente,Justo en el instante el que cogía la manija de la puerta para tirar de ella y volver a la calle, la voz del librero le detuvo en seco.

– ¡Espere! ¡Un momento!

Surgiendo tras las estanterías con un pesado tomó entre sus manos, llamó su atención una vez más.

– ¡Espere! ¡Tengo algo!

Ernst que ya se veía pensando en otra cosa que regalar a su hijo, sintió como la esperanza se adueñaba de su corazón.

Así pues, volvió a girar sobre sus talones para acercarse, una vez más, hacia el mostrador.

Mientras tanto, el librero, algo más calmado tras observar como el humilde pastor detenía sus pasos, se posicionó tras el mostrador.

Seguidamente, depositó el tomo que llevaba entre sus manos frente a Ernst para mostrárselo.

– Este volumen no es de Homero, pero podría servirle.

Ernst arqueó las cejas.

– Se trata de un volumen de historia universal escrito por Georg Ludwig Jerrers donde se narran los supuestos acontecimientos ocurridos durante la guerra de Troya.

Ernst estuvo tentado en darse la vuelta y dejar al librero con la palabra en la boca pero … ¿Qué tenía? … hasta ahora aquel volumen era lo que más se acercaba a lo que andaba buscando.

Durante unos minutos de silencio, Ernst observó el volumen y el librero observó a Ernst.

Finalmente, éste tomó la palabra…

– Ésta bien…

Ernst introdujo su mano derecha en uno de los bolsillos de su abrigo y sacó las monedas que tanto le había costado conseguir a lo largo de aquellos meses para comprar el regalo de su hijo.

– Me lo llevo.

El regalo comprado por Ernst Schliemann para su hijo fue todo un acierto, pues éste, de nombre Heinrich Schliemann, quedó profundamente impresionado ante un grabado en el que se representaba a Eneas con su padre huyendo de la ya destruida Troya.

Aquel hecho cambiaría para siempre al pequeño…

El pequeño Heinrich Schliemann crecería soñando con que aquella historia, que todos daban como mito, era real y se podía demostrar.

Pero en parte todo fue escondido en el interior de su mente, ya que, el humilde muchacho quería prosperar y amasar fortuna.

Por esa razón, tras viajar por Sudamérica y Europa, aprender quince idiomas, amasar una pequeña fortuna que le hiciera olvidar su humilde pasado, y casarse con una aristócrata rusa llamada Ekaterina Lishin, de la cual se separó tres años después, viajó a Pompeya.

Es cierto que su holgada economía, cosechada tras varios negocios que iban desde la venta de oro al de armamento, le permitió viajar a muchos lugares como Egipto, China, etc… pero fue en Pompeya donde aquel pequeño de la vieja Prusia volvió a escena recordándole lo que hacía años había ocultado en su cabeza.

¿Y si Troya no fue un mito y existió de verdad?

Movido por aquel pensamiento, el cual había vuelto a revivir al niño pequeño y soñador que llevaba en su interior, viajó a Grecia por primera vez en 1868.

Un año después, tras finalizar el doctorado en arqueología y casarse con una joven griega de 17 años llamada Sophia Engastromenos, viajó a Turquía.

Una vez allí, contacto con Frank Calvert, el cual ya había realizado algunas excavaciones en Hisarlik siete años antes de la llegada de Schliemann.

En 1870 Heinrich Schliemann comenzará a escarbar.

Estas excavaciones sacarán a la luz varios estratos de lo que sería la ciudad de Troya.

Heinrich Schliemann pensó en un principio que la Troya II era la que coincidía con la Ilíada. Tiempo después, tras varias excavaciones en Micenas, Ítaca y otros lugares (en los cuales se descubren grandes tesoros como la máscara de Agamenón) volverá a las excavaciones de Troya admitiendo su error para certificar que la Troya que correspondía con la del relato homérico ea la Troya VI.

Heinrich Schliemann acaba de enseñar al mundo la verdadera Troya.

Un personaje con sus luces y sus sombras (hizo de menos en sus escritos a Frank Calvert, expolio ilegalmente tesoros sacándolos de Grecia…) marcado desde pequeño que persiguió un mito hasta convertirlo en arqueología.

Schliemann morirá de una infección de oído mal curada en 1890, ya que en vez de sanarla, decidió no acudir a los médicos y seguir viajando.

Fue enterado en Atenas en un mausoleo construido para sí mismo.

En su epitafio reza…

“Para el héroe Schliemann”

Autor: José Antonio López Medina

La Conquista Española de Calais.

– Acercaros.

Desde lo alto de la colina se podía apreciar, con bastante detalle, cómo las tropas compuestas por varias nacionalidades que conformaban parte del ejército español de Flandes, se lanzaban al ataque contra los muros de la asediada Caláis.

– Es posible que hoy sea el día definitivo.

Atrás, quedaban dieciséis largos días de asedio, donde no sólo se había trabajado con ahínco para rendir la ciudadela con la privación de suministros y un continuo bombardeo, pues la artillería, había tenido que virar sus bocas de fuego hacia el mar para emplearse a fondo y repeler un intento, por parte del general francés Francisco de Orleans, por socorrer la ciudad portuaria con soldados, armas y comida.

– Disfrutemos de este momento.

Carlos Coloma, alicantino de gran renombre e incontable coraje y valor, aceptó el ofrecimiento del gobernador general de los Países Bajos, el archiduque Alberto VII de Austria.

Con paso lento pero firme, se aproximó al gobernador mientras una brisa suave con aroma a salitre, que refrescaba la mañana, hacía que sus descuidadas ropas usadas en campaña se pegaran a su piel.

Mientras tanto, en la lejanía, su amigo Luis de Velasco, dirigía las tropas entre ráfagas de plomo, explosiones de artillería,alaridos, maldiciones, sangre, sudor y barro.

Cada paso dado hacia los muros de la ciudad era una hazaña, pues los franceses, sabedores de la importancia estratégica de aquel puerto y la incapacidad para proporcionar socorro por parte de su rey, se batían con la furia propia del que tiene la certeza de que luchar es su única oportunidad para seguir con vida.

Carlos Coloma, ya intuía que aquel asalto no iba a ser nada fácil, lo que no esperaba era que tras varios minutos de lance todo se desmoronase y el ataque fuera repelido.

El ejército español de Flandes se retiraba…

El desconcierto y la incredulidad se apoderaron de los rostros de los presentes mientras un defraudado y sarcástico archiduque comentaba en voz alta…

– ¿Qué es esto de que se retiren los españoles?

Tras aquellas palabras lanzadas al viento se giró directamente hacia Carlos Coloma y le miró a los ojos.

– Se dice por toda Europa que son soldados invencibles que nunca dan una batalla por perdida ¿Porqué entonces retroceden y no demuestran su valor y su fama?

El alicantino, herido en orgullo por aquellas palabras, sabía lo que había ocurrido y dónde estaba el error, así que, incapaz de morderse la lengua y engullir tan deshonrosa crítica, frunció el ceño y acercándose al archiduque le dijo…

– No son los españoles los que se retiran, si no la mezcla que vos ordenasteis colocar junto a ellos.

El archiduque mantuvo la mirada al alicantino mientras éste, intentando contener su furia, sentenciaba…

– Dé permiso vuestra excelencia para que vuelvan al combate a las tres compañías que sólo están compuestas de españoles y verá si se retiran o no.

Tras un largo silencio, el archiduque accedió a la petición…

Luis de Velasco volvió a la carga con soldados de origen español.

Horas más tarde, tras un combate feroz donde hubo miles de muertos por parte de los franceses y sólo unos doscientos por parte de los españoles, la ciudadela de Calais caía.

Aquel 24 de abril de 1596 pasaría a la historia como La Conquista Española de Calais.

Autor: José Antonio López Medina

Stanislav Petrov, el Hombre que Salvó el Mundo de la Tercera Guerra Mundial.

La agujas del reloj marcaban las 00:14 cuando en uno de los monitores del búnker Serjupov-15, encargado de la vigilancia, coordinación y la defensa aeroespacial rusa, comenzaba a emitir un sonido inusual.

– ¡Señor!

El teniente coronel Stanislav, alarmado ante el tono en el que se requería su presencia, saltó de su asiento.

Algo en su interior le decía que debía darse prisa en atender el requerimiento del soldado, ya que la situación era más que crítica, por no decir, extremadamente delicada, pues hace apenas unos días el ejército ruso había derribado un avión surcoreano que había invadido espacio aéreo sovietico. Como respuesta, la OTAN, en un claro gesto por enviar un mensaje amenazador, había realizado ejercicios militares.

Rápidamente, mientras el resto de soldados dejaban de observar sus ordenadores, llegó junto al soldado.

Éste, con el rostro desencajado y el mentón tembloroso, se había levantado para saludar marcialmente a su superior.

Stanislav, que no esperaba ni mucho menos encontrar en aquel estado de nervios a aquel soldado, omitió la orden por la que aquel soldado debía informarle y observó la pantalla.

Fue entonces cuando su boca se secó y sus músculos se tensaron.

Los americanos acababan de disparar un misil.

Si los cálculos era correctos, en veinte minutos alcanzarían la Unión Soviética…

Con aquel paso dado por parte de los norteamericanos, el mundo se sumergiría nuevamente en una profunda oscuridad… las armas nucleares que ambos países poseían, exterminarían, en cuestión de segundos, a millones de personas inocentes dando comienzo a la tercera guerra mundial…al fin del mundo…

Sin embargo, el teniente coronel tenía una duda que le aportaba un rayo de esperanza…

¡¿Y si todo era un error?!

Si se hubiera producido realmente un ataque, lo lógico hubiera sido el lanzamiento de cientos de misiles en un ataque total que fulminará al enemigo de un plumazo.

Aquel solitario misil era algo ilógico…

El fin del mundo no podía comenzar por un solo misil…

Debía ser un error…

¡Tenía que ser un error!

O al menos eso quería creer…

Mientras aquellos nefastos pensamientos y aquellas angustiosas dudas ocupaban la mente de Stanislav, el reloj, lento pero incesante, había comenzado una angustiosa y definitoria cuenta atrás.

– Deme el teléfono.

El soldado, con mano temblorosa pero rápido movimiento, descolgó el auricular y se lo entregó al teniente coronel.

Éste, que había empezado a sudar profusamente mientras el nudo de la corbata comenzaba a estrangularle, giró la ruleta hasta marcar los dígitos que le conectaban con sus superiores.

Mientras el tono de llamada ofrecía señal, no pudo contener la tentación de mirar de reojo el radar.

Aquel pequeño punto lanzado desde territorio enemigo avanzaba incesante hacia ellos mientras el mundo contenía la respiración.

El destino de cientos de vidas estaba en sus manos…

Debía tomar una decisión…

Todo dependía de su intuición… de su planteamiento…de lo que él creía o lo que quería creer…

¿Qué hacer?

¿Qué creer?

Cuando al otro lado de auricular descolgaron, Stanislav sintió una sacudida nerviosa que le hizo estremecerse.

– Señor, debo informarle de que el radar ha detectado una alarma de lanzamiento por parte del enemigo.

Se hizo el silencio durante unos segundos…

Stanislav tragó saliva…

Era el momento de desatar una guerra mundial o no querer creer lo que sus ojos observaban en el radar achacando todo a un error informático.

– Señor todo está preparado y responderíamos en cuestión de minutos…

Sus piernas comenzaron a temblar mientras sentía como el sudor de su cuerpo se volvía frío como el hielo.

Cerró los ojos y volvió a tragar saliva mientras sentía el latir de su corazón en las sienes, las muñecas y el pecho.

Debía tomar una decisión…

Acertar o errar dependía de su intuición…

De lo quería creer o de lo que debía creer…

¿Qué camino tomar?

Muerte o vida en una decisión…en unas palabras…

Todo se había detenido… silenciado y contenido mientras un silencio atronador lo inundó todo.

Los allí presentes contuvieron la respiración…

Ya no quedaba apenas tiempo…

Debía decidirse…

– Señor, en mi opinión…

Aquella pausa de apenas unos segundos le dio el margen suficiente para observar el rostro de los angustiados y atemorizados soldados que allí estaban presentes.

Si daba como cierto lo que el radar había mostrado, la Unión Soviética, acertando o no, se anticiparía defendiéndose con un ataque total sobre Estados Unidos, propiciando así un contraataque bestial donde morirían cientos de personas entre las que se encontrarían sus madres… sus mujeres… sus hijos e hijas… sin embargo, si se arriesgaba a apostar por el fallo informático, que era lo que necesitaba creer… era posible que lo evitara todo… todo… todo…

En aquel instante, Stanislav tomó aire y cerrando los ojos nuevamente, dijo…

– … creo firmemente que se trata de un error informático y que deberíamos omitir toda respuesta. Aun así, como el protocolo dicta, era mi obligación informarles.

El silencio volvió a aplastarlo todo…

La suerte estaba echada…no había vuelta atrás…

Stanislav colgó el teléfono y se sentó frente al monitor que debía mostrar, en cuestión de minutos, su grandioso acierto o su terrible error.

Los minutos se convirtieron en siglos mientras aquel pequeño punto avanzaba… y avanzaba…

El reloj, impasible a su destino, siguió avanzando sin complejo ni compasión hasta marcar las 00:34.

El punto había desaparecido del radar…

Si el teléfono sonaba había errado… si no era así… había salvado el mundo…

00:21

Silencio…

00:22

Quietud…

00:23

Tras tres angustiosos y agónicos minutos, Stanislav vació lentamente sus pulmones y cerró los ojos mientras por su mejilla caía una lagrima…

Los soldados se abrazaron…

Todo había sido un error…

La intuición de Stanislav Petrov aquel 26 de septiembre de 1983 había salvado el mundo de la que, tal vez, hubiera sido la mayor deflagración del mundo.

Mi pregunta es…

¿Hoy en día pasaría lo mismo?

Espero que si… necesito creer que si…

Para él, este humilde homenaje.

Autor: José Antonio López Medina

La Peste Negra

Alonso hundió su congestionado rostro sobre sus rodillas mientras un desgarrador llanto hacia temblar su cuerpo.

¡¿Qué habían hecho ellos, simple y humildes siervos, para que Dios los castigara de aquella manera?!

¡¿En qué le habían ofendido?!

¡¿En qué faltado?!

¿En qué…?

Por el amor de Dios… ¿En qué?…

La desesperación más aterradora y el miedo más profundo bailaban en su corazón con la tristeza mientras la impotencia más hiriente le envolvía el alma.

Había hecho todo lo posible y aconsejado para intentar salvar a su familia, pero la mano huesuda y fría de la peste al fin los había alcanzado.

De nada había servido no salir de casa, intentar comer productos guardados en la despensa, tapar sus rostros con trapos o rezado al señor durante horas… fue cuestión de tiempo… su mujer fue la primera en tener fiebre… tras ella cayó su hijo… y por último, su hija, la cual, en aquel momento permanecía postrada siguiendo los mismos pasos que su madre y hermano.

Las altas fiebres habían dado paso a vómitos y diarreas acompañados de grandes dolores musculares hasta que las axilas y las inglés habían comenzado a inflamarse…los gritos y alaridos de dolor y desesperación eran acompañados de un llanto continuo que era incapaz de consolar ni aliviar…mientras aquella escena era tétricamente representada, todo era envuelto por un olor pestilente…finalmente, los bubones inflamados estallaban y el cuerpo caía en el descanso previo a la muerte mientras su cuerpo se llenaba de manchas negras.

El silencio y el sosiego indicaba que el final ya estaba cerca…

Con el desasosiego incontrolable y la certeza de que aquella sería la última vez que vería a su hija con vida, se acercó a ella y la cogió la mano.

El contacto con su suave y fina piel le hizo estremecerse… su boca se secó mientras sus ojos se inundaban en lágrimas…

Nuevamente, incapaz de pronunciar palabra alguna, lloró amargamente mientras volvía buscar una explicación a su desgracia…a su castigo…pero tal vez él y su familia no tuvieran la culpa… Ellos cumplían temerosamente con el señor para evitar males… ¿Y si realmente la culpa, como decían los sacerdotes, la tenían esos judíos? No era la primera vez que Dios los castigaba por permitir su blasfemia…

Compungido, intento alejar aquellos pensamientos de su mente mientras observaba el rostro amoratado de su hija…ésta respiraba ruidosamente mientras los bubones de sus axilas y sus inglés no paraban de emanar pus y sangre… un olor nauseabundo emanaba de su delicado y frágil cuerpo…

¿Qué había hecho aquella pequeña para sufrir tan atroz castigo?

No encontró respuesta…

Sin embargo, si encontró razón…

Hace unos meses su hija se escapó en el mercado para ir a jugar. Cuando su madre la encontró, correteaba entre risas con dos pequeños judíos… dos pequeños blasfemos…

¿Y su mujer y su hijo?

Su mujer no había reprendido a la pequeña por juntarse con aquellos usureros, si no por escaparse sin su consentimiento… y su hijo, un día había bebido de sus pozos…

No podía ser otra cosa…

Sin embargo, él siempre se había alejado de aquellos que vendieron a nuestro señor.

Eso le había salvado…

El último aliento de su pequeña le sacó repentinamente de sus pensamientos y reflexiones.

Un silencio atronador retumbó en la pequeña y pestilente habitación de aquella casa sumergiendo a Alonso en la tristeza más profunda y absoluta.

Lloró amargamente mientras maldecía a los responsables de sus males hasta quedar dormido a los pies del cadáver de su hija.

Solo…

Derrotado…

Esta terrible escena se reprodujo y repitió en miles de hogares de toda Europa con la llegada en 1348 de la peste negra a través del puesto italiano de Mesina.

La población europea se redujo en un tercio y ciudades como Florencia vieron como el cincuenta por ciento de su población moría.

Desconocedores del porqué, se culpó a los judíos. Ésto produjo verdaderas matanzas entre los semitas que habitaban en las ciudades para vengar las muertes de los cristianos y aplacar la cólera de Dios.

Estas matanzas se llamaban pogromos y fueron muy habituales en toda Europa, especialmente en Alemania.

Hoy en día sabemos que la peste era producida por la picadura de una pulga que habitaba en aquellas insalubres ciudades.

A partir de esta fecha, la peste golpeó casi de continuo el continente europeo hasta que la higiene y las costumbres saludables comenzaron a mejorarse.

Autor: José Antonio López Medina

La Batalla de Bicoca

Acurrucado tras el muro de tierra que habían levantado como defensa, mientras rezaba y maldecía al mismo tiempo, sentía como cada andanada de la artillería francesa hacía temblar el suelo.

Diego de Carranza temblaba y se contraía mientras la nube de polvo y de guijarros proyectados por las balas de artillería francesa lo cubrían todo.

Al igual que él, cientos de españoles se abrazaban a su arcabuz, pedían a Dios protección y se acordaban de sus madres y de las ajenas.

Mientras tanto, las columnas de piqueros suizos, en número de cuatro mil cada una, avanzaban con paso firme, decidido y confiado, hacía el parque mansión de Bicoca.

Este pequeño emplazamiento, situado a unos seis kilómetros de Milán, había sido el lugar elegido por Prospero Colonna para presentar batalla… o mejor dicho… resistencia, pues el enemigo era muy superior en número y armamento.

Como siempre…

Los pasos de los decididos suizos resonaban entre el estruendo de la artillería cada vez más cerca… aproximándose… sintiéndose vencedores…

Pero aún no estaba todo dicho, y menos, con aquellos demonios a los que Satanás teme por haber nacido sobre una piel de toro.

Todo estaba medido… calculado…

O eso quería pensar Diego de Carranza…

A su lado, cubierto por el polvo, se encontraba Fernando de Ávalos, encargado de dirigir a los arcabuceros españoles.

Éste, en contra posición a todos los presentes, se sentía sereno… diría que hasta convencido de que aquella precaria situación era el preludio de una gran victoria…

Diego cerró los ojos y deseó encontrarse en el pellejo de Fernando, sin embargo, él no tenía tan claro que aquellas cuatro filas de arcabuceros pudieran frenar a un bosque de picas.

Pero bueno… él no estaba para pensar… él sólo debía luchar y sobrevivir…

En tales cavilaciones se encontraba, cuando la artillería cesó sus descargas para que los suizos comenzaran a ascender la pendiente que los llevará a chocar contra los españoles.

El fin se aproximaba… la suerte estaba echada…

Diego de Carranza trago saliva y se santiguó al mismo tiempo que Fernando de Ávalos abría los ojos y sonreía.

Después de aquello, palmeó su muslo y con entusiasmo dijo:

– Diego prepárate. Ahora nos toca a nosotros.

Tras aquellas palabras quedó quieto escuchando los pasos del enemigo.

Cada vez más cerca.., y más… y más…

Fue entonces cuando a pleno pulmón rugió.

– ¡Santiago, cierra España! ¡Fuego! ¡Fuego!

Un muro de arcabuces surgió tras el muro de tierra para barrer aquella cuesta.

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

Una brisa mortal cargada de plomo atravesó las filas de los suizos sesgándole las almas de éstos a cientos.

Pero aquello no los detenía…

Golpeados por el plomo español, lanzaron arengas y aceleraron el paso con la intención de cargar.

Pero los españoles volvían a hacer soplar sus arcabuces…

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

Una vez…

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

Y otra…

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

Los suizos caían a cientos mientras cansados, heridos y desmoralizados intentaban ascender por la cuesta.

Los alaridos de muerte, agonía e incredulidad de los suizos eran acallados cada vez que los españoles volvían a descargar sus arcabuces…

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

Poco a poco… con paciencia… sin prisa… los españoles talaron, casi en su totalidad, aquel bosque de picas dejando aquella cuesta sembrada de cadáveres…

Aquello fue demasiado…

La imposibilidad ni siquiera de alcanzar a los españoles derrumbó la moral de los franceses haciéndoles huir mientras pedían a la providencia que a los españoles no se les pasara por la cabeza seguirlos.

En cuestión de una hora todo había acabado…

Tal fue la facilidad con la que se había vencido que, desde entonces, Bicoca se asemejará a algo fácil de realizar.

¡Quién lo iba a imaginar!

Diego de Carranza se alzó sobre el muro de tierra y recorriendo aquel campo sembrado de muerte con la mirada, aspiró hondo sintiendo el olor a seco de la pólvora y el hedor metálico de la sangre mientras saboreaba el dulzor de la victoria…

Fue entonces cuando cruzó su mirada con la de Fernando de Ávalos…

No pudieron evitar sonreír…

Autor: José Antonio López Medina

Los Huérfanos del Titanic

– Cierra los ojitos y estate tranquilo…Todo saldrá bien.

Michel Navratil ascendía las escaleras metálicas a toda prisa mientras llevaba en sus brazos, arropado por una manta, a su hijo Michel Marcel. Tras éste, siguiendo sus pasos, un desconocido pasajero que se había ofrecido a ayudarle con su otro pequeño, Edmond Roger.

Pero en esta carrera, desesperada y contrarreloj, tenía una férrea e inhumana competencia.

Por doquier, buscando salvarse del desastre que nadie creyó posible, corrían de un lado a

otro, apareciendo por cada recoveco, por cada puerta, por cada escotilla, cientos de hombres, mujeres y niños, los cuales, al igual Michel, corrían a la cubierta superior para embarcarse en uno de los últimos botes.

Ante los llantos, las voces y los gritos de angustia desesperados, el pequeño Michael se revolvió en los brazos de su padre.

Éste, notando la incomodidad y el crecimiente nerviosísimo del pequeño de cuatro años, decidió intentar calmarle.

– No te preocupes – le acarició suavemente la cabeza – cálmate- le sonrío – pronto estaremos subidos a un bote.

Aquellas dulces y sosegadas palabras hicieron que el niño se aletargara. Su padre nunca le mentía…Nunca le fallaba…

Sin embargo, Michel Navratil sabía que él no podría montar en unos de los últimos, pues como era de esperar, la orden dada era que embarcarán las mujeres y los niños. Aún así, no debía perder la esperanza, tal vez, al comprobar que aquellos dos niños pequeños viajaban sin madre le dejaran subir con ellos.

Aquella idea le insufló las energías suficientes para empujar, aún con más saña a todo aquel que se interponía en su desesperada carrera hacia la salvación.

Cada paso dado, cada empujón, cada agarrón o grito le hacía aproximarse a la deseada cubierta.

Finalmente, tras varios rifirrafes y empujones consiguió alcanzar la cubierta superior.

En ella, formando un cordón humano, se encontraban varios miembros de la tripulación que impedían el paso a los botes a todo aquel que no fuera niño o mujer.

Esta circunstancia, aunque era esperada por todos los hombres allí presentes, suponía un duro golpe que asimilar, ya que, indirectamente pero de forma clara y concisa, les decían que estaban condenados a morir.

Confirmando aquella terrible premonición, como si de un mensaje cifrado se tratase, se podía escuchar, entre el griterío y las lágrimas, la canción Nearer, my God, to Thee

(Más Cerca, mi dios, de ti).

– Ya llegamos…No te preocupes por lo que escuchas… todo saldrá bien…

Michel, intentando no contagiarse de las terribles escenas de desesperación, angustia, tristeza e histeria que estaba presenciando a su alrededor mientras luchaba por acercarse al cordón, aferró contra su pecho al pequeño.

De reojo, nunca sin perderle de vista, observaba como el desconocido pasajero sin nombre, le seguía con su otro hijo en brazos.

El niño, incapaz de extraerse del ambiente sonoro que le envolvía, comenzó a sollozar.

Aquel repentino llanto, que intentaba ser controlado por el pequeño para no defraudar a su padre, hizo que el corazón de Michel Navratil se rompiera en mil pedazos.

¿Qué padre no sufriría lo mismo al sentir como su hijo sufre un trance de tal magnitud?

Humano como cualquier otro… hombre desesperado con sus hijos en brazos… sin saber qué hacer ni qué decir… indefenso… frágil y derrotado mientras el desasosiego de la tragedia más injusta e inhumana estaba a punto de producirse… se acordó de aquella que siempre tenía palabras de aliento, de ánimo, de cariño… de aquella que lo curaba todo con una sonrisa, con un beso, un abrazo o unas palabras dulces…si ella estuviera allí, él tendría fuerzas… tendría valor… lo tendría todo…

Sin embargo, ya era tarde… la vida lo había querido así y la consecución de varias carambolas y decisiones alocadas les había llevado hasta la cubierta de aquel colosal barco que ahora se iba a pique…

– ¡Deténgase! ¡Sólo pueden pasar los niños!

– ¡Van solos! ¡Su madre no…!

– ¡Nos encargaremos de eso!

– ¡Pero…!

– ¡Sólo los niños!

– ¡Escuche…!

El marinero ensombreció su rostro mientras su frente se arrugaba y su mentón se apretaba. Entonces, encarándose con Michel, se aproximó a su rostro y le dijo con voz firme y colérica.

– He dicho que sólo los niños ¿entendido?

Michel Navratil le mantuvo la mirada durante unos segundos pero, finalmente, ante lo innegociable, cedió…

El marinero volvió al cordón mientras Michel Navratil depositaba cuidadosamente a su hijo en el suelo. Junto a éste, asustado y cabizbajo, fue colocado su pequeño hermano.

El padre, consciente de que sería la última vez que vería a sus hijos, los observó detenidamente… se maravilló con la delicadeza sonrojada de sus rostros… sus ojos cargados de lágrimas que desprendían inocencia e ingenuidad… su pequeña nariz… sus diminutas boquitas… trémulas… silenciosas…

Eran su vida…

En un esfuerzo sobre humano por contener las angustiosas lágrimas que luchaban por brotar, sonrió…

Fue entonces cuando se dió cuenta de los errores cometidos en su vida… nunca debió abandonar a su mujer… debía haberla perdonado aquella infidelidad… no debía haber raptado a sus hijos… montado en aquel barco…

Michel Navratil agachó la cabeza para que sus hijos no vieran la mueca de amargura y tristeza que se apoderó de su faz…

Un abrazo de ella… Unas palabras… y todo…

Tragó saliva…

Apretó sus ojos para contener la tristeza…

Durante unos segundos quedó petrificado…

Roto…

Finalmente, alzó el rostro y agarró a su hijo mayor de los hombros. Al hacerlo sintió como el pequeño temblaba incontrolablemente.

Entonces… en aquel instante todo se silenció a su alrededor… una campaña de irrealidad los atrapó… los cubrió alejándoles de aquel sufrimiento… de aquella angustia…

– Mi niño – intentó dibujar una sonrisa- cuando tu madre vaya por ti, como seguramente ocurrirá- volvió a tragar saliva mientras intentaba que su voz no se quebrara- dile que la amé muchísimo y que todavía la amo…

Tras aquellas palabras volvió a bajar la cabeza… apretó los ojos y suspiró… seguidamente volvió a coger aire y tomó la palabra…

– Explícale que esperaba que ella nos siguiera para que todos pudiéramos vivir juntos y felices en el Nuevo Mundo.

El niño no hizo ningún gesto… no pronunció ninguna palabra…

Michel volvió apretar los pequeños y temblorosos hombros de su hijo mientras grababa en su mente una última imagen de sus pequeños… aterrados…tristes…confundidos…

Poco a poco el sonido de los llantos, las despedidas, la amargura, la histeria y el nerviosismo volvieron a aumentar progresivamente sus decibelios.

Todo retornaba a la realidad…

Un gesto de Michel Navratil al iracundo marinero hizo que éste cogiera en brazos a sus hijos y traspasara el cordón.

Una vez en las filas de personas que esperaban para embarcar en los últimos botes, los pequeños fueron entregados a una mujer.

Ésta los abrazo como haría su mujer…

Como haría en aquel momento su madre…

Entonces… sin mirar atrás… alicaído y sin fuerzas… compungido y con sus brazos lánguidos… se giró para lentamente caminar hacia su destino… hacia su muerte…

Ya nada importaba…

Nada…

No fueron pocos los dramas humanos que se vivieron la noche del 14 al 15 de abril de 1912 cuando el Titanic, transatlántico insumergible según la creencia de la época, chocó contra un iceberg.

Estos dramas despertaron lo mejor y lo peor del ser humano dejándonos grandes relatos de los acontecimientos y vomitivos actos de codicia y sin razón.

No ha sido fácil elegir uno, ya que, cuanto más indagaba, más difícil era seleccionar uno. Finalmente, la foto de estos dos pequeñitos me atravesó de lado a lado para hacerme sentir qué sensaciones tuvo que experimentar el padre en tales circunstancias.

Pero dejemos de lado mi reflexiones y sepamos que ocurrió posteriormente…

El cuerpo de Michel Navratil fue recuperado días más tarde del hundimiento con el billete que certificaba su identidad y un revólver. Fue enterrado en el cementerio de Barón de Hirsch Cemetery.

En cuanto a los dos pequeños, fueron cuidados por la señora Margarita Hays hasta que su madre, Marcelle Navratil los identificó al ver una fotografía en el periódico Fígaro.

En este periódico se les bautizaba como los huérfanos del Titanic.

Finalmente, tras demostrar que era su madre, se reunió con ellos el 16 de mayo.

Volvieron a Francia en un barco de la White Star Line llamado RMS Oceanic.

En cuanto a los pequeños decir que Michel Marcel Navratil, se casó y fue un brillante profesor de filosofía. En 1987, volvió a Estados Unidos para celebrar el 75 aniversario del hundimiento. Moriría a los noventa y dos años de edad siendo el último varón sobreviviente.

Su hermano, Edmond Roger Navratil fue arquitecto y decorador de interiores. Durante la Segunda Guerra Mundial luchó en el ejército francés y fue capturado. Aunque consiguió escapar del campo donde estaba su salud fue altamente dañada y falleció en 1950 a la edad de cuarenta y tres años.

Como curiosidad decir que en la foto aparecen como Lolo (Michel) y Momo (Edmond) pues el padre oculto su identidad. De igual manera, su padre Michel Navratil se ocultó bajo la identidad de Louis M. Hoffman, amigo que le proporcionó la identidad falsa.

El drama del Titanic…la leyenda…la conspiración…la historia…

Autor: José Antonio López Medina

La Muerte de Larra

Dolores Armijo lanzó las cartas sobre la mesa con el despreció característico del que ya no siente nada, mientras de manera contundente y lapidaria, sin espacio a réplica o argumentación, sentenciaba…

– Voy a volver con mi marido. Nunca debí alejarme de él. Todo ésto ha sido un error.

Tras aquellas palabras cargadas de determinación y fuerza, se giró ciento ochenta grados para dirigirse hacia la puerta de salida.

Tras ella, siguiendo sus pasos, su cuñada, la cual, había acompañado a Dolores en el dificultoso trance para evitar que ésta se echara atrás en el último momento.

No hubo un segundo de duda o titubeo…

Dolores Armijo giró el pomo de la puerta y salió al pasillo. Tras ella, su cuñada, la cual, se entretuvo unos segundos para cerrar la puerta mientras cruzaba, por última vez, la mirada con Mariano José.

Cuando la puerta cerró, una profunda sensación de vacío lo ocupó todo mientras el silencio, agudo y absoluto, lo sometía todo a su ley.

Todo era quietud…

Todo era silencio…

Sólo su corazón, definitivamente destrozado en mil pedazos, resonaba en aquella estancia…

Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…

Quietud… silencio… y un corazón…

Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…

Su mente, bloqueada y enloquecida era agitada violentamente por la tristeza y la desesperación más agónica e hiriente mientras que su corazón…en el absoluto silencio y la pétrea quietud seguía latiendo…

Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…

Tragó saliva…

Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…

Cerró los ojos…

Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…

E intentó llorar…

Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…

Pero entonces, uno de los demonios encargados de empujar a los hombres al abismo, se acercó a su oído para susurrarle lo que podía hacer para poner fin a aquel sufrimiento.

La pena y el dolor se incrementaron haciéndole insoportable asimilar los dulces consejos de paz que aquel demonio le susurraba…Sin embargo…dulces como el primer caramelo que prueba un niño en su vida, fueron entumeciendo su resistencia…adormilando su razón…

Cuando fue consciente, ya era demasiado tarde…

Aquel demonio le había abrazado…le acariciaba suavemente su alma…le prometía alivio y paz…

Ya no podía hacer nada…

Ulises había roto las cuerdas que le ataban al mástil para dirigir su embarcación contra las sirenas.

No tenía escapatoria…

Lentamente…embriagado por el dulce susurro, abrió sus ojos… a continuación, abrió el cajón de su escritorio… rebuscó entre sus cosas hasta aferrarse a la pistola que allí guardaba…

El frío metal le estremeció, pero ya todo daba igual… no había otra salida…no había nada por lo que seguir respirando…luchando…viviendo…

El demonio, que lo observaba todo encaramado con sus garras sobre su espalda sonrió mientras su cuerpo, percatándose que su voluntad ya no era regida por su persona, intento enviarle señales…

Pero era tan tarde…

Sus oídos comenzaron a pitar… Su boca se resecó… Y su corazón…palpitante y sonoro…comenzó a galopar…

Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…Toc Toc…

Más rápido…

Toc Toc Toc Toc…Toc Toc Toc Toc…

Mucho más rápido…

Toc Toc Toc Toc Toc Toc Toc Toc…

Su mano empezó a ascender lentamente…

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

El cañón de su arma se posó sobre su sien…

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

El demonio dibujó una amplia sonrisa mientras salivaba…

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas y las fuerzas comenzaron a flaquearle… pero el demonio susurró… y su mano volvió a recuperar la firmeza…

¡TOC!¡TOC!¡TOC!¡TOC!¡TOC!¡TOC!¡TOC!

Entonces todo quedó estático… silencioso…congelado… su corazón dejó de latir…

Tan sólo un instante… un pequeño e insignificante instante…

Pero que importaba aquello…

Nada realmente importa…

Nada…

¡BANG!

El cuerpo sin vida de Mariano José Larra cayó, inerte y sin vida, como un juguete roto, contra el suelo de su despacho al mismo tiempo que el demonio del suicidio se escabullía entre las sombras satisfecho y feliz.

Pero aquella dramática escena no había terminado…

Minutos después, su hija Baldomera, de seis años de edad, fue a dar un beso de buenas noches a su querido papá…

¿Hay atrocidad mayor?

En palabras de Robert Louis Stevenson… la persona que se casa pierde el derecho a suicidio…(está obligada a luchar por sus hijos y por todos aquellos que les necesitan)

Pero dejemos de lado la reflexión para dar unas pequeñas pinceladas…

Mariano José Larra, escritor, periodista y político, es considerado uno de los mayores exponentes del romanticismo español junto Bécquer, Rosalía de Castro y Espronceda.

Con una vida tumultuosa en cuanto al amor y prolífera en cuanto a trabajo, decidió quitarse la vida el 13 de febrero de 1837 en su casa de la madrileña calle de Santa Clara.

Su entierro estuvo a punto de ser humillante, ya que como se sabe, a los suicidas no se les enterraba en suelo sagrado. Pero finalmente, tras las presiones de la Juventud Literaria, se le consiguió dar sepultura en cementerio.

En un principio se le enterró en el cementerio norte ( situado detrás de la glorieta de Quevedo). Años más tarde, en 1842, sus restos serían trasladados al cementerio de San Nicolas ( en la calle Méndez Álvaro). Finalmente, en 1902, se trasladan por última vez los restos al cementerio Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz para depositarlos en el Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles.

Autor: José Antonio López Medina

Las alimañas de Waterloo

Jean Pierre era una alimaña.

Un ser carroñero y sin escrúpulos pulido por la pobreza, la injusta y la cruel vida de los bajos fondos de mil y una ciudades que, al igual que cientos de sabandijas de diferentes nacionalidades, había seguido a los ejércitos de Francia, Inglaterra, Holanda y Prusia para hacerse con todas las cosas de valor que pudieran al finalizar la contienda.

Por esa razón, cuando los cañones y los moquetes se silenciaron, los gritos de furia, terror, odio y muerte se acallaron y las arengas y alaridos de victoria cesaron, tapó su cara con un trapo, cargó a su hombro un saco y guardó en su bolsillo unas tenazas para, a continuación, encender un pequeño y ennegrecido candil que le debía iluminar el camino a seguir hasta el campo de batalla.

Sus acelerados pasos y la tenue luz del vacilante candil le hicieron llegar rápidamente al lugar deseado.

Justo antes de llegar, un viento procedente del norte hizo que su nariz se arrugara, pues, el punzante olor a sudor y heces, el metálico olor a sangre y el húmedo olor a tierra removida, habían traspasado las fibras del pañuelo que tapaba su nariz y su boca.

Cualquier otro hubiera quedado petrificado, pero a él, aquello no le detuvo… Ya había olido aquellas desagradables fragancias en otras ocasiones…No era la primera vez que rapiñaba…Sería falso no decir que aquello le afectaba, pero para él, pero compensaba aquellas dudas con el pensamiento certero de que aquellos aromas eran para él el olor del dinero y la despreocupación de tener algo que llevarse al estómago.

Así pues, con estos fétidos olores golpeándole por doquier y la visión del sin sentido más irracional, caminó alejándose de tantos otros oportunistas que, como él, se habían acercado a rebuscar entre los caídos.

Instantes después, sus pasos le alejaban de todos hasta quedar rodeado por los cuerpos sin vida de más de 50.000 hombres y la profunda oscuridad de la noche, la cual, sólo retrocedía ante los rayos de luz proyectados por su candil.

El silencio chirriante de cientos de cuerpos sin respiración, el olor intenso y delirante de los flujos vitales, las entrañas y el barro lo envolvían todo sumergiendo a Jean Pierre en una campaña de irrealidad y sin sentido.

Cada paso dado entre aquellos cuerpos le hacía parpadear mientras intentaba mantener la calma, pues, aunque como antes he dicho, no era la primera batalla que rapiñaba ¡que ser humano, tenga el alma negra o podrida, no tiene la tentación de salir corriendo para alejarse de aquel horror!

Con su corazón galopando desbocado, cerró los ojos y aspiró profundamente llenando sus pulmones con el denso y corrompido aire.

De esta manera, tras varias y profundas exhalaciones, consiguió templar sus nervios mientras en el interior de su mente una voz le decía «Cálmate inútil, sólo son muertos que te han dejado sus cosas para que tu puedas comer».

Poco a poco consiguió volver a tomar las riendas de su ánimo hasta que, al fin, se vio con las fuerzas y la frialdad necesaria para volver a abrir los ojos.

Nada había cambiado a su alrededor…Nada se había movido o alterado…Sin embargo, él ya no era el mismo que hace unos minutos…Él ahora se había vaciado de toda humanidad y empatía para ser un carroñero… Una vez más… Una alimaña…

Con aquel estado alterado y vacío de toda humanidad, comenzó a realizar lo que había ido a hacer…

Uno tras otro, automatizando sus movimientos sin dejar que la visión vacía y fría de los cuerpos le afectara, registraba sus mochilas, sus casacas o corazas, sus armas y su boca…Sobre todo su boca…

Ya que, ésto último era lo que él, especialmente, había ido a buscar, pues un cirujano de Bruselas que tenía la habilidad de realizar prótesis dentales le solía comprar piezas dentales a buen precio para crear dentaduras que permitieran a los nobles y burgueses masticar las sabrosas carnes estofadas y asadas que se servían en sus mesas.

Durante años rondó los cementerios haciéndose con diferentes piezas dentales, pero la creciente demanda desde que el azúcar de America podría las dentaduras y la exigencia de calidad de los repuestos, hicieron que Jean Pierre se lanzara tras los ejércitos para conseguir dientes y muelas de gente joven.

Esto hizo que el cirujano y sus clientes belgas quedaran encantados con el producto, exigiéndole mayores cantidades.

Unas cantidades que estaba seguro poder conseguir aquella noche.

Así pues, se puso manos a la obra…

Con su mente vacía de toda emoción y sus movimientos automatizados, abría las desgarradas y desencajadas mandíbulas de los soldados, acercaba el candil y analizaba la calidad de los dientes y las muelas del cadáver con la esperanza de encontrar piezas sanas.

Cuando daba con alguna muela sin picar o dientes sin desgaste, sacaba sus tenazas y lo arrancaba con cuidado para no dañarlo. Seguidamente, lo limpiaba con sus dedos y lo introducía en una pequeña bolsa que llevaba dentro del saco.

Minuto tras minuto fue llenado poco a poco aquel pequeño saco de dientes, colmillos, premolares y molares hasta que, inesperadamente, algo le hizo caer de espaldas al mismo tiempo que un escalofrío recorría todo su ser.

Jean Pierre no esperaba aquello…

– A…A…Agua…Por fa…vor…

Aquel soldado francés, inerte y frío que había sido atravesado de lado a lado por una bayoneta, no estaba muerto.

En un principio Jean Pierre había actuado como con otros tantos. Había escudriñado su cuerpo para saber como había muerto, para, seguidamente, rebuscar en su casaca y mochila mientras localizaba su arma. Sin embargo, para su sorpresa, cuando fue a abrirle la boca, éste había abierto repentinamente los ojos…

Aquel soldado estaba moribundo, no muerto…

– Agua…Agua…

Jean Pierre, recompuesto ya de aquel susto, no contestó…

– Por favor…Por favor…Agua…

El soldado no tenía ni la más mínima posibilidad de sobrevivir. La bayoneta le había atravesado el estómago rompiendo su columna. Era inútil ayudarle… Sin embargo, aquel moribundo soldado sentenciado a muerte si le podía ayudar a él…

Sin cruzar palabra alguna con el sediento soldado se abalanzó sobre él.

El soldado, confuso ante la inesperada e inhumana reacción de aquel hombre, reunió las pocas fuerzas que le quedaban para gritar pero poco pudo hacer, pues Jean Pierre introdujo un trozo de tela en su reseca boca para atenuar el sonido producido por su grito de horror.

Fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los del aterrado joven, el cual, muerto de miedo había sido apresado por el desconcierto y la desesperación más hiriente.

No se podía mover…Solo podía gritar… Pero aquello no servía de nada… La tela amortiguaba aquel sonido dejándolo en su interior…

Jean Pierre, que tenía claro que nada le detendría, se acercó al oído del joven para hablarle entre susurros.

– Cállate. Vas a morir. La herida que tienes no se puede curar.

Aquellas palabras hicieron que el joven dejara de gritar. Él sabía que no tenía remedio, sin embargo, no había perdido la esperanza…

– Así que deja de gritar y hazme ésto más fácil ¿Entendido?

En un principio el joven soldado albergó la esperanza de que aquel hombre encorvado y maloliente le fuera a dar descanso sesgándole su vida, pero Jean Pierre no era ningún santo de la caridad, si no un ser oscuro y avaricioso que se había vaciado de humanidad y emoción para conseguir unas monedas.

Así pues, cuando Jean Pierre sacó las tenazas de su bolsillo, el joven lo entendió todo…

Una vez más, reunió las últimas fuerzas que pudo e intento cerrar la boca para que aquel monstruo no le despiezara, sin embargo, aquella alimaña ya tenía muchas tablas…

Al observar que aquel joven incapacitado de movimiento cerraba las mandíbulas con fuerza para impedir que las tenazas entraran en su boca, le agarró la nariz para que no pudiera respirar.

Durante varios segundos, con paciencia y frialdad, vio como el joven se resistía a abrir la boca para respirar hasta que, finalmente, la angustia le hizo claudicar.

Ese momento fue aprovechado por Jean Pierre para introducir las tenazas…

Las lágrimas de miedo, dolor y angustia comenzaron a correr por el rostro del moribundo joven mientras la alimaña hacía crujir las raíces de sus muelas y sus dientes inundando su boca de sangre…

El joven… Incapaz de defenderse o revelarse lloró amargamente ante la injusticia… Ante la falta de humanidad…

Cuando Jean Pierre terminó de sacarle el último diente le miró al congestionado rostro de dolor, humillación y terror para decirle.

– Lo siento de veras… Rezaré por ti… Espero que todo acabe pronto …

Después de aquello, sin dedicarle un minuto más, continuo con su tarea… No tenía tiempo que perder…

Sólo había sido un soldado más…

Unos dientes más…

Los dientes de Waterloo, conseguidos de los jóvenes fallecidos en la batalla acontecida el 18 de junio de 1815, miles de protésicos europeos elaborarán dentaduras de gran calidad.

Éstas, sólo al alcance de los adinerados, eran muy preciadas, ya que, las que se elaboraban anteriormente se realizaban con dientes de animales que al perder el esmalte producían un olor nauseabundo (Sólo unos pocos, como George Washington, se podían permitir anteriormente dientes humanos provenientes de sus esclavos).

Así pues, la gran cantidad de éstos y la calidad de los mismos hicieron que todo hombre o mujer acomodado quisiera tener una prótesis de los dientes de dichos soldados para subsanar las pérdidas dentales producidas por la caña de azúcar.

Como veis, los negocios siempre han estado por encima de la humanidad…

Autor: José Antonio López Medina

Véra Obolensky

– ¡Se le declara culpable!

Tras aquella sentencia dejo de escuchar las contundentes y agresivas palabras de los jueces alemanes.

Aquella sentencia era previsible…

Nunca albergó la esperanza de ser absuelta ¡Faltaría más! Ella era culpable y estaba orgullosa de que así la consideraran. De hecho, había luchado con tesón para serlo mientras focalizaba su privilegiada inteligencia y su afilada astucia con determinación y convencimiento para dañar en todo lo que le fuera posible al Tercer Reich.

Por esa razón, el 16 de diciembre de 1943, cuando la Gestapo entró en el domicilio de su amiga y compañera de resistencia Sofka Nossovitch en la rue Saint-Florentin, sólo pudo sentir la impotencia propia del que sabe que todo ha terminado…

– Así pues, tras la deliberación de estos jueces y la valoración de las pruebas expuestas en este proceso, se le condena a muerte.

El cuerpo debilitado de Véra Obolensky no pudo evitar sentir una electrificante sacudida…

¿Quién no la sentiría al verse a merced de aquellos demonios disfrazados de hombres de justicia?

¡Su sed de venganza sería saciada con la sangre de sus propias venas mientras se ensañaban con la carne de su cuerpo!

¡Pagaría por todo lo que había hecho con creces!

Pero ella era distinta… No penséis que tembló por el miedo que, cualquier mortal, sentiría ante la cruel parca…No… Ella no era así… Aquel golpe invisible propinado por la contundente sentencia capital por parte de aquellos hombres sin alma no le hizo nada más que sentir pena…

Una profunda y angustiosa tristeza mientras la resignación y la impotencia se apropiaba de su ánimo…

¡Véra Obolensky no temía a la muerte! Sabía que ésta algún día llegaría…Sin embargo, la sensación de que todo llegará a término en su vida le apenaban, pues sintiéndolo mucho, ya no podría ayudar más a la resistencia recopilando información, ayudando a prisioneros de guerra a escapar o manteniendo correspondencia secreta con los aliados…

Ya no podría infundir jamás ningún daño al terrible dragón germano surgido del mismísimo infierno…

Todo a su alrededor había sido silenciado por sus entristecidos pensamientos, pero de repente , la voz firme y agresiva del juez cambió de tono arrancándole de sus pensamientos para devolverle a la realidad.

– Sin embargo, contra su pensamiento y convicción, no somos hombres sin alma ni principios. Por esa razón, este tribunal militar ha decidido ofrecerle la oportunidad de firmar, como hizo su compañera de insurrección Sofía Nosovitch, una petición de misericordia.

Cuando el juez finalizó de exponer la humillante propuesta, una de las secretarias se acercó al estrado para recoger el papel. Seguidamente, con paso firme y sonoro, se dirigió hacia el lugar que ocupaba la joven Véra.

Ésta, determinada y firme, observó el bello y pulcro rostro de la joven alemana, percatándose así, que en aquellos ojos sólo había automatismo…No existía empatía alguna… humanidad…

Aquella fría visión le hizo recordar como su amiga Sofía, mencionada por el monstruo germano que decía ser juez misericordioso, había rogado misericordia tras haber sido sometida a torturas consistentes en inmersiones en agua helada para comprobar la resistencia humana…¿Quién no la pediría en tales circunstancias?

– Firme y será trasladada a un campo de trabajo.

Véra Obolensky bajó el rostro y observó detenidamente el papel que se encontraba frente a ella.

Todo era silencio y quietud mientras la mente de la joven bullía…

¿Qué hacer ante aquella tentación?

Si aceptaba firmar salvaría su vida ante aquel órdago que el destino le había lanzado, sin embargo, aquella firma le acarrearía un sufrimiento moral que nunca cesaría, pues firmando, esquivaba la muerte para luchar por sobrevivir pero, por otra parte, en el interior de su corazón, en las profundidades de su alma sabía que si firmaba estaría muerta en vida, ya que, renunciaría cobardemente a todo lo que había hecho y en todo lo que había creído por el temor a morir…

Aquella firma la alejaría del sufrimiento pero les otorgaba la victoria a aquellos salvajes sin humanidad… A aquellos a los que había jurado eliminar para siempre de la faz de la tierra.

¿Estaba dispuesta a otorgarles la victoria en el último momento?

Por supuesto que no… No podía traicionarse a sí misma…

– No lo piense más, conservará su vida.

Véra Obolensky cerró los ojos… Apretó lo puños y tomó aire para gritar a pleno pulmón y con contundencia la decisión más difícil de su vida…

– ¡Jamás firmaré! ¡Me ha oído! ¡Jamás!

El tribunal militar ni se inmutó cuando la joven, con voz firme y tono ensordecedor declaró su intención de rechazar la misericordiosa propuesta.

No era lo normal, pero ya estaban acostumbrados a ver ante ellos a verdaderos mártires.

– Qué así sea.

Aquellas palabras escuetas palabras por parte del arrogante y inalterable juez fueron selladas con un golpe de maza.

Su destino estaba sellado.

Véra Obolensky fue deportada a Alemania para ingresar en la prisión de Moabit en Berlín. Allí permaneció durante un mes hasta que fue trasladada a la prisión de Barninstrasse. Finalmente, el cuatro de agosto de 1944 fue guillotinada en la prisión Plöztzensee en Charlottenburg.

Su cuerpo fue entregado al laboratorio de Dr. Hermann Stieve, director del instituto de anatomía de la universidad de Berlín, ya que éste estaba estudiando el efecto del estrés y los factores ambientales en el sistema reproductivo de la mujer.

Su cuerpo jamás fue encontrado…

Su marido, que también participaba con la resistencia, consiguió sobrevivir al campo de concentración de Buchenwald. Al volver a casa, escribió un libro sobre su mujer. Finalmente, en su vejez, sin haber contraído otro matrimonio, se hizo sacerdote en la catedral de Alexander Nevsky.

En cuanto a Véra Obolensky, como reconocimiento a su valor, su determinación, su defensa y lucha de la libertad y sus valores firmes e intransigentes ante la crueldad, la injusticia y la maldad, se le conocerá póstumamente en 1958 la Cruz de Caballero de la Legión de Honor y la Croix de Guerre. De igual manera, se le concederá la Medalla de la Resistencia.

Actualmente, en el cementerio ruso de Sainte Geneviéve des Bois, existe una placa en su memoria.

Sirva este relato para hacer homenaje a esta mujer y todos lo que, como ella, impusieron sus principios en pro de la resistencia aún a costa de sus vidas porque todos nosotros vivamos en un mundo mejor.

Autor: José Antonio López Medina

Anastasia Romanov

Sus pasos hacían crujir el hielo bajo las suelas de sus botas mientras el gélido viento de febrero golpeaba sin compasión.

Por suerte, su salario, que por aquel entonces no era muy abultado, le permitía adquirir abrigos, botas y gorros de cierta calidad para soportar, en media de lo posible, las gélidas noches de Berlín.

Unas noches oscuras y solitarias donde se podía casi respirar la tristeza, la pesadumbre y la tragedia por haber perdido la gran guerra.

La regresión económica de aquel 1920 tras la capitulación habían producido grandes estragos en la sociedad alemana, la cual, era fustigada por aquellas fechas por el hambre, decadencia y la desesperación mientras intentaba imaginar un futuro mejor.

Debían tener esperanza…

Todo volvería a su cauce tarde o temprano…

Al menos eso pensaba aquel experimentado agente de policia mientras realizaba su ronda habitual por las riveras del canal del río Spree.

La desolación de aquella sociedad derrotada y humillada hace tan sólo trece meses, cambiaría…Solo había que soportar aquel mal trago para volver a recomponerse…Aún eran una nación fuerte…

Con aquellos pensamientos haciéndole olvidar las bajas temperaturas, continuaba caminando entre la densa y húmeda niebla que invadía el lugar.

Sólo el crujir del hielo rasgaba la quietud y la soledad mientras el murmullo casi inaudible del río, acariciaba el silencio.

Detuvo sus pasos y miró a su alrededor, pero como era de esperar, nada, excepto el río, se movía.

Envuelto en aquel mundo de serenidad, se quitó lentamente los guantes para buscar, en uno de los bolsillos de su abrigo, su cajetilla de tabaco y los fósforos.

Segundos después, el humeante cigarro pendía de sus labios mientras exhalaba el humo.

Éste, al ser expulsado por sus fosas nasales y su boca, se entremezclaba con el vapor producido por su respiración, generando así, una densa nube de humo.

De esta guisa permaneció durante varios minutos hasta que el cigarrillo se consumió casi por completo.

Era la hora de iniciar la ronda de nuevo.

Arrojó la columna al suelo y la pisó. Seguidamente, giró sobre sus talones para iniciar la marcha, pero entonces… Como si un cuchillo afilado hubiera rasgado la noche…

Una voz…

El agente quedó petrificado…

¿Le estaba pasando una mala jugada su imaginación?

Quieto, sin apenas moverse, contuvo la respiración…

Un segundo…Dos…Tres…Cuatro…

Pero justo cuando iba a expulsar el aire y sonreír, aquella debilitada voz volvió a llegar hasta sus oídos…

Una voz debilitada y burbujeante que provenía del río solicitaba ayuda…

Rápidamente, sin pensarlo ni un segundo, el agente se aproximó a la orilla del canal para intentar tener contacto visual con la solicitante de ayuda.

Este hecho no tardó en ocurrir…

Chapoteando sin apenas fuerza, un cuerpo menudo y delicado luchaba por mantenerse a flote para que la heladas aguas del Spree no la engullesen mientras era arrastrada corriente abajo.

¡Debía actuar si quería salvarle!

No había tiempo que perder.

Rápidamente se deshizo del abrigo y se introdujo en el agua.

Un dolor atroz seguido de un quemazón inaguantable petrificaron sus piernas y ahorrarían sus músculos, sin embargo, la determinación por salvar aquella joven le hicieron avanzar.

Paso a paso, sus pies se iban hundiendo en el fango dificultando su avance mientras las gélidas aguas iban ocultando su torso.

Al mismo tiempo, la débil voz surgía y se silenciaba acercándose a su posición arrastrada por la débil corriente.

Era cuestión de segundos que ambos impactarán…

El agente, con el palpitar de su corazón retumbando en sus sienes y su garganta mientras su piel se abrasaba por el frío, observó como un pequeño y delicado bulto estaba a punto de pasar junto a él por la izquierda.

No dudó.

Alargando sus brazos y abriendo sus manos consiguió alcanzar a la joven y atráela hacia él.

Ésta, sobresaltada por el contacto humano que se acaba de aferrar a su brazo, se sobresaltó lanzando un desgarrador aullido de terror.

¡No sabía quién o que la había agarrado! así que, en un último esfuerzo alimentado por el pánico, intentó zafarse. Por suerte para ella, el agente, de musculatura potente y fuerzas prácticamente intactas, evitó que se escabullera arrastrándola hacia la orilla.

Pero aún no estaban a salvo…

Debían evitar la congelación…

El agente, que estaba agarrotado y congelado, se incorporó como pudo y recogió su abrigo para envolver a la joven.

Ésta, de tez blanca como la nieve, cabellos castaños, rasgos bellos, finos y delicados, había perdido el conocimiento.

Todo parecía perdido… Sin embargo, al abrazarla para transmitirla algo de calor, sintió como aún respiraba débilmente, así que, inundado por la esperanza y movido por el deber, la cargó sobre sus brazos y corrió, atravesando solitarias avenidas y oscuros callejones, hasta el hospital más cercano.

Al llegar, la muchacha fue atendida con toda clase de cuidados, los cuales hicieron que recuperara el conocimiento pero no el habla. Por esa razón, incapaces de entablar conversación, la registraron como «Señorita Desconocida» y la ingresaron en un psiquiátrico, ya que, tras varios chequeos médicos y mentales, quedó demostrado que no estaba en sus cabales y que había intentado suicidarse arrojándose al río.

De esta manera permaneció durante dos años hasta que, un día, con voz trémula le dijo a la enfermera que la cuidaba…

– Soy Anastasia Romanov…

Cómo podéis imaginar el revuelo fue mayúsculo.

La noticia sacudió el mundo mientras aquella joven relataba como un soldado, que se había enamorado de ella, la había salvado antes de que su familia fuera asesinada. Después de aquello ambos vivieron un romance hasta que el soldado fallecido…Cuando aquello aconteció , perdió la memoria…

¿Era verdaderamente Anastasia Romanov?

Si así era, los Romanov conservaban la oportunidad de recuperar el trono algún día.

Como era de esperar, los parientes más cercanos que aún conservaban la vida, se interesaron por conocer a la joven. Tras entrevistarse con ella, algunos testificaron que eran la verdadera Anastasia mientras que otros, incluido el tutor de la corte, la tacharon de impostora.

Sin ponerse de acuerdo, en 1927, el hermano de de la zarina, encargó una investigación privada que dilucidó que la joven, de gran parecido con Anastasia, era en realidad Anna Anderson.

Esto les llevo a un pleito que se prolongó desde 1938 hasta 1970, cuando oficialmente se cerró, convirtiéndose en el juicio más largo de la historia de Alemania.

El veredicto final dijo que Anna Anderson no tenía suficientes pruebas para demostrar que realmente era la duquesa, dejando así la puerta abierta al misterio.

Años después, en 1984, Anna Anderson moría de neumonía y era incinerada.

Todo iba a quedar bajo las brumas del misterio…

Sin embargo, los avances científicos hicieron que, en 1994, se pudiera realizar un análisis de ADN con un pañuelo perteneciente a Anna Anderson y la sangre de un pariente de los Romanov como era el principe de Edimburgo, Felipe de Mountbatten.

Los resultados fueron definitivos…

Anna Anderson no era Anastasia Romanov, si no Franziska Schanzkowska, una polaca nacida en 1896 en Pomerania, que había perdido la memoria trabajando en una fábrica de Berlín.

Así pues, tras setenta y seis años de misterio, está joven engrosó la lista de falsantes que afirmaron ser Anastasia Romanov a lo largo de la historia.

En cuanto a la verdadera Anastasia Romanov, como bien saben, y revivimos hace varias semanas con el relato que publiqué, fue asesinada junto a sus familiares de manera salvaje, ya que, tras haber sobrevivido a los disparos perpetrados por los soldados, gracias a las joyas que su madre le había dicho que cosiera a su ropa, fue acuchillada con una bayoneta hasta la muerte.

Un mito…

Una leyenda…

Y como leen…

Una tragedia…

Autor: José Antonio López Medina

La Primera Guitarra de Elvis Presley

¿Que le iban a regalar?

Aquella pregunta y las ansías por abrir su deseado regalo apenas le habían permitido conciliar el sueño durante la noche.

Por norma general, siempre habían acertado, ya que, aunque no disponían mucho tiempo que dedicarle, solían preocuparse por conocer sus preferencias y deseos.

Así pues, el pequeño, que aquel ocho de enero de 1946 cumplía once años, estaba inquieto y expectante a la vez que nervioso por ver aparecer a su padre con su regalo.

Mientras esperaba sentado en el sofá de su casa junto a su sonriente madre a que su padre volviera del desván, sus agitados pensamientos formulaban, irremediablemente, fantasías aliñadas con deseos.

Así fue como, en su mente, se comenzó a ver montado en la bicicleta de gruesas ruedas, manillar cromado en color rojo y cuadro de color gris plateado, que estaba expuesta en la tienda de la calle mayor.

En su ensoñación se visualizaba recorriendo a toda velocidad las aceras y las intersecciones mientras la gente que iba dejando atrás le miraba con envidia y recelo mientras decían «Miradlo, nunca había visto un ciclista tan rápido».

Sin embargo, era posible que aquella bicicleta fuera demasiado para la sufrida economía de sus padres… Tal vez no debiera hacerse ilusiones con la bicicleta y si con la escopeta de perdigones que estaba expuesta en la armería de Tom’s Army.

Aquel rifle de pequeñas dimensiones, peso ligero y fuerza más que suficiente, era el arma perfecta para comenzar a aprender a disparar.

Aquel pequeño de diez años que estaba apunto de sumar un dígito más a su edad, había manifestado a su padre el deseo de poseer aquel pequeño rifle para disparar a botes de refresco y piedras. Además, para condicionar su decisión, había argumentado que podría ser la excusa perfecta para pasar más tiempo juntos.

Pero eso no era todo, sus amigos de escuela ya contaban con rifles parecidos para ir al campo a aprender a disparar junto a sus padres.

¿Por qué no iba su padre a regalarle aquel rifle si la bicicleta era muy cara? ¿Acaso iba su padre a permitir que los demás aprendieran a disparar y él no?

Seguro que no…

Él estaba convencido de que uno de sus dos deseos se cumpliría…

Mientras estas reflexiones eran espoleadas por sus fantasías y sus deseos, su madre, con el rostro sonrojado por la ilusión y la alegría de ver a su hijo tan expectante y deseoso, era incapaz de apartar la mirada de su hijo y borrar la sonrisa de su faz.

Ella, que con tanto esfuerzo y tesón gestionaba el poco dinero que su marido traía a casa, disfrutaba de aquel momento como si la sorpresa fuera a ser para ella.

Todo el racionamiento y recorte había merecido la pena por ver a su hijo con el rostro iluminado por la impaciencia propia de la ilusión.

Con aquella escena alargándose en el tiempo sin variar ni un ápice, transcurrieron varios minutos hasta que su padre hizo aparición en la sala de estar con un paquete de grandes dimensiones.

Éste estaba envuelto en papel de regalo de color rojo y tiras amarillas. En la parte superior, sujeto por una pegatina donde se podía leer «feliz cumpleaños» se encontraba un abultado y rimbombante lazo azul.

– ¡Felicidades hijo! Tu madre y yo esperamos que te guste.

El pequeño de once años recién cumplidos, observó el regalo durante unos instantes intentando adivinar su contenido.

Por el peso y el tamaño descartó inmediatamente la bicicleta… Sin embargo…¡Podía ser el rifle! ¡El tamaño cuadraba! ¡El peso también! Y el papel… ¡Parecía comprado en la tienda de regalos que estaba al lado de la armería!

Como un resorte el pequeño Elvis Aaron Presley salto del sofá y se abalanzan sobre el regalo para comenzar a desgarrar el papel.

¡Seguro que era el rifle! ¡Esa misma tarde iría con su padre a disparar!

Su madre, incapaz de contener la alegría y la felicidad de ver a su hijo tan ilusionado, agarró a su marido por la cintura y le dió un beso en la mejilla. Éste, que estaba disfrutando de aquel momento igual que su mujer, aumentó el tamaño de su sonrisa sin apartar la mirada de su hijo.

El pequeño Elvis Aaron Presley lanzó el papel a un lado mientras el lazo se deshacía y abrió la caja de cartón para observar su…

En aquel instante una sacudida electrificante sacudió el cuerpo del joven… una angustia atenazó su corazón y su estómago… Y la desilusión inundó de lágrimas sus ojos… Su garganta se paralizó y fue incapaz de pronunciar palabra… tan solo se levantó y llorando amargamente, corrió a abrazar la pierna de sus madre para descargar su tristeza…

Las sonrisas se hicieron añicos y el silencio, solo roto por los desconsolados lamentos, inundaron el salón…

En el fondo de la caja había una guitarra…

El padre de Elvis había pensado que, después de haber quedado quinto en el concurso de canto que se había celebrado meses antes en Mississippi-Alabama Fair and Dairy Show, le gustaría aprender a tocar y componer su propia música.

Aquel pequeño quería otra cosa…

Durante un tiempo la aparcó y no la quiso tocar, sin embargo, el destino había trazado un plan para este joven, y un año después, interesado por la música accedió a recibir clases del pastor y sus tíos.

Su timidez llamaba la atención y nadie apostaba porque algún día cantara en público, pero nuestras vidas ya están escritas.

Con la práctica, y sin hacer caso a todos los que se reían de él, comenzó a mejorar y se atrevió a realizar alguna que otra actuación.

Ésto hizo que se enamorara de la música y la música de él.

Al mudarse a Memphis vivió durante un tiempo en una casa de huéspedes hasta que les concedieron una habitación en un complejo público.

Por aquel entonces el joven Elvis era despreciado por su profesora de música por no tener actitudes para la música. Él, al día siguiente, llevó su guitarra a clase y cantó a la profesora para que cambiara de opinión, pero éste solo se reafirmó en su creencia… Elvis Aaron Presley no valía para la música.

Yo me pregunto que pensaría esa mujer años más tarde… Pero continuemos…

El joven Elvis continuó practicando y aprendiendo junto a amigos y un vecino mayor que él hasta comenzar a hacer anuncios.

Ya por aquel entonces dejó crecer sus patillas y se peinó su carismático tupé.

Al mismo tiempo, apartó su timidez y comenzó a realizar actuaciones y a participar en espectáculos.

Ésto le granjeó una gran popularidad.

Terminados los estudios, decidió apostar por la música, así que ingresó en los estudios Sun Records para realizar un disco que regalar a su madre y de paso, para que alguien se fijara en él. Cuando el técnico le preguntó:

-¿Cómo quien suenas muchacho?

Éste sonrió y dijo:

– No sueno como nadie.

Es cierto que ese disco no consiguió el objetivo que él buscaba, sin embargo, tiempo después, tras varios fiascos y otros tantos «no vales para esto » consiguió una audición con Eddie Bond, el cual, le dijo tras escucharle que continuara siendo camionero pues para la música no valía.

Increíble.

Pero el destino, como ya he dicho, tiene todo planificado, así que cruzó su vida con la de Sam Phillips, el cual, tras escucharle llamó a dos músicos locales para grabar junto a Elvis. La sesión se prolongó hasta la noche, entonces, cuando iban a darlo todo por perdido, Elvis cogió su guitarra y comenzó a tocar al mismo tiempo que saltaba, se retorcía y giraba.

El resultado de aquella grabación le lanzó definitivamente…Todos preguntaban quién era y de dónde había salido… Todos…

Acaba de nacer el Rey.

El resto de la historia ya la conocen, el 17 de julio de 1954 aparecía por primera vez en televisión… Meses después, siendo teloneros de Whitman, hizo que la gente se volviera loca entre sacudidas de piernas y canciones llenas de ritmo…

Único… Inigualable… Mítico… Y eterno…

Elvis Presley.

Para que decir más…

El resto ya lo conocen…

Autor: José Antonio López Medina.

Mozart y el Miserere

¡Aquel padre tendría su merecido! ¡¿Cómo podían haberse negado enseñarle las partituras?! ¡Qué era aquel desprecio!

El joven de catorce años, indignado ante lo acontecido el día anterior al visitar la Biblioteca Vaticana junto a su padre, caminaba con paso firme y decidido hacia la Basílica de San Pedro.

Aunque su enfado era más que considerable, intentaba no mostrar ese talante a las gentes que se encontraba, pues su padre firmemente insistía en que debía cuidar su imagen. Así pues, tragaba su bilis y sonreía o saludaba a todo aquel que se percataba de su presencia mientras dirigía sus pasos hacia dicho lugar.

Una vez allí, se identificaron en una de las puertas laterales hasta ser conducidos a la Capilla Sixtina. Lugar, donde habían sido invitados, junto a otros nobles y músicos, para oír misa aquel miércoles de Semana Santa de 1770.

O al menos eso parecería a los ojos de todos, porque lo que el joven tramaba no era atender a las sagradas escrituras, si no, escuchar lo que se le había negado ver.

Sin mediar palabra con su altivo, duro pero a la vez complaciente y adulador padre, se sumergió entre las gentes que hacían cola para entrar en la capilla.

Tras varios empujones y aceptar varias disculpas, entró y se situó en uno de los bancos laterales, a espera de que todo comenzara.

Los rostros de los presentes mostraban somnolencia a aquellas horas tempranas de la mañana mientras que los semblantes de los hombres de fé, habituados a realizar sus rezos, mostraban la seriedad propia del acto.

Pero todo aquello era ajeno al joven. Él estaba concentrado y alejado del lugar. Su mente, despierta y decidida, se calibraba y afinaba para poner en funcionamiento su privilegiada memoria, mientras su oído absoluto se agudizaba sensiblemente.

Ésto no se hizo esperar…

Minutos después, las campañas del exterior marcaban el inicio de la misa a celebrar en maitines.

El ritual comenzó siguiendo su cauce habitual. La lecturas de las sagradas escrituras, las oraciones y las peticiones pero entonces llegó el momento que Amadeus estaba esperando…

La Capilla Sixtina fue invadida por las notas elaboradas para el salmo 51, llamado del Miserere, por Gregorio Allegri en 1638 por encargo del papa Urbano VIII. El cual, había prohibido, bajo pena de excomunión, el reproducir dicha pieza fuera de la capilla pintada por Miguel Ángel.

¡Pero eso al joven austriaco le daba igual! ¡Él quería observar las notas elaboradas por el maestro Allegri!

Y cuando digo observar, es observar…

Cerró los ojos y ralentizó su respiración… Todo a su alrededor comenzó a tomar un cariz distinto…Una sensibilidad especial…Los sonidos atravesaban su carne para incrustarse en su espíritu…Cada nota era una caricia…Un beso imposible de olvidar…

Cuando aquella breve composición finalizó, el joven abrió los ojos y sonrió… Todo había quedado guardado en su interior…

Una hora después, Wolfgang Amadeus Mozart volvería a su alojamiento y reproduciría, nota por nota, el Miserere del maestro Allegri.

Sólo lo había escuchado una vez…

Genio inimaginable, eterno y único.

El Papa, al enterarse de dicha hazaña por parte del joven Amadeus, le concedió ser nombrado caballero de la Orden de la Espuela de Oro.

No era para menos…

Autor: José Antonio López Medina

Luisa Isabel de Orleans

La joven, injustamente burlada por el destino y maltratada por la vida, era incapaz de mirarse al espejo mientras su dama de compañía, aquella que se había mantenido firme y a su lado, ya fuera por convicción o imposición u orden, intentaba ocultar con maquillaje las marcas dejadas por la viruela.

Cada pincelada dada en lo que antes era un hermoso y joven lienzo sin imperfecciones, hacía que la joven, de tan sólo quince años de edad, sintiera una gran tristeza.

Su alma se encogía de dolor cuando veía cómo su anterior belleza, quedaba oculta bajo una densa y espesa capa de maquillaje alterando el color de su piel hasta parecer una muñeca de trapo viejo.

Aun así, sin fuerzas para observarse en el espejo, como antes hacía durante horas mientras le peinaban, intentaba contener en el interior de su alma las amargas lágrimas que, angustiosamente, intentaban brotar de sus ojos para aliviar la tristeza que sentía.

Ella, Luisa Isabel de Orleans, una joven de catorce años que fue intercambiada por el acuerdo que su padre, el regente de Francia Luis de Orleans, había firmado con el rey de España, Felipe V, por una infanta de cuatro años para firmar la paz entre sus reinos, había llegado a la península con la promesa de ser reina.

Tras casarse con el que sería Luis I, ésto no tardó en ocurrir, pues un desequilibrado Felipe V abdicó en su hijo.

Un hijo que sólo gobernaría en España doscientos veintinueve días, pues en agosto de 1724 contraería la viruela.

Aquellos recuerdos, proyectados en su mente frente al espejo, la hacían sentir el ácido del dulce que el destino le había colocado en sus labios para arrebatárselo, más tarde, de manera cruel y despiadada.

Era inevitable sentir el desasosiego de una profunda e injusta desgracia tramada por la providencia para arrebatarla todo.

Cierto era que su comportamiento no había sido el adecuado, pero no podía contener los impulsos de su cuerpo, bello, dulce y elegante, el cual, era articulado y dirigido por la mano de una naturaleza alocada.

Por esa razón, disfrutaba corriendo desnuda por los jardines mientras sentía la brisa, en ocasiones cálida y en otras fría, de su entorno. De igual manera, siendo instrumento o tal vez juguete de una naturaleza salvaje y caprichosa, se ofrecía carnalmente a los hermosos y bellos sirvientes de la corte, apuestos nobles e interesantes emisarios.

Ella era así… Libre… Bella… Joven…

¡El destino así lo había querido!

Pero sin embargo…

Recordar el día en que la comunicaron que su esposo había enfermado de viruela le hizo removerse en la silla. La dama de compañía detuvo su delicada labor para observar el rostro de la joven.

Éste, ocultó sobre un telón falso de color, se estremecía y agitaba ahogado por la pena y la tristeza más horrenda y angustiosa.

Ya que ¿Qué hay más importante que la belleza para una joven? ¿Acaso no lo es todo en esos años de esplendor y brillo?

Apiadándose de la joven sintió el impulso de posarle una mano sobre el hombro en un gesto por consolarla, pero cuando iba hacerlo, una voz firme y cargada de dolor dijo:

– Continuad. No os detengáis. Terminad con ésto.

La dama de compañía asintió y volvió a comenzar con la labor diaria con la que había sido emplazada.

La joven Luisa Isabel de Orleans, hermosa y alocada a partes iguales, retorno en su mente a las angustiosos minutos, horas y días vividos junto a su agónico marido, el cual, sólo era capaz de balbucear que la quería.

Cuando su llama se apagó, la oscuridad de aquella terrible enfermedad le atrapó a ella, pero no de forma letal, si no para regocijo terrible y cruel de aquel mal, dejándola marcada para siempre de manera horrenda y desagradable.

A sus quince años tenía la certeza de que ya nadie la querría jamás…

¡Lo iba a ser todo en la vida!¡Bella, irresistible y reina! pero sin embargo…

La joven cerró los ojos cuando intuyó que la última pincelada de maquillaje se había dado.

La dama de compañía se apartó unos pasos hacia atrás.

Al abrir los ojos y verse reflejada entendió lo cruel e injusta que es la existencia…

Días después, por orden de Isabel de Farnesio, al igual que lo haría de vuelta su primogénita desde Francia, sería devuelta a su tierra natal.

Pero esta vez, para Luisa Isabel de Orleans no estaba destinados los lujos y los placeres terrenales y carnales de Versalles, si no, el retiro y la reflexión de un convento.

El cruel destino no había acabado con ella…

Finalmente, tras dos años de cautiverio espiritual, marchó apenada, apagada, hundidas, triste y desconsolada a un palacio situado en Luxemburgo donde fallecería años después a la edad de treinta y tres años.

La historia de una reina…De una joven…De una vida…

Esta escena, al igual que partes de la vida de esta joven podrán disfrutarse el próximo día 15 de febrero con el estreno en cines de la película Cambio de Reinas.

Autor: José Antonio López Medina

Cambio de Reinas

– Esta preciosa.

La pequeña infanta, de tan solo cuatro años, iluminó dulce y delicado rostro infantil con una amplia sonrisa mientras sus grandes ojos centelleaban de ilusión.

¡Algún día sería reina!

Su madre, la ambiciosa y orgullosa Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, se lo había dicho antes de partir mientras intentaba contener las lágrimas.

¡¿Que madre podría contener las lágrimas al ver partir a su primogénita hija de cuatro años?!

Aunque el destino que la esperaba era grandioso ¡No la volvería a ver jamás!

Pero todo eso le era ajeno a aquella pequeña.

Para ella, una niña repleta de alegría y esplendor, viajar a Francia para contraer, en un futuro, matrimonio con el joven Luis XV, de tan solo 13 años, heredero directo al trono tras ver morir a todos sus familiares, era la mayor ilusión de su vida.

Desde que su padre y su madre le habían comunicado la noticia no había podido dormir pensando la vida de ensueño, esplendor, riquezas y alegrías que la esperaban junto al que sería su esposo.

¡Un futuro marido que a ella le parecía el hombre más guapo del mundo!

Desde que su madre le entregara su retrato no se había separado de él. No podía dejar de admirarlo e imaginar cómo sería su encuentro.

¡Seguro que se enamoraría de ella! ¡Los príncipes siempre lo hacen de las princesas cuando las ven!

Aquellos esperanzadores y entusiastas pensamientos hicieron que el rostro de la pequeña, inocente y frágil Mariana Victoria de Borbón y Farnesio se sonrojaran y se cubrieran por la pátina propia de la mujer que se siente afortunada.

Sin embargo, a cincuenta pasos de allí, en otra estancia de aquel palacio llamado île des Faisans, utilizado ya para que Luis XIV y María Teresa se conocieran en 1660, se encontraba la sobrina nieta de Luis XIV, Luisa Isabel de Orleans.

– Si me permite. Se encuentra deslumbrante.

Aquel cumplido por parte de una de sus ayudantes de cámara pasó inadvertido para la joven, la cual, angustiada y resignada con el destino que la habían impuesto, esperaba la hora de iniciar el intercambio.

Está joven, de tan solo catorce años y actitud y comportamiento cuestionable, hija del regente de Francia, Luis de Orleans y de la duquesa Francisca Maria de Orleans, había sido propuesta en matrimonio con el hijo primogénito de Felipe V, el futuro Luis I, en una maniobra política por restituir la paz entre España y la debilitada Francia.

La noticia, en contraposición a la pueril infanta española, había sido acogida con tristeza y recelo, pues no esperaba que sus padres la utilizaran de moneda de cambio con fines políticos.

Aun así, a pesar de su disgusto inicial, había sido convencida por su padre y su madre prometiéndola ser reina de España en cuestión de tiempo, ya que, como todo el mundo sabía, Felipe V era un hombre inestable dado a la depresión.

Sólo tenía que esperar unos años para ser reina, pues a diferencia de la infanta española, ella si se encontraba en edad de tomar matrimonio.

Ésto la aseguraba, si la salud de su joven marido se lo permitía, acceder algún día al trono de españa como reina consorte.

Aquellas vagas esperanzas sin ilusión ni anhelo entretuvieron a la joven hasta que un mayordomo apareció en la puerta.

– Señora. Es la hora.

Al mismo tiempo, en la estancia opuesta, la infanta española saltaba de alegría al recibir la señal dada por el mayordomo para dar comienzo al intercambio pactado entre el regente de Francia y el rey de España.

Dos formas distintas de afrontar este drama….

Dos caras de una misma moneda…

Cuando las puertas de las habitaciones se abrió, la niña inocente, ingenua y feliz comenzó a recorrer el pasillo que debía dirigirla al salón donde se realizaría el intercambio.

Durante el trayecto, sonrojada por el entusiasmo, iba iluminando con su hermosa sonrisa y su profunda mirada a todos los sirvientes y soldados que iba dejando a su paso.

En cambio, en el pasillo contrapuesto se vivía lo contrario. La joven, grácil y bella Luisa Isabel de Orleans caminaba cabizbaja, con los ojos brillantes y su alma atenazada por la pena y la resignación.

Los sirvientes y soldados que acompañaban su caminar intentaban disimular sus reacciones ante la alicaída actitud de la joven llamada a ser reina de España.

En aquel instante, en aquel pequeño palacio fronterizo entre España y Francia, se vivía la felicidad y la tristeza…La ilusión y la pesadumbre… El sueño y el drama…

Cuando la niña española apareció en la habitación todo se llenó de luz.

El rostro de los nobles y emisarios allí presentes sonrieron, levantaron sus barbillas y se asintieron unos a otros mientras se dedicaban miradas repletas de entusiasmo.

En cambio, cuando la joven francesa hizo su aparición en la sala todo pareció congelarse. Un manto frío y oscuro de tristeza, angustia y derrota hizo que todos los presentes, a decepción de la infanta Mariana Victoria de Borbón y Farnesio, bajaran la mirada y encogieran su alma.

¡Luz y oscuridad! ¡Alegría y tristeza!

Ambas se aproximaron lentamente como lo hace el sol y la luna en un eclipse para mirarse a los ojos durante unos instantes antes de abandonar todo lo que habían conocido durante su existencia.

La niña pudo observar la tristeza y la pena en el alma de su homóloga francesa, mientras que ésta, envidiaba la ilusión y alegría infinita que podía observar en aquellos ojos grandes y cristalinos incrustados en aquel bello rostro pueril.

¡Aquella niña española quería crecer para ser reina! ¡Aquella joven francesa quería ser niña de nuevo para volver a su hogar y no marchar!

Sin embargo, ellas no eran nadie para decidir…

Nadie…

Tras observarse durante unos segundos infinitos y eternos, ambas traspasaron el umbral marcados por dos moquetas de diferentes colores y dibujos mientras se seguían con la mirada.

El lugar lleno de luz se oscureció… Las tinieblas se iluminaron…

Volvieron a girarse, y tras realizarse mutuamente una reverencia, ambas se despidieron de sus pasadas vidas para volver a reinventarse…Para volver a forjarse…

Segundos después, sin volver a mirarse, salieron por los pasillos contrarios por los que habían entrado en la estancia.

Al marcharse, los nobles españoles y franceses se saludaron y siguieron a sus nuevas señoras.

El intercambio se había llevado a cambio…

¿Pero que fue de estas jóvenes?

La denominada niña-reina viajó a Versalles repleta de energía y alegría pero el joven rey Luis XV, que por aquel entonces necesitaba la continua aprobación y consejo de los que le rodeaban, no quedó satisfecho con lo que su tío, el regente le había conseguido como futura esposa.

Tras un tiempo, con las noticias trágicas que llegaban de España ( Ahora después os cuento) se decidió devolver a la infanta a España.

Está , que siempre amó al rey de Francia, volvió entristecida a España.

Pero su madre tenía planes para ella así que la caso con el rey de Portugal, José I, con el que tuvo cuatro hijos.

Al final del reinado de José I actuó como regente de Portugal y posteriormente fue asesora de su hija, Maria I de Portugal.

Finalmente falleció el 15 de enero de 1781 en Lisboa.

Por otro lado, al mismo tiempo, Luisa Isabel de Orleans, llegó a España y se casó con el futuro Luis I.

Éste se convirtió en rey con la abdicación del rey Felipe V, ya que había enfermado (Pensaba que el sol le atravesaba, que la ropa estaba envenenada, que era una rana…)

Pero éste rey no gobernaría mucho, sin embargo su mujer daría mucho de qué hablar.

Luisa Isabel de Orleans hacía muchas cosas extrañas. Se paseaba desnuda por palacio y sus jardines mientras ofrecía sexo a diestro y siniestro a todo lo que se encontraba. De igual manera, comía a deshoras todo lo que se encontraba.

Luis I se planteó encerrarla, así se lo hizo saber a su padre, sin embargo no le dió tiempo, pues enfermó de viruela.

La joven francesa, enamorada de su marido, permaneció junto a él hasta su muerte contrayendo ella misma la viruela.

Pero la joven francesa, al contrario que su marido, sobrevivió y superó la enfermedad.

Durante este tiempo, la infanta era devuelta a España así que Isabel de Farnesio decidió devolver a la joven francesa a su país.

Ésta ingresaría en un convento, pero como era lógico duró poco, así que se trasladó a un palacio de Luxemburgo donde fallecería a la edad de treinta y tres años.

Para finalizar, aconsejarles la próxima visualización de la película Cambio de Reinas que se estrenará en cines el 15 de febrero.

En ella se puede visualizar el instante que les he relatado y las posteriores vidas de las dos jóvenes con una interpretación sublime.

¡Así que, apunten la fecha y disfruten!

¡Yo por suerte, ya la he podido ver!

¡Y me encantó !

Autor: José Antonio López Medina

El Fin de los Romanov

– ¡Mamaaaa! ¡Mamaaaaa!

Los gritos de la habitación aledaña hicieron que Nikolái y Alexandra se despertaran sobresaltados, Al mismo tiempo que, sin margen para reaccionar, la puerta de su dormitorio se abría repentinamente propinando un golpe contra la pared.

En el umbral de la puerta, dibujando su silueta a contraluz, un soldado bolchevique, con voz firme y autoritaria se dirigía a ellos.

– ¡Levántense! ¡Necesitamos realizar un trámite!

Alexandra, que había comenzado a temblar profusamente, apretó la manta que los arropaba contra ella mientras con la mano izquierda buscaba el brazo de su marido.

Éste, estupefacto y desorientado por la repentina y brusca irrupción en medio de la noche, agarró la mano de su mujer y la apretó.

– ¡Dense prisa! Después podrán volver a sus estancias a descansar.

Dicho esto el soldado desapareció de su vista rumbo a la habitación de sus hijas, las cuales, reclamaban la presencia de sus padres, se resistían a obedecer y gritaban.

– ¿Qué es esto? ¿Qué va a pasar?

Nikolái , que no era capaz de entender nada de lo que estaba sucediendo, intento guardar la calma.

Él, como cabeza de familia debía transmitir tranquilidad. Cualquier gésto erróneo que transmitiera intranquilidad, temor o desasosiego contagiaría a todos.

– No será nada. No te preocupes. Sabes que están muy nerviosos desde que el ejército blanco a hecho avances. Salgamos, tranquilicemos a las niñas y veamos cómo se encuentra Alekséi.

El tono utilizado por el Zar sosegó en cierta manera la intranquilidad y el temor de su esposa.

Así que, ésta, algo mas serena, se incorporó y empezó a vestirse mientras Nikolai salía al pasillo.

El Zar era esperado en el exterior por un par de soldados que le observaron de arriba abajo.

Apenas había malgastado unos minutos en colocarse una pequeña chaqueta antes de salir del dormitorio.

Nervioso y preocupado, avanzó con paso firme hacia la habitación donde se encontraban sus hijas Olga, María , Tatiana y Anastasia.

Al entrar pudo observar como las tres primeras se habían acurrucado las uñas junto a las otras mientras tres soldados las combinaban entre gritos e improperios a vestirse y salir al pasillo.

– ¡Vestiros! ¡Ya!

– ¡No!

-¡He dicho que os vistáis!

– ¡Mamaaaa! ¡Mamaaaa!

Nikolái , que observaba petrificado la escena bajo el marco de la puerta, corrió a abrazar a sus hijas.

Seguidamente, con el rostro cargado de reproche, se dirigió a los soldados.

– Salgan de la habitación inmediatamente si quieren que mis hijas se vistan.

Los soldados, sonriéndose entre sí, asintieron mientras se daban media vuelta y salían al pasillo.

Cuando la habitación quedó vacía, el padre abrazo a sus hijas.

– ¿Donde está Anastasia?

– Se fue a dormir con Alekséi…

– Bien. Vestiros y salís al pasillo. Vuestra madre no tardará en unirse a vosotras.

– Sí, padre.

Tras aquella breve conversación se apartó de ellas y las miró al rostro. Éstos estaban congestionados por el miedo, la incertidumbre y las lágrimas.

– Tranquilizaos. Todo irá bien.

Después de aquellas palabras giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta que daba acceso al pasillo.

Antes de salir, Tatiana requirió la atención de su padre.

– ¡Padre! ¡Esperad!

Nikolái se detuvo en seco y giró su rostro.

– Sabe que madre nos ordenó que cosiéramos las joyas a la ropa interior. Debemos…

Nikolái , que conocía aquella treta elaborada por su mujer, interrumpió a la joven.

– No escondáis esas prendas. Llevadlas puestas como vuestra madreo os ordeno.

Sin tiempo para observar la reacción de su hija, abrió la puerta del dormitorio y volvió a salir al pasillo.

Al hacerlo, casi choca de bruces con uno de los tres guardias que anteriormente estaban presionando a sus hijas para que se vistiesen.

Ante este fortuito choque, los otros dos soldados sonrieron mientras que el implicado mantenía su colérica mirada al Zar.

Pero éste no tenía tiempo para entrenarse en niñerías. Su hijo Alekséi y su hija Anastasia se encontraban el la habitación del fondo esperándole mientras los soldados custodiaban la puerta.

Al llegar junto a ésta, ambos soldados se hicieron a un lado para permitirle el paso.

Cuando entró en la estancia Anastasia corrió a sus brazos.

– ¡Padre! ¿Qué ocurre? ¡Quieren levantar a Alekséi!

Nikolái apretó a su hija contra su pecho mientras observaba la escena.

Su hijo, muy enfermo y debilitado apenas se podía incorporar en su lecho. A su lado, discutiendo, se encontraba un soldado y el médico personal de la familia, Eugene Botkin.

– ¡Le aseguro que el joven está muy enfermo y no podrá levantarse por su propio pie!

– ¡Se tiene que levantar! ¡Hay que ir abajo!

– Por el amor de Dios! ¡¿Cómo quiere que lo haga?! ¡¿Acaso no ve el estado en el que se encuentra?!

– ¡He dicho que tiene que bajar y bajará!

Nikolái trago saliva antes de apartar suavemente hacia un lado a su hija Anastasia.

Seguidamente, entrometiéndose en la discusión, alzó la voz.

– ¡Yo bajaré a mi hijo en brazos!

El soldado, con el rostro enrojecido por la ira, mantuvo la mirada al doctor durante unos segundos antes de contestar.

– Tienen un minuto para salir al pasillo.

Después se giró y sin mirar el rostro del Zar salió dando un portazo.

– Salid al pasillo…

Anastasia dudó durante unos segundos, pues nunca se separaba de su querido hermano Alekséi, pero cuando el doctor inició el paso sin rechistar, ella hizo lo propio.

Cuando la habitación quedó en silencio, Nikolái se arrodilló junto a su hijo.

– ¿Cómo te encuentras? ¿Te han…?

La voz del Zar se entrecortó cuando su debilitado y enfermo hijo abrió débilmente los ojos.

– No padre… Estoy bien…Nadie me ha tocado…

– Bien.

Después de aquellas palabras se produjeron unos segundos de tenso silencio en el que el padre intentó contener las lágrimas y coger aire.

– Habrás escuchado que debemos bajar abajo.

– Sí, padre…Pero yo…

– No te preocupes… Yo te llevaré en brazos ¿De acuerdo?

Alekséi, asintió para responder a su padre.

Con la aprobación de su hijo, se inclinó ante él sintiendo su débil respiración sobre sus mejillas mientras pasaba su brazo izquierdo por su espada y el derecho tras su nuca.

Cuando se hubo asegurado de que el peso del muchacho cargaba sobre sus antebrazos tiró con fuerza hacia arriba hasta cargarlo sobre su pecho.

El joven muchacho de catorce años, al sentir el calor y el latir del corazón de su padre, se acurrucó.

Ya estaban todos…

Nikolái , Zar depuesto de la imperial Rusia, salió al pasillo cargando en sus brazos a su débil hijo.

Fuera, amedrentados, confusos y custodiados, le esperaban su mujer, sus cuatro hijas, el doctor, y los únicos dos sirvientes que les quedaban a su servicio.

– ¡Bajen las escaleras!

El Zar asintió y sin pronunciar palabra comenzó el descenso. Tras él, sin rechistar, caminaba su familia.

Al llegar abajo giraron a la derecha guiados por un joven soldado. Al hacerlo, pudieron comprobar cómo eran dirigidos hacia la puerta del sótano.

Fue entonces cuando Nikolái detuvo sus pasos…

Aquello no pintaba bien…

Un escalofrío recorrió su espina dorsal mientras su mujer y sus hijas le seguían, pero entonces, de una puerta aledaña, surgió un sonriente y despreocupado Yákov Yurovski, comandante encargado de tener bajo vigilancia y cautiverio a la familia real rusa.

– Nikolái , no tema ningún mal. Vamos a realizarles unas fotografías y después les sacaremos de aquí. La guerra se complica y no queremos que caigan en manos de nuestros enemigos.

El Zar, que quería creer las palabras del comandante, asintió y trago saliva, pero no inició el paso.

– ¡Vamos no se preocupe! Bajen. Terminemos con ésto y podrán descansar hasta que vengan a transportes.

Ante la desconfianza del Zar, el comandante sentenció.

– Le doy mi palabra de que ningún mal les aguarda.

Ambos hombres se miraron a los ojos durante unos instantes mientras el mundo se detenía.

Finalmente, Nikolái agachó la cabeza y dio el paso.

Un golpe de aire frío hizo que el Zar se estremeciera mientras sentía como su hijo se encogía.

Los escalones húmedos y desgastados que bajaban hacia el inhóspito sótano comenzaron a crujir bajo el peso de la familia real rusa y sus tres sirvientes.

– Padre…

– Tranquiló… Todo terminará pronto.

Y eso esperaba Nikolái …

En el fondo de su alma aún albergaba la esperanza de que aquel joven comandante le hubiera dicho la verdad. Tal vez aquel terror sólo fuera un sentimiento infundado por el propio estado de tensión y desconcierto que llevaban viviendo los dos últimos meses.

Debía confiar en el comandante…

¿Por qué no hacerlo?

Si hubieran querido hacerles algún mal no se hubieran tomado tantas molestias…

Podían haber acabado cualquier día con ellos disparándolos mientras dormían, o simplemente, envenenándolos en una comida o una cena.

Aquella reflexión hizo que sus negros pensamientos dieran paso a la esperanza y el ánimo.

Pero aquello era tan extraño…

Cuando llegaron abajo el sótano estaba vacío. No había ninguna mesa, ninguna silla, ningún cuadro, mueble, jarrón o cámara de fotos…

A su espalda resonó la potente voz de un soldado.

-¡Sitúense al fondo! ¡Junto a la pared!

Entre murmullos, todos y cada uno de los miembros de la familia fueron situándose junto al muro…

Al lado de estos, el doctor, el alicaído sirviente y la temporada sirviente, la cual, portaba un pequeño cojín que no paraba de apretar contra su pecho.

Cuando estuvieron colocados junto a la pared vieron descender dos soldados y al comandante Yurovski.

Al llegar abajo, se hizo el silencio…

Todos esperaban que el comandante les informara de su situación o su posible destino, sin embargo, lo único que obtenían por parte de los bolcheviques era silencio.

Nikolái , ante tal situación, comenzó a ponerse nervioso. Sus hijas y su mujer estaban inquietas. El doctor y los sirvientes petrificados.

Los minutos pasaban lentamente, pero nada ni nadie se movía…

Entonces una voz ronca y débil rasgó el silencio.

– Padre…¿Cuánto falta?

Nikolái miró a su hijo a los ojos. Sus pupilas se habían agrandado y su rostro había comenzado a tomar un tono blanquecino y brillante.

Alexandra, impotente ante lo que estaba sucediendo gritó.

– ¡Traigan inmediatamente una silla para mi hijo! ¡Ahora mismo!

Pero nadie se movió…

– ¡Comandante! ¡¿Me ha oído?! ¡Ahora mismo!

Éste, dándose por aludido miró a la escalera e hizo un gesto. Segundos después un soldado corría escaleras arriba para bajar dos sillas.

Cuando las situaron frente a ellos, Nikolai depositó a su hijo y se colocó tras él. A su lado, ocupando la otra silla, su madre, la cual, pasaba su delicada y fina mano sobre el rostro de su querido hijo.

Mientras tanto, la bellísima Anastasia y sus hermanas observaban angustiadas a los soldados.

Aquella situación agónica e incompresible se alargó en el tiempo durante unos minutos más hasta que de repente , como si alguien hubiera abierto las puertas a una muchedumbre, las escaleras del sótano comenzaron a crujir como si se fueran a romper hasta que varios soldados, con pistolas en sus manos y el alma cargada de odio, descendieron hasta situarse frente a la angustiada y aterrada familia.

Nikolái, incapaz de asumir lo que estaba ocurriendo miró a su familia…

Sus angelicales rostros, Los cuales buscaban a su padre para que les sacara de aquella horrible situación, le mostraron el miedo más hiriente…la angustia más atroz…la desesperación más oscura…

Con los ojos fuera de sus órbitas miró a su mujer…

– ¿Qué…? ¿Qué…?

No había respuesta…

Nikolái se sintió engañado…Traicionado…Y hundido…

Había fallado a su familia…Los había llevado al matadero…

– ¡Nikolái Aleksándrovich, en vista del hecho de que tus parientes continúan atacando a la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido ejecutarlo!

Fue entonces cuando el tiempo se detuvo…

Nikolái, con las lágrimas de impotencia y pena resbalando por sus mejillas intentó , en un último gesto, proteger a su amado hijo tapándole los ojos para que no observase el horror que se iba a llevar acabo… Al mismo tiempo, su mujer, la hermosa Alexandra ahogó un grito de terror en su garganta… Sus hijas se acurrucaron las unas contra las otras mientras los sirvientes quedaban petrificados…

¡BANG!¡BANG!¡BANG!

Olga no pudo terminar de persignarse…

¡BANG!¡BANG!

El pecho de Nikolái fue atravesado…

¡BANG!

El corazón de Alekséi se partió en dos…

¡BANG!¡BANG!¡BANG!¡BANG!

El doctor y los sirvientes se derrumbaron…

¡BANG!¡BANG!

Tatiana cayó al suelo…

¡BANG!¡BANG!¡BANG!

Anastasia y María también…

¡BANG!¡BANG!¡BANG!

¡BANG!¡BANG!¡BANG!¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!

Todo parecía haber terminado…Pero no fue así…

Los hombres habían muerto tras la primera ráfaga, sin embargo, las mujeres, que habían cosido sus joyas a la ropa interior, consiguieron detener los proyectiles quedando mal heridas en el suelo.

– ¡Las bayonetas! ¡Acabad!

Los soldados se acercaron a los cuerpos inertes de las jóvenes…

Incapaces de gritar ante el horror, el pánico y la tristeza de ver a sus padres, a su hermano y sus sirvientes tendidos sin vida, esperaron a que sus verdugos hundieran el frío acero de sus bayonetas en su carne…

No hubo más lamentos…

Ni más sollozos…

Solo silencio…

Pero aquélla agónica, macabra y delirante escena aún estaba por terminar…

Los cuerpos de la familia Romanov fueron llevados a un bosque cercano donde fueron mutilados y arrojados a un pozo. Más tarde, los restos serían enterraros en dos tumbas sin marcar en un campo llamado Porosenkov Log.

Más tarde, el ejército blanco, leal a la familia real, realizaría una investigación y ante la incapacidad por encontrar las tumbas, concluyó que los restos fueron quemados en una mina cercana.

Nunca se supo quien dió la orden…

En cuanto a la leyenda de Anastasia, reservó la información para próximas publicaciones.

Para finalizar, desde Historias de un Instante, quiero en cierto modo pedir perdón por hacer pasar un rato angustioso a mis lectores, pero creo que era necesario hacer ver y sentir en los tiempos que corren, los sentimientos y sensaciones que aquellos monarcas debieron sentir en el tramo final de sus vidas.

Hoy en día existen multitud de verdugos que desean, detrás de perfiles falsos con imágenes que ocultan su rostro, el mal ajeno.

Yo mismo lo sufrí hace unas semanas.

Así que me propuse convertir a esos verdugos en víctimas con este relato para que sintieran la angustia, el terror y la desesperación de estar al otro lado del patíbulo.

Empatizar nos hace humanos… Nos hace entender y respetar a los demás…Y nos hace no querer volver a hacer esto a nadie, sea rey, noble, famoso o mi enemigo de la esquina.

Y ahora, haced una cosa…

Observad detenidamente la fotografía y después mirad a vuestro alrededor…

Estoy seguro que tenéis a vuestra mujer, marido, padre, madre, hermano, hijo o hija al lado…

Dedicaros unos instantes a pensar cuanto les amáis…

Tengo la certeza que, al igual que yo hice, correréis a abrazarlos.

Autor: José Antonio López Medina

Santos San José y Como Consiguió la Laureada de San Fernando

Los bala se había alojado en su pecho atravesando mortalmente su pulmón derecho.

Con las fuerzas abandonando su ser, pues la herida era mortal de necesidad, había caído de rodillas mientras seguía manteniendo entre sus manos el fusil que había podido adquirir al morir el compañero que tenía al lado.

Su boca podía sentir el sabor metálico de la sangre y su respiración se entrecortaba mientras producía gorgojos.

A su alrededor, esparcidos por doquier tras haber intentado defenderse, los cadáveres de veintidós de sus compañeros.

Éstos habían sido sorprendidos por ochocientos rebeldes cuando estaban forrajeando en los terrenos del potrero Senado.

En clara inferioridad numérica, ya que los españoles sólo eran setenta y dos, intentaron desesperadamente plantar cara pero, las primeras descargas de fusílenos enemiga y las posteriores cargas a bayoneta y machete, terminaron por pasar por encima a los obstinados españoles.

Aun así, con un armamento irregular y descompasado, ya que todos no contaban con bayonetas o fusiles, plantaron una feroz oposición.

Pero aquello les había servido de poco…

Con la vista nublada y un fino pitido atravesando sus oídos, pudo apreciar cómo el resto de los supervivientes de aquella carnicería iban siendo apresados cuando aceptaban su rendición.

Ante aquella imagen sólo pudo agachar la cabeza.

Un silencio atronador comenzó a envolverle para sumergirle en una campaña de irrealidad, pero entonces, una voz atronadora le sacó del letargo precedente a la muerte.

-Entregad vuestra arma y rendiros.

El soldado corneta del batallón provisional de Puerto Rico N*2, Santos San José, natural de Valladolid, levantó lentamente el rostro.

-¡Me habéis escuchado! ¡Rendíos y tirad el arma!

Frente a él, montado en su caballo, se encontraba el insurrecto cabecilla Óscar Primelles.

Junto a éste, protegiéndolo y apoyándolos , había media docena de rebeldes. Éstos, demostrando su acción de combate minutos antes, portaban largos machetes embadurnados en sangre.

Santos San José intentó contestar pero sólo consiguió toser sangre.

-¡Entregad el arma y os llevaremos a un hospital! ¡Así lo hemos hecho con otros compañeros suyos!

El soldado español volvió a intentar responder, pero una vez, su boca se llenó de cálida sangre al toser.

Óscar Primelles, observando la herida mortal del soldado español, hizo un gesto a dos de sus soldados para que le arrebataran el arma, sin embargo, éstos se detuvieron en seco cuando Santos San José levantó su mano derecha.

Seguidamente, el mal herido soldado español, reunió las pocas fuerzas vitales que le quedaban y alzó su rodilla mientras volvía a aferrarse con ambas manos a su fusil con bayoneta.

Los rebeldes miraron a su cabecilla, pero éste los detuvo. Aquel soldado se merecía el honor de entregar por sí mismo su arma.

Mientras todo aquello sucedía, Santos San José había conseguido incorporarse por completo.

Tambaleante pero orgulloso comenzó a arrastrar los pies hacia la montura del cabecilla rebelde.

Cada paso era un tormento… Cada respiración una agonía…Sin embargo, paso a paso llegó a situarse junto a los estribos del cabecilla rebelde.

Éste, altivo y confiado, observó al obstinado soldado español que, cabizbajo, producía un angustioso sonido líquido al respirar.

-Entregue el arma.

Tras pronunciar aquella rotunda orden Óscar Primelles supo que algo no iba bien…

Su cuerpo quedó petrificado al observar cómo el recién levantado rostro del soldado español se inundaba por la furia y el coraje mientras su boca dibujaba una pequeña y sarcástica sonrisa.

Milésimas de segundo después, Santos San José, reunió todas las fuerzas vitales que aún albergaba su cuerpo para atravesar de lado a lado con su bayoneta el pecho del pérfido rebelde.

Éste, abrió la boca y los ojos todo lo que pudo mientras la vida se le escapaba y la oscuridad le envolvía.

Mientras tanto la media docena de insurrectos que estaban visualizando la escena quedaban congelados.

Nadie podía esperar aquel último arranque de resistencia y oposición por parte de un moribundo soldado a las puertas de la muerte.

Pero la valerosa y temeraria acción de Santos San José no había finalizado aún, pues extrajo la bayoneta del torso de su enemigo para descerrajar la última bala que le quedaba en el rostro de uno de los insurrectos que observaba petrificado la escena.

Después de aquello no pudo más…

El peso del arma le hizo trastabillar, desequilibrarse y poner una rodilla en el suelo.

Fue su final…

Superada la sorpresa inicial, los cinco rebeldes que habían presenciado el acto heroico se abalanzaron sobre él como hienas sedientas de sangre.

Sus machetes atravesaron su cuerpo una y otra vez mientras Santos San José era llevado por los angeles de la gloria y el honor al panteón de los héroes eternos.

Después de aquella acción, los herederos de Santos San José recibieron una pensión vitalicia de 400 pesetas mientras que nuestro héroe obtenía, a título póstumo, la mayor condecoración posible: La Laureada De San Fernando.

De igual manera, se debe recordar a los veintidós muertos en combate aquel día, al igual que los ocho fallecidos en el hospital por la heridas.

Entre estos muertos se encontraría el teniente Ardieta.

Por otra parte, el capitán Borrego consiguió huir aquel día junto a un sargento y dos soldados hasta llegar al pueblo de Minas.

Respecto a los apresados, tiempo después, todos excepto uno, que sería fusilado por ser un rebelde cubano, quedarían en libertad.

Desde Historias de un Instante mi homenaje al héroe.

Autor: José Antonio López Medina

Arbatán, El Cuarto Rey Mago.

– ¡Adelante! ¡Más rápido! ¡Más rápido!

La fusta golpeaba sobre los cuartos traseros del camello. Éste, azuzado por el punzante dolor, se estremecía y berreaba mientras aumentaba la velocidad y la cadencia de sus pasos.

– ¡Vamos! ¡Adelante! ¡Más rápido!

A su espalda, engulléndolo todo a su paso, una ola gigantesca de arena y polvo.

Ésta, se arrastraba por la superficie del desierto levantando piedras, arena y polvo mientras el viento huracanado y cálido que la hacía avanzar aullaba.

En un intento por rebelarse ante su sino, había iniciado la frenética huida hacia oriente, pero pronto fue consciente de que no se podía ignorar la cruel realidad…

Tarde o temprano sabía que sería alcanzado por aquella tormenta…

Toda evasión o esperanza de fuga era inútil…

No había nada que hacer salvo protegerse…

¡Debía encontrar alguna roca o saliente donde parapetarse si no quería morir sepultado por aquella tormenta de arena!

Entonces, ante él, como si el destino le hubiera concedido una pequeña oportunidad, aparecieron tres rocas puntiagudas de varios palmos de altura y un grosor considerable.

– ¡Allí amigo! ¡Allí! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡La fortuna nos sonríe!

Una vez más, tiro de la riendas para desviar su dirección mientras golpeaba al dolorido y agotado animal.

Mientras tanto, metro a metro, centímetro a centímetro, la tormenta iba tragándose la inmensidad para sumergirla en la oscuridad.

– ¡Ya estamos! ¡Vamos! ¡Un último esfuerzo!

El animal, apretó su musculatura para recorrer la distancia indicada por su jinete en el menor tiempo posible.

Al mismo tiempo, el tenebroso y asfixiante aullido del huracanado viento comenzaba a helarles la sangre.

Era cuestión de segundos que aquella furia incontestable les atrapase.

– ¡Ya estamos!

Sin apenas haber detenido al animal, desmontó. Al hacerlo, sus pies se hundieron en la arena.

Sus movimientos se volvieron lentos y torpes por la arena y el fuerte viento, pero aún así, consiguió sacar de sus alforjas una gruesa manta con la que protegerse junto a las rocas.

El animal, siguiendo su instinto, se colocó tras una gruesa roca mientras el jinete se pertrechaba, acurrucado, en un pequeño recoveco producido por la unión de las dos rocas restantes.

Aquellas piedras eran su única muralla… Su única salvación… El último escudo contra un feroz ejército de arena, roca y viento…

El estruendo fue creciendo a su alrededor…

El camello, al igual que el jinete, comenzaron a temblar…

Aquella oscura marea iba a envolverlo todo…

Sólo era cuestión de segundos …

Entonces, Artabán, rey venido de lejanas tierras al que otros esperaban para iniciar la marcha que les debía llevar a adorar al mesías, alzó su mirada al estrellado cielo para observar, por última vez, la luminosa estrella que indicaba el camino.

Instantes después una oscuridad opaca como los ojos de la muerte lo envolvió todo a su alrededor mientras el grito feroz del viento llenaba su alma de pánico y terror.

La bestia le había engullido…

Nadie sabe cuánto duró aquella tormenta, pero fue el tiempo suficiente para que la estrella que debía guiarle desapareciera del firmamento.

Además, para su desconsuelo, su amado camello no sobrevivió a la terrible tormenta. Cuando lo encontró, no pudo contener las lágrimas.

La arena le había asfixiado…

Sin consuelo y desorientado, vagó sin provisiones y sin rumbo durante días hasta que el cansancio y la sed le hicieron desmayarse.

A partir de ese momento, la leyenda y la historia se entremezclan, pues algunos narraron cómo el que debía ser el cuarto rey mago, murió. Otros, en cambio, hablan de un rescate milagroso que le devolvió a su reino.

Fueran estos u otros sus finales…

Artabán, pasará a la historia como el cuarto rey mago…

El que nunca llegó…

El que se perdió para siempre…

La leyenda de este rey mago se pierde en la historia, ya que, el número de reyes magos varía según las fuentes entre tres y treinta y tres (He llegado a ver que se habla, incluso de sesenta y seis). Además, debemos recordar que Mateo, que es el que habla de ellos, no especifica ni número ni raza. Este número sería ratificado en el siglo V por Papa León I el Magno.

Es cierto que la historia de Arbatán fue narrada por Henry Van Dyke en un cuento navideño titulado “El Otro Rey Mago”.

He de decir que yo, como autor (No quería escoger un fragmento de un relato ya realizado) me he tomado la licencia de imaginar cómo debió ser el Instante y la razón por la que aquel rey no llegó a su cita con Melchor, Gaspar y Baltasar.

Henry Van Dyke hizo lo mismo…

Según él, el rey mago sería retrasado por un mendigo que se encuentra de camino. Éste le pedirá comida y bebida. Tras ofrecerle lo que pedía le regalará un diamante (era el primer regalo que llevaba al mesías). Tiempo después, cuándo llegó a Judea, visualizó la matanza de los inocentes. Allí, sobornando a un soldado para que dejara de matar, le entregó un rubí (segundo regalo que portaba) aquel soborno salió mal y terminó en los calabozos. Su cautiverio duró treinta y tres años, así que al salir, viajó a Jerusalen para observar al niño que debió adorar, pero éste iba a ser crucificado. En la subida al Gólgota, se encontrará con una esclava que iba a ser subastada, así que, se apiada de ella y la libera con el último regalo que portaba, un pedazo de jaspe. El relato continúa hasta que Jesús muere en la cruz. Es entonces cuando los muros del templo caen y las piedras le golpean en la cabeza dejándole inconsciente. En aquel momento, Arbatán soñará con el señor. Este le dice: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”. Desorientado y exhausto pregunta: “¿Cuándo hice yo esas cosas?” y con la misma expiración recibe la respuesta: “Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí”. Finalizada la conversación, ascenderá junto a él al Reino de los Cielos.

Como podéis ver cada uno tenemos nuestra versión del porqué no llegó…

En cuanto a los tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar (Son tres oficialmente desde el siglo IX. Ya que aparecen así en el libro Liber Pontificalis. Además , se cree en este número por la referencia a los tres regalos que narra el apóstol y su relación con la Santísima Trinidad) se cree que podían ser tres Reyes llegados de Persia, el sur de Arabia y la India.

En cuanto a lo de magos, debemos olvidar el carácter literal, pues entonces se denominaban así a los eruditos que sabían de ciencias como la astrología y astronomía.

Para poner la guinda al pastel, comentaré el final de los tres Reyes Magos que todos conocemos.

Aquellos tres Reyes fueron bautizados por Santo Tomás. Después volvieron a sus tierras a predicar. Para ello, viajaron por multitud de pueblos pero aquello les hizo ganarse muchísimos enemigos, así es que, terminaron muriendo martirizados.

Sus cuerpos fueron enterrados juntos (Lo que nos viene a indicar que posiblemente eran familiares).

Siglos más tarde, más concretamente en el siglo IV, Santa Elena localizará su tumba y trasladará sus restos a Constantinopla. Más tarde, estos restos viajarían a Milán pero en el año 1162, el emperador Federico Barbarroja asediará la ciudad. Tras tomarla, se hará con los restos de los tres Reyes y los trasladará a la ciudad alemana de Colonia. Lugar donde se edificará una iglesia en su honor.

Actualmente, los restos de los tres Reyes Magos se encuentran en un relicario en la catedral de Colonia.

Visita que yo, personalmente, me apunto en mi agenda.

Autor: José Antonio López Medina

Las Mujeres de Palencia

La multitud estaba inquieta y expectante ante la convocatoria hecha por aquella mujer, la cual, permanecía estática en el centro de la plaza mientras las de mayor edad exigían a las presentes silencio.

-¡Silencio! ¡Mantened a las niñas y los niños callados! ¡Hay que escuchadla! ¡Silencio!¡Silencio!

Finalmente, tras varios minutos de regañinas y amonestaciones, todo fue dominado por un intenso silencio. Cientos de ojos se posaron sobre el rostro de aquella pequeña y enjuta mujer a la que la vida había tratado sin compasión.

Muchas penalidades, sufrimiento y desconsuelo habían observado sus ojos a lo largo de aquellos años, por esa razón, había decidido convocar a todas las mujeres capaces de empuñar un arma en la plaza mayor de Palencia.

Ella mejor que nadie sabía lo que se las venía encima…

– ¡Mujeres de Pa…Pa…Palencia!

Las palabras brotaban de su débil garganta arañando sus cuerdas vocales mientras el nerviosismo hacía que la temblaran las piernas.

La vergüenza y el terror propios de quien nunca se a dirigido a una multitud la hizo estremecerse.

Durante unos instantes estuvo tentada por la idea de darse la vuelta y huir, sin embargo, ella sabía que no podía claudicar ante aquella vergüenza, ante aquel temor, pues si lo hacía , sería el fin…

¡Debía revelarse ante el miedo!

¡Ante el sufrimiento!

¡Ante el temor!

¡Ante el cruel y despiadado destino!

¡Sus nietas, sus hijas y sus amigas no debían sufrir ni rendirse ante los caprichos de las parcas!

¡Solo había un camino…!

Tenían que luchar…

No había otra solución… Un inglés de la familia Lancaster, aprovechando la debilidad militar de Castilla y la falta de hombres para defender la ciudad, había decidido tomarla a sangre y fuego para conseguir un copioso botín.

La conquista sería rápida y sin apenas bajas, ya que en el interior, solo se encontraban ancianas, mujeres y niños.

Lo que este inglés no sabía era con quien había dado…

-¡Mujeres de Palencia escuchadme! ¡Como sabéis el enemigo ha sitiado nuestra ciudad y estoy segura que querrá tomarla!

Las niñas se abrazaron a las piernas de sus madres y estas, encogiéndose ante la realidad, apartaban la vista.

– ¡Terribles sufrimientos nos aguardan!

Alguna que otra niña comenzó a llorar desconsoladamente. Las abuelas o madres intentaron calmarlas, pero todo esfuerzo era inútil.

– ¡Mirad a la mujer que tenéis al lado! ¡A la niña que os abraza la pierna o llora desconsoladamente!

Lentamente, siguiendo la orden dada por aquélla temblorosa mujer de voz rasga, giraron sus rostros para observar a la mujer que tenían al lado, detrás o delante.

Fue inevitable que todas aquellas mujeres sintieran un escalofrío al observar en los ojos de sus iguales el terror y el pánico.

¡Mañana cundo la ciudad caiga seremos golpeadas, violadas y, en el mejor de los casos, asesinadas después!

Aquellas palabras hicieron que abuelas, madres, hijas y niñas se abrazaran.

– ¡Creéis que no se puede hacer nada contra esos crueles hombres! ¡Que no se puede evitar ese sufrimiento! ¡Pero os equivocáis!

Aquel arranque de ira y determinación hicieron que los llantos, los temblores y las lamentaciones cesaran.

– ¡No estoy dispuesta a que me golpeen , me violen y me maten! ¡Ya está bien!

La pequeña y enjuta mujer pareció crecer en altura. Su voz rasgada se volvió firme y determinada. Su semblante se llenó de ira y furia.

– ¡Nadie podrá con nosotras! ¡¿Acaso somos menos que ellos?! ¡¿Qué pensarían nuestros padres, maridos e hijos cuando volvieran y nos encontraran ultrajadas y rotas?!

Las mujeres presentes limpiaron sus lágrimas para cambiar su angustia y temor por decisión y coraje.

Ya no se abrazaban…

Ya no lloraban…

– ¡No lo permitiré! ¡Les haré frente con fuego y acero! ¡Con furia y valentía! ¡Defenderé mi hogar, a mis hermanas, hijas y nietas! ¡Y si muero lo haré con sangre en mis manos no con lágrimas en los ojos!

Los vítores se convirtieron en un clamor ensordecedor cuando la vieja mujer alzó los puños y, a pleno pulmón, desgañitándose, gritó.

– ¡Yo lucharé!

Aquella frase comenzó a repetirse por cientos de gargantas a pleno pulmón.

Nadie podría con ellas…

Al día siguiente, cuando las huestes del Lancaster se disponían a tomar cómodamente la ciudad de Palencia, se encontraron con cientos de mujeres pertrechadas en las almenaras de la ciudad.

Éstas, armadas con lo que podían, se habían colocado las ropas de sus maridos para plantar una encarnizada resistencia.

No habría rendición ni victoria sin derramamiento de sangre.

Ante aquel arrojo, el Lancaster valoró junto a sus hombres de confianza si le merecía la pena perder una importante cantidad de hombres en la toma de la ciudad.

La respuesta fue unánime…

Eran unas pérdidas innecesarias…

Ante este consejo, el Lancaster ordenó el levantamiento del sitio a la ciudad.

Palencia no sería tomada…

Al observar desde las almenaras aquel movimiento de evasión por parte de ejército sitiador, las mujeres estallaron en vítores, llantos de alegría y abrazos.

Su arrojo y determinación para hacer frente al injusto destino las había salvado.

En honor a aquel gesto de valentía realizado en mayo de 1388, el rey concedió a las mujeres palentinas el honor de llevar, al igual que lo hacían los hombres, una banda de color rojo y oro con una flor morada en representación de su heroicidad.

A día de hoy, en sus trajes regionales siguen mostrando con orgullo aquella banda mientras en el himno de la ciudad se recuerda la gesta.

Valerosas e iguales, desde Historias de un Instante, mi homenaje a todas las mujeres que cada día en el mundo se rebelan contra sus destinos, la injusticia y el sufrimiento con carácter y orgullo.

Autor: José Antonio López Medina

Antonio Benavides González

Su aparición en lo alto de aquella colina golpeada por los gélidos vientos de aquel diez de diciembre de 1710, fue como observar un deslumbrante rayo de sol surgiendo entre las plomizas nubes.

Cientos de soldados, aliados y enemigos, detuvieron sus estocadas, descargas de fusilaría y fogonazos de artillería, para observarle.

Aquel hombre altivo, de faz imperturbable y nobleza por bandera que estaba llamado a instaurar una nueva dinastía en el trono español, resplandecía por encima de todos montado a lomos de un caballo blanco.

Aquella imagen había congelado a todos…

O a casi todos…

Ya que entre todos aquellos hombres que observaban atónitos la escena se encontraba el teniente coronel Antonio Benavides González.

Este, que ya había sido felicitado por sus valerosas acciones en batallas anteriores por el mismísimo pretendiente al trono, se batía en decisivo enfrentamiento contra los aliados del archiduque Carlos en el ala derecha del ejército franco-español.

El haber tenido frente a frente al Borbón en más de una ocasión le hizo ser inmune a su imponente imagen. Por esa razón, mientras todos se deleitaban con su altanera nobleza, él observó al enemigo.

Fue entonces cuando su valeroso corazón se sobrecogió al pensar lo que podía suceder.

Nadie se había percatado del peligro…

Nadie se había dado cuenta…

Sin embargo él lo había visto…

Así pues, rezando en su interior mientras rogaba a Dios que sus enemigos no hubieran pensado lo mismo que él, espoleó su montura hacia la posición que ocupaba el futuro monarca de origen francés.

Su caballo relinchó entre los combates cuerpo a cuerpo que se acaban de reanudar, las descargas de fusílenos que, dejando flotar en el aire el olor a pólvora y sangre, sesgaban entre aullidos de dolor y agonía la vida de los soldados.

Sin embargo, su atención no estaba pendiente del combate que se producía a su alrededor, si no en la colina contrapuesta donde las baterías de cañones enemigos recargaban sus proyectiles.

Debía llegar junto al rey lo antes posible…

Una vez más, hundió sus espuelas en los lomos del animal para acelerar su galope. El animal, dolorido por aquel ímpetu, apretó los dientes y bajo la cabeza para aumentar su velocidad.

En cuestión de segundos la muerte, el olor a sangre y a pólvora fue quedando atrás. Los aullidos de dolor, las arengas de valor y los furiosos alaridos de muerte quedaron a distancia mientras se aproximaba al Borbón.

Cuando su caballo se acercó lo suficiente, los generales que rodeaban al aspirante francés desenfundaron sus sables, pero este, levantando su mano derecha, abortó la defensa.

Antonio Benavides González era unos de los suyos…

– ¡Señor! ¡Señor!

– Dejadle acercarse… ¿Que queréis señor Benavides? ¿Acaso a vuestra espalda no tenéis una batalla que ganar?

– ¡Corréis un grave peligro montado en esa montura!

El rostro del futuro monarca se ensombreció ante la inesperada y contundente respuesta.

– Explicaros.

Antes de responder, Antonio Benavides González, se permitió unos segundos de pausa para observar el campo de batalla que había quedado a su espalda. A continuación, se giró y mirando a los ojos al francés le dijo:

– Señor, estáis montado sobre el único corcel de color blanco de todo el campo de batalla. Cada segundo que pasáis sobre sus lomos sois un blanco perfecto para la artillería enemiga. Permitidme cambiar su caballo por el mío para asegurar su vida y despistar al enemigo.

Felipe de Anjou, miro a sus generales y ante el asentimiento de sus rostros, desmontó y le ofreció las riendas.

El noble Benavides, que había desmontado al mismo tiempo que el futuro monarca, realizó una reverencia antes de tomar las riendas.

Seguidamente, colocó el pie en el estribo y se alzó sobre el hermoso y arrogante caballo, al cual, instantes después, azuzó para volver a la batalla.

Felipe de Anjou, que observaba como su hermosa montura se alejaba hacia la batalla suspiró intentando asimilar el cambio mientras en su interior se debatía entre sí había obrado bien o mal.

La elección de aquel caballo para presentarse a la batalla no había sido una decisión tomada a la ligera, pues con el quería mostrar a sus amigos y a sus enemigos quien debía ser el rey de España. Sin embargo, sin haber madurado aquella decisión había intercambiado su hermoso corcel por un basto, rudo y maloliente caballo de batalla que no agrandaba su imagen ni su…

¡BOOOOOOOM!¡BOOOOOOOM!¡BOOOOOOOM!¡BOOOOOOOM!¡BOOOOOOOM!¡BOOOOOOOM!

La mente del futuro monarca enmudeció…

Su rostro palideció y su estómago se revolvió…

Todas las dudas sobre su decisión se acaban de disipar…

El caballo blanco que con tanto orgullo había seleccionado se acababa de convertir, como había predicho Benavides, en el objetivo principal del bombardeo enemigo.

Los proyectiles habían estallado a su alrededor proyectando las piedras de aquel terreno como mortífera metralla por doquier.

El caballo había trastabillado entre el polvo y la metralla de los primeros impactos mientras su jinete se aferraba con fuerza a su montura, pero no fue suficiente, ya que las siguientes detonaciones se acercaron mucho al objetivo que los austríacos se habían marcado.

El caballo, blanco inmaculado, fue salpicado por el barro mientras sus patas se retorcían grotescamente en ángulos imposibles y su vientre se abría para desparramar sus visceras.

El relincho de pánico y sufrimiento encogió a todos los que presenciaron la escena mientras Antonio Benavides González salía proyectado hacia un lado para quedar inerte junto a un pequeño cráter producido por el impacto de la artillería austriaca.

Instantes después todo había acabado…

Felipe de Anjou, petrificado ante lo que acaba de suceder, trago saliva… Aquel hombre acaba de salvarle la vida… Si ese hombre no hubiera actuado de esa manera el destino de aquella guerra hubiera sido distinto y el designio de España hubiera cambiado para siempre…

Con la voz entrecortada solo pudo balbucear…

– En… Envi….Enviad a mis galenos personales inmediatamente…

Antonio Benavides Gonzalez consiguió, con suerte y los cuidados de los galenos, salvar la vida mientras el ejército del rey vencía en la decisiva batalla de Villanueva.

Cuando se hubo recuperado, el futuro rey Felipe V, le llamo en público “Padre”.

Tras aquello, ambos entablarían una sincera e inquebrantable amistad.

Y no era para menos…

Antonio Benavides González había sido su ángel de la guarda… Su salvador…¿Como hubiera cambiado la historia si este señor ni hubiera salvado al monarca?

Nunca lo sabremos…

Olvidado injustamente por la historia, Benavides, serviría durante treinta y ocho años en América de manera impecable a la corona española hasta que decidió volver a su Tenerife natal, donde a los ochenta y tres años fallecería.

Espero que este, como otros muchos héroes de nuestra historia, sean recuperados para nuestro orgullo y disfrute para enseñarnos que, en ocasiones, los actos desinteresados, no sólo no pueden salvar una vida, sino pueden marcar los designios de una nación.

(Imprescindible para conocer más conocer sobre el personaje, leer al escritor y maestro Jesús Villanueva).

Autor: José Antonio López Medina

Diego García de Paredes, el Sansón Extemeño

Diego García de Paredes había dormido durante horas en aquella oscura, lóbrega y húmeda mazmorra.

Había quedado agotado tras haber luchado como un león herido…

Este enfrentamiento se había producido al haber sido atraído contra la muralla por aquel artilugio del demonio llamado lobo.

Este artilugio lanzaba unos ganchos que se aferraban a la armadura de los soldados españoles para proyectarlos contra la muralla o atraerlos al cautiverio.

Lo que los jenízaros turcos desconocían era que, aquel sofisticado artilugio, les atraería al mismísimo Sansón de Extremadura.

Sin haber perdido en el tirón su espada y su rodela, se liberó para, seguidamente, arremeter con toda su furia y poder contra los turcos, los cuales, uno tras otro, eran atravesados por su acero, aplastados por sus golpes y lanzados con sus arremetidas hasta quedar agotado.

Cuando las fuerzas le comenzaron a fallar fue captura por los turcos. Estos, ante aquel acto épico de coraje , decidieron perdonarle la vida, a la vez que, de paso, nacía en ellos la esperanza conseguir una buena suma de oro por su libertad.

Pero Diego García de Paredes no sería liberado por nadie ni por nada…El decidiría cuando marcharse…

Encadenado de pies y manos a la humedad pared, escuchaba como el agua goteaba a su alrededor.

De la puerta de entrada, sellada con un pasador externo de frío y inquebrantable acero, se filtraba la luz de las antorchas y el sonido de las pisadas de los guardias al vigilar a tan importe prisionero.

De este modo se mantuvo durante horas perdiendo toda noción de tiempo… Entonces en mitad de aquella penumbra algo le alertó…

Como una ola que va creciendo para estrellarse contra las rocas de un acantilado, cientos de gargantas españolas rugían en el exterior para iniciar un nuevo asalto.

El ensordecedor clamor hizo que Diego García de Paredes se incorporara, entre el tintineo de sus cadenas, para escuchar mejor.

Tras permanecer unos instantes en silencio tuvo la total certeza de que sus hermanos habían decidido cargar de nuevo contra los infieles.

Aquel sonido despertó en Diego García de Paredes una sensación similar al niño que ve jugar a sus amigos desde la ventana de su casa mientras su madre le mantiene castigado…El quería salir a jugar también…Lo necesitaba…No podían cargar sin él…No lo permitiría…

¡Ya había descansado bastante!

Con el corazón galopante y las ansias por unirse a sus compañeros creciendo en su interior de manera incontrolable, tensó sus músculos…Estos se congestionaron…Las venas de su cuello, sus brazos y sus piernas se inflamaron…Su rostro, su espalda y su torso comenzaron a sudar…Entonces los eslabones comenzaron a deformarse como lo hace la mantequilla…Segundos después comenzaron a crujir mientras saltaban por los aires…

Sus piernas y sus brazos se habían liberado…

A continuación, con la impaciencia recorriendo sus venas corrió a toda velocidad para estampanarse contra la puerta de madera que le mantenía encerrado.

Los guardias, al ver que la puerta reventaba repentinamente, sintieron un escalofrío…

Las astillas saltaban por doquier mientras los nudillos y los pies de Diego García de Paredes reventaba la puerta.

Los guardias, tragándose como podían su temor, echaron mano a sus espadas.

El acero de las mismas tintineó as ser desenfundadas para dar muerte a aquel gigante venido de España…Lo que no sabían era que aquel Hércules hispano no podía ser matado por nadie…

Cuando los pernos de la puerta cedieron, los pocos tablones que le mantenían encerrado se derrumbaron.

De entre la oscuridad surgió un ser gigantesco que desprendía furia por sus poros.

Petrificados ante aquel espanto, los musulmanes quedaron petrificados…Pero Diego García de Paredes no había surgido de entre las tinieblas para observar sus temerosas reacciones, así que, rápido como el rayo se arrojó hacia ellos.

Golpeados por aquella mole pétrea, cayeron al suelo, momento en el que el Sansón extremeño aprovechó para hacerse con una de sus espadas.

Con la sorpresa inicial superada, los guardias turcos se pusieron en pie he iniciaron el contraataque mientras intentaban pedir refuerzos.

Pero todo esfuerzo fue en vano…

Diego Garcia de Paredes hundió aquella espada hasta el mango en el pecho del primer enemigo, seguidamente, mientras la sacaba del cuerpo inerte de este, lanzó un puñetazo con la izquierda que hizo que el cráneo de su oponente se quebrara como la cáscara de una nuez. A continuación, corrió hacia los guardias apostados junto a las escaleras que daban acceso a la parte superior para aplastar sus cabezas contra la pared.

Todo parecía haber terminado pero los pasos de tres guardia más le hicieron girarse. Estos, unidos con el fin de atacar como un solo cuerpo, cargaron contra el extremeño pero este, lejos de huir o achicarse, rugió para seguidamente lanzarse al choque.

Segundos después el cráneo de uno de ellos era aplastado por su pie, el otro decapitado y el último, tras haber intentado la huida, ahogado sin esfuerzo por aquellas dos gigantescas garras que tenía por manos.

Sudoroso y entusiasmado ante la pronta unión con sus compañeros, sonrió. Ya no se escuchaban pasos que vinieran hacia él. Solo se apreciaba el griterío exterior producido por atacantes y defensores.

No tenía más tiempo que perder…

Tras hacerse con dos espadas, una para cada mano, corrió por las escaleras hasta encontrarse con la lucha.

Como pueden imaginar nuestro héroe subió, sesgo ciento de vidas turcas y conquistó la ciudad.

Estos hechos producidos en el asedio a la ciudad griega de Cefalonia entre el 8 de noviembre y el 22 de diciembre de 1500, hicieron que Diego Garcia Paredes se convierta en leyenda.

Sin embargo, su vida está llena de momentos épicos e increíbles.

Personalmente he elegido este, pero podría haberse novelado la ayuda prestada en las guerras de Granada, los cientos de duelos de Lis que siempre salió victorioso, las peleas en tabernas, el servicio al papa Alejandro VI junto a Cesar Borgia, la épica batalla tras batalla junto a Fernando González de Cordoba en Nápoles, la vez que mató el solo trescientos franceses en un puente para aplacar su ira tras recibir una crítica del gran capitán, o la lucha contra los arrogantes franceses en el desafío de Barletta, pero sin embargo, creo que este momento, este instante es el que le encumbró de la fama a la eternidad de convertirse en leyenda.

( No descartó ni mucho menos volver a novelar episodios de su vida, pues este hombre no se merece una novela, si no cientos de películas de Hollywood)

Pero no os lo perdáis porque hay más…

Tras finalizar las fuera en Nápoles volvió a España donde todo el mundo le aclamaba , excepto los nobles, los cuales, vertían sobre el rey Fernando el Católico difamantes acciones del Gran Capitán.

Este, que acaba de conseguir el marquesado de Colonnetta, se plantó delante del rey retando aquel que hablara mal de Fernando González de Cordoba a un duelo, pero el rey le aplacó con buenas palabras.

Esto no hizo que tiempo después, influenciado por los ofendidos nobles, el rey le retirara el marquesado.

Esto le hizo enfurecer, así que desencantado, se marchó de españa dándose a la piratería en él mediterráneo.

Tras saquear las costas de Sicilia y Nápoles atacó el levante español, así que, se puso precio a su cabeza.

Triste destino…

Pero no estaba todo dicho para nuestro Sansón patrio, pues este, cansado de libertad y aventura solicito el perdón del rey para participar en la cruzada que El Cardenal Cisneros iniciaba en el norte de África.

Concedido el perdón participó en el asedio a Orán y diferentes batallas hasta que todo finalizó.

Al hacerlo volvió a Italia ingresando como maestre de campo a las órdenes de Maximiliano I, pero la empresa no salió bien, así que una vez más volvió junto a sus hermanos hispanos al norte de África, después volvió a Italia a servir al emperador y por último fue nombrado coronel de la Liga Santa del papa Julio II.

Después volvió a España, a su Trujillo natal, donde permaneció durante la guerra de las comunidades para luego ser llamado por Carlos V y tras servirle en Italia, volvió a su hogar.

Pero en d hogar no fue feliz, ya que su matrimonio había fracaso, con lo cual marchó con el cesar por Europa hasta que un día en Bolonia, caprichos del destino, en un juego tonto en el que estaba participando junto a unos niños cayo del caballo.

Aquel héroe invencible, incapaz de morir en ningún duelo, asedio o batalla perdía la vida de la manera mas pueril.

Sus últimas palabras fueron:

“Parece que le place a Dios que por una liviana ocasión se acaben mis días”

Cuando los soldados fueron a limpiar su cuerpo observaron que este estaba lleno de cicatrices como consecuencia de una vida entera al filo de una espada.

Sus restos sería repatriados desde Bolonia a Trujillo, lugar donde sería enterrado.

Actualmente, su tumba se puede ver en la iglesia de Santa Maria la Mayor de Trujillo.

Espero que este episodio, y el breve resumen, le hagan honores y saquen del desconocimiento a cientos de personas que ignorantes de nuestra historia, desconocen atan grandioso e increíble héroe.

Autor: José Antonio López Medina

La Oreja de Robert Jenkins

– ¡Arrodillaos, rata inmunda!

Lejos de claudicar ante aquella orden, se giró, miro a los ojos al soldado y escupió al suelo.

Aquel gesto altivo de rebeldía hizo que uno de los soldados que apuntaban con su mosquete al soberbio y arrogante contrabandista decidiera actuar.

Mientras el contrabandista miraba directamente a los ojos del soldado que le había ordenado doblar la rodilla, el soldado que había decidido actuar, se acercó por detrás y con la culata de su arma golpeó el lumbar del recién capturado.

Este cayó hacia adelante sin pronunciar lamento alguno mientras su tripulación se comenzaba a agitar.

Los soldados que los retenían cautivos en el centro de la embarcación , tuvieron que dar algún que otro culatazo para mantener el orden.

Los insultos, las órdenes y los golpes comenzaron a aumentar el volumen pero derrepente todo se detuvo…

Un silencio imperturbable se precipito sobre los soldados y la tripulación del contrabandista como si una lona hubiera caído sobre ellos… Nadie se movía…

Robert Jenkins, contrabandista inglés al mando del Rebecca en aguas caribeñas, intento incorporarse pero un fuerte dolor de espalda le impidió ponerse en pie, así que, tras apretar la mandíbula al verse impotente e incapaz de hacer frente al capitán del barco español, alzó el rostro para ver a su enemigo…

Un enemigo que no le era nuevo, ya que, el capitán de La Isabela, Julio León Fardiño, en más de una ocasión había intentado dar caza al contrabandista para acabar con sus devaneos ilegales.

Los escalones de madera comenzaron a crujir ante el peso del capitán español…Lentamente…Disfrutando de la situación…Fue descendiendo ante la atenta mirada de todos…

Julio León Fardiño llegó junto a Robert Jenkins, el cual, le miraba desafiante desde el suelo…

Durante unos instantes ambos enemigos se miraron a os ojos…

Midiéndose…

Desafiándose…

Finalmente, ante la mirada de todos Julio León Fardiño se puso de cuclillas, pasó sus manos por las axilas del inglés y le incorporó.

Frente a frente…Hombre a hombre…Ambos se volvieron a observar.

El inglés conocía la determinación y firmeza del español…El español conocía la altivez y el descaro del inglés…

– Si no me equivoco vos soy Robert Jenkins.

– Lo soy.

Un silencio punzante e hiriente se volvió a instalar entre ambos mientras los soldados y la tripulación del contrabandista observaban atentamente la escena sin saber que iba a ocurrir.

– Vuestras correrías y desmanes acaban aquí Robert Jenkins. Tu comercio ilegal acaba aquí y ahora.

Aquellas palabras hicieron que el inglés sonriera.

– No sois quien para decirme lo que debo hacer ¿Acaso pensáis que la incautación de mi mercancía me detendrá? Yo solo obedezco la autoridad del rey de Inglaterra, así que, como os podéis imaginar seguiré haciendo lo que con buenos ojos mi majestad permite.

– ¡No permitiré que el rey de Inglaterra dicte lo que se debe o no se debe hacer en el caribe español!

Una vez más, una risa sarcástica y repleta de fanfarronería volvió a dibujarse en el rostro del inglés.

– ¿No lo permitiréis? ¿Y como vais a hacérselo saber? Los españoles sois engreídos y prepotentes. Os creéis los dueños del mundo. Capaces de dar órdenes a los reyes de otros países, pero realmente no sois nadie…Y menos vos, un capitán de poca monta que capitanea una pobre guardacostas…¿Acaso os veis capaces de enviarle un mensaje en persona? ¡No me hagáis reír!

El rostro de Julio León Fardiño se contrajo…Su ceño se arrugó…Su mandíbula se apretó y sus tostados pómulos enrojecieron por la cólera…

Apretó los puños… Tenso sus hombros…Y sus pies se asentaron en la superficie del barco hasta hacer que los tablones crujieran…

Entonces no aguanto más…

Su puño derecho se hundió en el estómago del contrabandista, el cual, con cara de asombro y ojos desorbitados, solo pudo contraerse y caer al suelo…Seguidamente, Julio León Fardiño se acuclilló junto al insolente contrabandista mientras desenfundaba su cuchillo…

Un corte rápido y preciso seccionó una de sus orejas…

Robert Jenkins gritó de dolor mientras la sangre comenzaba a resbalar por su rostro.

Por primera vez dese que había sido apresado, el miedo se reflejó en su rostro.

Entonces, el capitán español se inclinó…Y mirando a los ojos al pérfido inglés le dijo…

– Ahora os iréis y le diréis a vuestro rey que lo mismo le haré si se atreve a volver por estas aguas.

Aquellas palabras pronunciadas con la ferocidad del rugido de un león hicieron que más de un presente se encogiera.

Robert Jenkins solo pudo asentir mientras recogía su oreja del suelo…

Todo lo que uno después es sobradamente conocido y recordado ( Gracias a Dios) a día de hoy por historiadores y personas que intentan recuperar nuestro glorioso legado.

¿Pero que fue de Robert Jenkins?

Pues el contrabandista, como bien se sabe, corrió a Inglaterra para relatar lo ocurrido exagerándolo para que la opinión pública y el rey de Inglaterra entraran en cólera.

Así que el rey armo una gigantesca armada y la lanzó contra Cartagena de Indias dando inicio a la Guerra del asentamiento.

Menos mal que por aquel entonces,allí teníamos uno de los héroes más grandes de nuestra historia…Don Blas de Lezo.

Pero como antes decía …¿Que fue de Jenkins?

Pues se le concedió, a modo de indemnización el mando de un barco de La Compañía Británica de las Indias Orientales, llegando a ser supervisor de la misma.

Más tarde, viajó a Santa Helena y, tras descubrir un caso de corrupción, quedó como gobernador.

Finalmente, volvió al mar donde cazaría piratas con buenos resultados.

Autor: José Antonio López Medina

Bonnie and Clyde

– Mírala, ahí está. Voy a presentártela.

Clyde Barrow sintió como se hacía pequeño…

La inseguridad por ser rechazado y la posterior vergüenza que debería soportar le aterrorizaban, así que todo su ser se había estremecido mientras se removía inquieto en su asiento.

– No… Espera…

Pero ya era tarde…

Su amigo se había levantado del asiento que ocupaba junto a él para hablar con la bella y grácil Bonnie Parker.

Aquella visión y la incapacidad de controlar lo que repentinamente estaba ocurriendo, hizo que Clyde Barrow comenzara a temblar.

Aquel joven tejano de veinte años, exconvicto, de origen humilde al que la vida le había tratado mal y con desprecio, estaba aterrorizado…

En su vida había sentido aquella sensación de temor… de miedo… de vergüenza…

Y mira que había tenido oportunidades durante su vida delictiva para sufrir en sus carnes aquellas sensaciones pero nunca había sentido algo parecido.

Sin embargo…

– Este es mi amigo.

Clyde Barrow levantó la vista de su taza de café…Un rayo electrizante atravesó su corazón…Su boca se entreabrió incapaz de pronunciar palabra y un sudor frío recorrió su espalda haciéndolo estremecerse.

– Esta como loco por conocerte pero no se atrevía a decirte nada.

La inteligente y hermosa Bonnie Parker sintió la misma punzada en su corazón. Todo su ser se estremeció llenando su estómago de un cosquilleo delirante. A la misma vez, ocultando su impresión, dibujó una amplia sonrisa en su rostro mientras sus ojos se divertían al observar como aquel muchacho se encogía abrazado por la vergüenza.

– Bueno, os dejo solos.

El amigo de Clyde Barrow dirigió una sonrisa a su compañero y le guiñó un ojo. Seguidamente se giró para alejarse de la pareja.

Bonnie Parker, inteligente joven de Dallas nacida en el núcleo de una familia humilde que había perdido a su padre con cuatro años, que se había casado con un maltratado con dieciséis años al que tuvo que abandonar para volver junto a sus abuelos, tomó asiento sin desdibujar la bella sonrisa de su rostro frente a Clyde Barrow.

– Así que no te atreves a hablarme…

– Yo…Yo…Solo…

– ¿Tu solo que?

– Yo…

Bonnie Parker volvió a agrandar la preciosa sonrisa que adornaba su hermoso rostro haciendo que Clyde Barrow volviera a encogerse.

– Mira, es muy fácil. Solo tienes que invitarme a cenar.

Clyde Barrow trago saliva…Tosió y sin poder mirar aquel rostro dijo:

– Me gustaría…Invitarte esta noche a cenar…¿Quieres…?

– ¡Si! ¡Claro que si! ¡¿Por que has tardado tanto en decírmelo?

Clyde Barrow sintió como su peso se aligeraba y todo su ser relajaba mientras un agradable calor coloreaba sus mejillas.

Ambos se miraron a los ojos y se sonrieron…

Acababa de nacer una pareja de leyenda para la historia…Acababan de nacer Bonnie and Clyde.

Tiempo después, estos dos jóvenes enamorados se convertirían, tras captar la atención de la prensa de Estados Unidos, en la pareja de ladrones, asesinos y criminales más famosa de la época. Tal fue su magnitud que fueron declarados enemigos públicos.

Sus fechorías y atracos a bancos hicieron que la gente los idealizase como los nuevos Robin Hood ya que al robar a los bancos les hacía pagar a estos por la crisis del 29.

Además, su historia de amor y su pasión hicieron de ellos unos iconos de rebeldía e inconformismo.

Pero un nuevo golpe de la vida los devolvería a la realidad de la que habían conseguido huir durante varios años.

Una emboscada realizada por cuatro agentes de policía en una carretera secundaria de Bienville Parish (Luisina) acabó con la pareja de manera atroz al ser acribillados a balazos aún cuando el coche ya se había detenido.

Por esta vida y su leyenda ( muy alejada de lo que 1967 Arthur Penn llevaría al cine con su mítica película) rendimos hoy memoria a lo que tuvo que ser aquel instante en el que el amor hizo que la historia conociera a esta pareja.

Autor: José Antonio López Medina

El Armisticio…

Su mirada estaba perdida entre las manecillas de aquel reloj…

Tic…tac…tic…tac…

Su marido la pasó el brazo sobre los hombros para acurrucarla junto a su pecho, pero aún así, los temblores que recorrían su cuerpo no cesaron.

Tic…tac…tic…tac…

Las noticias eran ciertas…

Tic…tac…tic…tac…

A las 5:20, en un vagón de ferrocarril estacionado en el bosque de Compiègne, los Aliados y el Imperio Alemán acababan de firmar un armisticio finalizado así las hostilidades en el frente occidental.

Tofo estaba apunto de acabar…

El acuerdo entraría en vigor a las 11:00 de la mañana… Su hijo…Destinado hacía dos años al frente sólo debía resistir unas horas más…

Tic…tac…tic…tac…

Las más difíciles…

Tic…tac…tic…tac…

Las últimas…

Tic…tac…tic…tac…

¿Como se encontraba en aquel momento ? ¿Que estaría haciendo? ¿Estaría subordinado a un loco que quería luchar hasta el final o en cambio estaría bajo el mando de un hombre sensato que no arriesgaría más almas?

Aquellas preguntas, sin posible respuesta, atravesaban los pensamientos de aquella angustia madre, que desesperada y al borde del colapso, esperaba acurrucada junto al reloj.

Tic…tac…tic…tac…

Mientras tanto su marido, intentaba pasar el agónico trance acurrucando y meciendo a su mujer mientras daba gracias a Dios por aquellas firmas.

Unas firmas que para cientos de madres sería la espada que liberará a sus hijos de esta incomprensible y brutal … Aquellos garabatos ilegibles devolverían a su hogar a cientos de muchachos… Los lanzarían hacia los brazos de sus novias y mujeres…A los de sus padres y sus hijos…A los desconsuelo de saber que aquel horror terminó para siempre… Aquellas insignificantes firmas los devolverían los brazos de un cálido amanecer, a los de una tarde soleada en el campo o un té junto a la chimenea en una noche fría y lluviosa… Los devolverían a los brazos de esos pequeños detalles que hacen la vida el mayor de los tesoros…

Aquellas firmas despreocupadas por acabar con él sin sentido sellarían la hemorragia agónica que estaba sufriendo el mundo…

Devolviéndolas la paz…Devolviéndolas la vida…

Pero aún debían esperar…

Tic…tac…tic…tac…

Solo eran unas horas…

Tic…tac…tic…tac…

Solo un poco más…

Tic…tac…tic…tac…

A miles de kilómetros, su hijo, un joven de veinte años, rezaba junto a sus amigos y compañeros de batallón entre el barro, las ratas y la inmundicia.

Todo iba a terminar…

Tic…tac…tic…tac…

Cada minuto transcurrido se asemejaba a un siglo…Cada hora a un milenio…

Y todo sin saber si su hijo seguía con vida en aquellos últimos compases de la gran guerra…

Tic…tac…tic…tac…

Tic…tac…tic…tac…

Aquellas madres lloraron, temblaron, agonizaron en vida mientras el reloj continuaba en su lento caminar sin acelerar su paciente ritmo…Lento…Preciso y eterno…

Tic…tac…tic…tac…

Las horas pasaron y muchas sufrieron colapsos, ataques de histeria, desmayos y amargos vómitos de angustia mientras veían como el reloj marcaba las siete…Las ocho…Las nueve…

Mientras tanto, sus hijos, evitando más que nunca el enfrentamiento, fueron enviados una última vez al frente…

Tic…tac…tic…tac…

Las diez…Las diez y cuarto…Las diez y media…Las diez menos cuarto…menos diez…menos cinco…

Tic…tac…tic…tac…

En aquellos últimos coletazos muchos murieron…Famoso es el caso de Henry Gunther, último soldado en morir.

Si madre…A miles de kilómetros fue atravesada por un dolor inmenso e inexplicable que la hizo desmayarse…Al despertar lloró amargamente…Algo la decía que su hijo había muerto…

Son las historias de un final de una tensión insufrible que esperemos ninguno de nosotros debamos soportar jamás.

Mi homenaje a todos aquellos valientes jóvenes que sufrieron el miedo, el terror y la injusticia de ser enviados al infierno…De igual manera, mi homenaje a las madres que, hace justo cien años, lloraron de alegría, dolor y desconsuelo ante el final de aquella terrible guerra…

Aun hoy, salvo ellas, no creo que haya nadie que pueda imaginar lo que debió ser aquella espera.

Autor: José Antonio López Medina

La Muerte de Bram Stoker

El agotamiento hace que mis párpados pesen quintales pero no puedo permitirme cerrar los ojos…No puedo permitirme esa tregua…Ese consuelo…Ese descanso…

¡Pero de pronto recuerdo que no debo cerrar los ojos!

Un calor superior al que seguramente proporcionen las llamas del infierno se apoderado de mi ser…Mi cuerpo se retuerce…Se estremece y arruga mientras el sudor lo empapa todo…

Me enrosco en mi agónico sufrimiento al mismo tiempo que mis entrañas son golpeadas por un tormento inaguantable…

Aun así…En mi mente…Una voz pavorosa me recuerda que no debo cerrarlos…Que debo permanecer alerta…

Mi corazón se desborda entre frenéticos latidos de angustia y pesadumbre…Nada me calma…Nada me consuela…

Pues quien puede protegerme…Solo mis ojos los mantienen ocultos entre las sombras…

Unas sombras que, para mí desesperación, en aquel grisáceo atardecer se alargan, se desdoblan, ensanchan y oscurecen con cada paso que da el sol vierte su luz hacia el ocaso…

Hacia la terrible oscuridad que solo la noche y sus criaturas disfrutan, pues en ella se mueven… Respiran… Sonríen y murmuran…

¡Pocos pueden verlas! Pero en el trance en el que me encuentro mi sensibilidad se ha afilado audazmente…Puedo ver lo que antes mis dañados ojos no me permitían…Puedo sentirlas…Ocultas…Silenciosas…Esperando su momento para caer sobre mi…

¡Solo esperan que cierre los ojos!

¡Que me rinda ante el cansancio y la parca!

¡Lo se!¡Lo se!¡Lo se!

¡Yo las creé! ¡¿Como no iba a saberlo?!

¡Sabia que mis invenciones, mis temores y miedos tomarían cuerpo en la densa oscuridad cuando todos a mi alrededor comenzaran a creer en ellos!

Y ahora… Vienen a por mi…

Vienen a por el que les dio forma…Les dotó de maléfica alma…De sangre espesa como la negrura del abismo infinito por donde se precipitan las almas sin perdón…

Vienen a por su creador en una macabra despedida en la que agonizando me siento presa de salvajes bestias y despiadadas alimañas carroñeras…

¡No quieren dejarme tranquilo! ¡Quieren que firme parte de ellas por siempre! ¡Por eso me acechan desde ese rincón!

Trago saliva… Un escozor palpitante recorre mi garganta…Un escalofrío paraliza mis músculos…El corazón golpea mi pecho…

Pero no debo cerrar los ojos…

Todo es silencio…Todo es tensa quietud…Pues están ahí…En ese mismo rincón…

Entonces…En un último y desesperado gritó por pedir ayuda…Por pedir credibilidad a los consternados espectadores que rodean mi lecho de muerte, reúno las fuerzas que me quedan para incorporarme…Extiendo mi brazo derecho y con el dedo índice apuntando hacia el oscuro rincón, gritó a pleno pulmón…

– ¡Ahí están! ¡Vienen a por mí!

Tras aquello caigo rendido…Mi corazón no soporta más…La oscuridad lo invade todo…

Y ellos… Ellos…

Bram Stoker, autor de dieciocho novelas de terror en las que se incluiría Dracula, fallecería el 20 de abril de 1912 en su casa de Londres consumido por la sífilis, aunque en parte de defunción se hable de agotamiento (Lo más probable es que fuera un paro cardíaco producido por los achaques de la edad y la precaria salud).

Según la leyenda popular, miro a un rincón y gritó strigoi, pero aquello no está demostrado, así que me he permitido la licencia de no caer en lo típico. La razón, es que tras leer parte de su vida, seguramente sus visiones representarán los seres de la mitología irlandesa con Lis que su madre le entretuvo durante los primeros siete años de su vida, la cual, pasó en cama sin poder andar por culpa de una extraña enfermedad.

En cuanto a la difusión de su muerte, se vio empañada por el hundimiento de Titanic, el cual, se había venido a pique días antes al colisionar con un iceberg.

Como pueden imaginar, las páginas de todos los diarios fueron dedicadas al trágico e histórico acontecimiento, dejando relegado a un puesto sin importancia, la muerte del arruinado escritor, el cual, había regalado al mundo un personaje inmortal y eterno.

Autor: José Antonio López Medina

Ejecución de los Comuneros

El monje dominico , que esperaba junto a ellos para ascender al patíbulo a la señal del verdugo, levantó la vista de las sagradas escrituras para observar a los condenados.

Juan Bravo, natural de Atienza, intentaba contener los temblores producidos por el miedo para no mostrar debilidad ni temor ante sus enemigos. Junto a él, un resignado y ausente Juan Padilla, noble hidalgo de origen toledano, que derrotado, se enfrentaba a su destino asumiendo su malograda suerte. Por último, junto a dos jóvenes e inexpertos monjes en estas coyunturas, el altivo y desafiante salmantino, Francisco Maldonado, el cual, observaba con despreció todo lo que le rodeaba.

De esta guisa se mantuvieron mientras las firmes y rotundas palabras del escriba anunciaban en la plaza de Villalar el inicio de ejecución de la sentencia dictada por el tribunal.

Una sentencia contundente y sin lugar a discusión al encontrarlos como traidores a la corona y sus reinos.

– ¡Por ello! ¡Juan Bravo, Juan Padilla y Francisco Maldonado! ¡Son condenados a muerte natural y todos sus bienes y oficios confiscados por la corona!

Tras aquellas palabras el escriba cerró el pergamino. Seguidamente, giró sobre sus talones e indicó al dominico , con un firme gesto de cabeza, que había llegado el momento.Mientras tanto, a su espalda, el gigantesco verdugo, desentumecía sus hombros balanceando sus brazos.

El dominico , que debía ser el que condujera a los condenados a la tarima del patíbulo, intento dar sosiego al primer condenado posando su huesuda mano sobre su hombro mientras le dedicaba palabras de esperanza.

– Juan, no temáis, pronto estaréis junto al señor…

Las palabras quedaron frotando en el aire mientras el monje notaba como Juan Bravo se estremecía.

– Vamos…

Un leve tiron hizo que el tembloroso atencino, posara torpemente su pie derecho sobre el primer escalón, el cual, al igual que el condenado, pareció crujir y encogerse.

A ese tembloroso paso le siguió otro…Y después otro…Hasta alcanzar la tarima donde se había colocado el tocón.

En ese momento…Con los ojos intentando contener las lágrimas y los temblores adueñándose de cada músculo de su cuerpo, observó a la gente allí congregada…

A sus pies pudo identificar los rostros serios y decididos de los jueces que habían dictado su condena. Tras estos, pudo distinguir las facciones de los nobles fieles al rey que los habían derrotado con seiscientos jinetes la noche anterior. Por último, como testigos del acontecimiento que debía pacificar el reino, multitud de rostros anónimos propios de la soldadesca y los ciudadanos del lugar.

La garganta se le había secado y el corazón martilleaba sus sienes…Las piernas estaban a punto de quebrársele y su espalda se había encorvado…

Entonces una sombra gigantesca, de voz ronca y palabras amables se acercó a él…

– Señor… No se castigue más…No alargue su sufrimiento…Acompáñeme…

Como un autómata sin voluntad ni poder de decisión, Juan Bravo siguió al gigantesco verdugo al tocón mientras el monje franciscano murmuraba una oración.

– Ahora póngase de rodillas y pose la cabeza sobre el tajo…Pronto todo habrá acabado…

Al observar la almohada de fría madera que debía ser su último reposo, Juan Bravo no pudo contener más las lágrimas.

Un temblor electrizante recorrió su médula espinar haciéndole contraerse hasta contracturar sus músculos.

Su estómago se arrugó y los jugos gástricos hicieron que la amargura fuera saboreada por su paladar.

– Hacedle caso…Todo pronto será paz…

Sus rodillas no aguantaron más. Al doblarse golpearon uno de los tablones, el cual, crujió ante el peso.

Una leve y fría brisa sopló entonces…

El mundo se despedía de él acariciandole con sus gélidas manos… Con un sutil susurro producido en su transitar… Con un último atisbo de sosiego…

Rendido y muerto de terror posó su cabeza sobre el tajo haciendole dar un respingo cuando la piel de su cuello sintió el áspero tacto de la madera…

Segundos después sus oídos se olvidaron de la silenciosa multitud para escuchar como el verdugo alzaba a la luz del alba la afilada y gigantesca espada con la que desarrollaba su labor.

Instantes después un afilado silbido…Un golpe seco…Una multitud aplaudiendo…

El pobre de Juan Bravo todavía contó con unos segundos de conciencia para observar como el verdugo tiraba de su pelo y mostraba su cabeza al público…

Después todo fue oscuridad…

Tras el fueron ajusticiados Padilla y Maldonado…

Los retos del ejército comuneros fueron perseguidos por el conde de Haro hasta Toro, mientras que otros huían a Portugal por el paso de Fermoselle.

Por otro lado, lo que quedó de la rebelión se hizo fuerte en Toledo junto a Acuña y María Pacheco, pero en febrero de 1522 la ciudad también sería rendida, poniendo así, fin a la guerra.

Autor: José Antonio López Medina

El Socorro de Goes

– Cobardes hijos de perra…

Nuño apretó los dientes y tensó sus músculos al ver la espantada de los holandeses y los ingleses.

– ¡No huyáis! ¡Plantad cara!

Pero nadie quería escuchar a aquellos tres mil españoles que en medio de la noche del 20 de Octubre de 1572.

Y no era de extrañar…

Aquellos demonios enviados por Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de Alba y gobernador de los Países Bajos, al mando de Sancho Dávila y Cristobal de Mondragón, había cruzado, guiados por el flamenco capitán Plomaert, quince kilómetros entre el fango de una llanura anegada y continuamente expuesta a las mareas del mar del Norte y las corrientes del río Escalda.

En silencio…Sin el menor lamentó ni queja…Avanzaron con sus brazos en alto alzando sus picas…En las puntas de estas, colgadas en pequeños sacos, se encontraban las provisiones y la pólvora que necesitarían para socorrer la ciudad sitiada de Goes.

Cada minuto contaba, ya que, la marea baja, la cual cubría a aquellos valientes por el lecho y la garganta , podía cambiar en cualquier momento hasta alcanzar la altura de los tres metros.

Si aquello ocurría, estaban perdidos…

Pero Nuño no pensaba en aquello…Él solo quería llegar a la orilla de la isla para hacerles pagar a aquellos rebeldes y sus pérfidos amigos, el suplicio que estaba soportando para alcanzar aquella isla.

Fue una noche interminable en la que nueve de sus compañeros perdieron la vida entre silenciosos gorgoteos para no descubrir la acción de sus compañeros.

Cuando llegaran a la isla, se haría reembolsar todo aquel padecimiento…

Por esa razón , nada más alcanzar la orilla, olvido el doloroso hambre que retorcía sus entrañas, el abrasador y penetrante frío que le hacia tiritar hasta contracturas sus músculos y el desgarrador cansancio al que había sido sometido su ánimo, para sonreír…

Había llegado la hora de cobrarse su venganza…

Sin embargo, los rebeldes holandeses y sus bastardos aliados ingleses, que esperaban un ataque a través de los puertos, al ver aparecer al alba a aquellos tres mil valientes culminando una hazaña inexplicable e imposible, fueron presa del terror y el pánico.

Un miedo atroz fustigó su ánimo y como alimañas se desprendieron de sus armas para correr hacia sus embarcaciones, las cuales, les pondrían a salvo en alta mar.

Pero Nuño y sus tres mil compañeros no se iban a quedar observando aquella espantada. Ellos necesitaban hacerles saber que no se debían atacar ciudades españolas.

Así, con la sonrisas en su rostros y su corazón pidiendo sangre, se organizaron y cargaron a degüello.

Pronto tomaron contacto con los despavoridos rebeldes, los cuales, a sus espaldas veían como sus gargantas eran seccionadas, sus torsos atravesados y sus estandartes pisoteados.

-¡Venid aquí! ¡Cobardes!

A uno y otro lado cargo, degollo y pincho sin descanso…El sudor corría por su frente y la sangre salpicaba su rostro y embadurnaba sus manos.

No cesaría de atacar hasta que les hubiera dado una lección.

Así anduvo hasta no poder más…

El agotamiento le dejó incapacitado para levantar sus brazos… No podía perpetrar una estocada más…Sus piernas no se permitían dar un paso sin tambalearse… Era preso de la extenuación…

Finalmente, cobrada su venganza por el sufrimiento de la noche anterior, se dejo caer de rodillas.

Tras recobrar el resuello levantó el rostro y

observó el terreno que él y sus compañeros habían dejado atrás…

Más de dos mil hombres habían muerto bajo sus picas y sus estocadas…Otros cientos lo harías ahogados al intentar huir desesperadamente de aquellos diablos…

Contra todo pronóstico…El objetivo estaba cumplido…

Nuño solo pudo sonreír…

La ciudad de Goes había sido socorrida, aliviando así, la presión sobre las ciudades españolas de Middelburg, Arnemuiden y Rammekens.

Por desgracia, dos años después, en 1574, la ciudad de Middelburg caería en manos holandesas…Pero eso es otra historia…Hoy debemos recordar a los tres mil soldados anónimos e injustamente olvidados que hace cuatrocientos cuarenta y seis años arriesgaron su vida por España y su forma de entender el mundo.

Desde Historias de un Instante mi humilde homenaje.

Autor: José Antonio López Medina

Rodrigo de Triana, el Primer Vigía que Observó America

Esa noche le había tocado a él…Podía haber sido cualquier otro…Pero el destino le había señalado a él…

Ascendiendo entre las jarcias, con ritmo lento y cansino que produce el haber probado poco bocado durante días, llegó hasta el cascaron del palo mayor entre maldiciones e improperios a la madre del capitán y a todos sus familiares fallecidos.

Tenía hambre, estaba cansado, y habían perdido, al igual que la mayoría de los tripulantes, toda esperanza en el capitán y la finalización del sueño con el que los había convencido para embarcar.

Con el paso de las semanas y los cálculos mal planificados, las provisiones se habían agotado. Seguidamente, ante el malestar las órdenes endurecido, haciendo que, no fueran pocos los que entre susurros conspiraban para organizar un motín.

Mientras estos oscuros pensamientos cruzaban su mente, oteó el oscuro e infinito horizonte.

No se apreciaba nada….

No había sombras ni resplandores, pues la luna aquella noche crecía nueva.

Sumergido en oscuridad plena…Sin principio ni fin…Sin referencia ni profundidad… Sus ojos se hundieron…

Tal era la negrura que parecía flotar envuelto en una fría y oscura mortaja arrojada a las profundidades de una caverna sin salida.

Pero entonces…

Un pequeño punto de luz le llamo la atención…

No podía ser…Su imaginación y sus ansias por observar un cambio en el horizonte le estaban jugando una mala pasada…Pero en aquel momento el punto de luz se agrandó, e incluso, en la lejanía, pareció fluctuar…

¿Que era aquello…?

Pronto obtuvo respuesta…

En la inmensidad de aquella negrura infinita apareció una grandiosa sombra…Después otra…Y luego otra…

Sus contornos dibujaban ondulaciones propias de los montes y la vegetación…Propias de…

Sus nudillos se aferraron a la barandilla del cascarón hasta que sus nudillos palidecieron. Sus pulmones absorbieron el gélido aire traído por el viento desde el oeste y sus músculos se tensaron mientras un torrente de voz se abría paso por su garganta hasta ser espulgado a la inmensidad…

-¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! 

Una lágrima cayó por su rostro…Lo había encontrado…Él… Rodrigo de Triana…El vigía de la Pinta…

Él había encontrado tierra…

America acababa de ser descubierta…

Dos mundos, dos maneras de entender la existencia, se acababan de mirar a los ojos…

Según el diario de abordo de Cristóbal Colón, el marinero Rodrigo de Triana gritaría tierra a las dos de la madruga del 12 de octubre de 1492.

En esta primera visión, lo que aquella marinero pudo apreciar fueron las islas del archipiélago de las Lucayas ( Conocido como las Bahamas). Más tarde la isla Guanahani sería bautizada por Cristobal Colon como San Salvador…

Pero esa es otra historia…

¡¡¡Desde Historias de un Instante les deseo a todos Feliz día de la Hispanidad !!! 

Autor: José Antonio López Medina 

Manuel Otero, el Único Español Muerto en Normandía

La guerra siempre había ido tras él…Fuera donde fuera la guerra le encontraba…Le absorbía y le hacía protagonista de sus caprichosos, horrendos y trágicos episodios…

Así le había ocurrido el 18 de julio de 1936 cuando la Guerra Civil había estallado. Por aquel entonces trabajaba como mecánico de la marina mercante en el puerto de Santander y no pudo evitar verse involucrado en aquella ilógica locura.

De esta manera, aquel joven de veinte años de edad, luchó a favor de la República hasta ser capturado tras la sangrienta y estéril batalla de Brunete.

Su familia, natural de Serra de Outes, movió influencias en el bando vencedor para liberarle de la prision a la que estaba siendo sometido en Barcelona.

Pero el regreso a su pueblo no fue fácil…Era despreciado, insultado y humillado por haber defendido a la República, así que, con todo el dolor de su corazón y a morriña por abandonar su Galicia natal, emigró a Estados Unidos.

Tal vez la guerra se hubiera olvidado de él…Pero no fue así… Está, espero agazapada entre las sombras para volver a envolverle con su oscura y macabro abrazo…

En un principio todo fue bien. Instalado en Nueva York, abrió un negocio que le aportaba sostenibilidad económica.

Alegremente, alejado de la convulsa Europa, vivía el sueño americano, pero entonces quiso conseguir la nacionalidad norteamericana.

Para ello, necesitaba alistarse en el ejército y en seis meses le entregarían la ansiada nacionalidad.

Fue entonces cuando el destino, de la mano de la guerra, decidieron burlarse de él…

Manuel Otero se alistó en el ejército el día 4 de Diciembre de 1941…Tres días después, Pearl Harbour sería atacado por los japoneses… Estados Unidos entraba en la Segunda Guerra Mundial…La guerra había vuelto a encontrarle…

Enviado a Europa para entrenar maniobras militares y el desembarco, fue ingresado en la Big Red One, división de infantería destinada a desembarcar en la playa de Omaha…

Para ello fue levantado a las seis de la madrugada el día 6 de junio de 1944…

Era el día D…

La hora H…

El motor de la lancha de desembarco LCD zumbaba entre el fulgor propio del salvaje oleaje.

La oscuridad era total, ya que la resplandeciente luna había quedado oculta tras las densas nubes que aquella noche ocupaban el cielo.

Sus manos temblaban…Le dolía la cabeza…Sus sienes y su garganta eran martilleadas por los desbocados latidos de su corazón…Un ardor atroz oprimía la boca de su estómago hasta arrastrarlo al borde de la náusea…

-¡Tres minutos!

Durante unos instantes cerró los ojos y rezó…Oró con todas sus fuerza…Con su espíritu y su alma en un puño…

Mientras tanto, a su alrededor, sus compañeros vomitaban, se encomendaban a Dios, aguantaban las lágrimas e intentaban ocultar los temblores que el miedo más afilado y cortante produce…

Aquel miedo reía junto al terror y el pánico mientras susurraba a su oído como no podían retroceder…Como no era posible volver atrás…

Solo existía un camino…Una dirección…

Para salir de aquella playa con vida solo podían avanzar…No se podía retroceder…Solo se podía correr hacia adelante…

– ¡Un minuto!

Manuel Otero se aferró a su M1 Garant hasta que sus nudillos se volvieron blancos como la nieve…Un sudor frío y correoso comenzó a pegarle el uniforme a la piel…Su garganta se secó…Su mente quedó en blanco…

-¡Treinta segundos!

La marea, los sollozos, temblores, rezos y vómitos desaparecieron…Todo era invadido por un silencio chirriante…Atronador…

-¡Prepárense!…¡Todos a la playa!

Un golpe seco detuvo la lancha…El sonido de una cadena comenzó a chirriar…

-¡Adelante!

La puerta cayó… el zumbido de cientos de proyectiles atravesaron la lancha…Sus compañeros comenzaron a caer como muñecos…Desconectados…Sesgados en milésimas de segundos…

¡TATATATATATATATATATATATA!¡TATATATATATATATATATATATA!¡TATATATATATATATATATATATA!

La sangre le salpicó en la cara…Abrió los ojos y comenzó a correr mientras esquivaba los cuerpos inertes de aquellos que habían rezado, temblado y llorado junto a él segundos antes…

¡TATATATATATATATATATATATA!

¡TATATATATATATATATATATATA!

Manuel Otero descendió de la lancha mientras los proyectiles barrían todo a su alrededor…El miedo y el pánico hicieron que sus piernas le hicieran correr…

¡TATATATATATATATATATATATA!

Siempre hacia adelante…Siempre…

¡TATATATATATATATATATATATA!

A su alrededor las almas de jóvenes de dieciocho, diecinueve y veinte años eran sesgadas sin dificultad por las ametralladoras alemanas…

¡TATATATATATATATATATATATA!

¡AAH! ¡AAH! ¡AAH! ¡AYUDA! ¡AAH!

¡TATATATATATATATATATATATA!

Las MG42 alemanas no paraban de rugir…A uno y otro lado sus mortales balas mutilaban, destrozaban y traspasaban los cuerpos de los jóvenes americanos llamados a cambiar la historia…

¡TATATATATATATATATATATATA!

Entre lamentos agónicos , gritos de dolor y últimos alaridos, Manuel corrió…Pero la lancha había quedado muy lejos de las defensas…

Aun así, su frenética carrera le llevó, junto a cientos de compañeros, a alcanzar los primeros obstáculos y las alambradas de espino, las cuales, cortaron para seguir avanzando hacia la salvación…Pero entonces, llegado al campo de minas, una ráfaga de ametralladora lo barrió todo…

¡TATATATATATATATATATATATA!

El cuerpo de Manuel Otero, único español que desembarcó el día D, sentía el colosal impacto de las balas…

Por fortuna…No tuvo tiempo de sufrir…Su alma, al igual que la cientos de jóvenes soldados, se sumergió en una oscuridad infinita…

En una paz inmensa…En un silencio eterno…

Todos conocemos como finalizó aquel día…Estados Unidos, Inglaterra, Australia y Canadá, junto a voluntarios de países latinoamericanos, entregaron a sus jóvenes para cambiar la historia…Para acabar con el demonio Nazi…Por la libertad…Por un mundo mejor…

Entre ellos, un héroe olvidado…Un héroe condecorado con la medalla de color púrpura por haber servido en el infierno con valor…

El español Manuel Otero…

Tras su muerte fue enterrado en el cementerio de San Lorenzo junto a otros 6000 soldados. Pero su padre, tras realizar gestiones pertinentes con la embajada, consiguió repatriar el cuerpo para que fuera enterrado en el cementerio de la parroquia de Outes el 18 de septiembre de 1948.

Desde Historias de un Instante solo desear que su orgullo, su honor y su valentía sean eternamente recordado en el salón de los héroes olvidados.

Autor: José Antonio López Medina

Robert Louis Stevenson y el Nacimiento de El Doctor Jekyll y Mister Hyde

Aquellos gritos de horror la sobrecogieron…

Aferrada con ambas manos a la gruesa manta, observó como su marido, sumergido en la inconsciencia onírica de un profundo sueño, amargamente sufría…

Nunca le había visto padecer con tanta intensidad una pesadilla…

Su rostro se contraía con la tensión creada por espeluznantes muecas de terror mientras su cuerpo se contraía y se retorcía.

Mientras reunía la valentía suficiente para rescatarle de aquel vívido sueño, observó como su frente se encontraba perlada por el sudor frío que solo brota cuando una persona sufre un terrible trance… Cuando se es testigo de una horripilante escena…Cuando se siente y se sufre…

Incapaz de actuar con inmediatez, acercó , terrosa, su lánguida mano hasta aferrar el hombro de su esposo.

Al hacerlo pudo comprobar cómo su ser estaba dominado por violentos temblores producidos por el miedo y el desasosiego. Al mismo tiempo, se pudo percatar que su musculatura se encontraba contraída.

Aterrada ante el estado en el que se encaraba su marido, decidió poner fin a aquella agónica fantasía zarandeándole.

-¡Despertad! ¡Despertad Robert!

Este, resistiéndose a abandonar su estado alterado de conciencia, intentó, en un movimiento involuntario, zafarse.

Pero la insistencia y la creciente brusquedad en los zarandeos perpetrados por su esposa, finalmente, dieron resultado…

-¡Despertaos!

-¡Mujer! ¡¿Que hacéis?!

-Tranquilizaos. Estabais sufriendo una terrible pesadilla y he creído oportuno…

-¡¿Despertarme?! ¡Por el amor de Dios! ¡No deberíais haberlo hecho! ¡Estaba soñando con un dulce cuento de terror!

Su mujer, incapaz de entender la iracunda reacción, quedó perpleja mientras Robert se incorporaba del lecho.

-¿Por que no? Estabais sufriendo.

-¡No sufría!Lo que estaba visualizando era la transformación de mi personaje en algo…Algo que…

-Creedme…Sufríais…Vuestra visión no debía ser agradable.

-¡Por supuesto que no lo era! Es terrible ser testigo directo de una terrible maldad…De como una persona se transforma en un sádico criminal capaz de todo…De como…

Robert fue apagando sus excitadas explicaciones hasta quedar sumido en sus pensamientos…Su mirada se había perdido…Su voluntad esfumado…

-Robert…¿Os encontráis bien?…

-Si…Es solo que…

-¿Qué?

Tras unos instantes dominados por un atronador silencio, Robert volvió a tomar la palabra…

-¿Recordáis lo que hemos hablado durante estos días?

-¿A que os referís?

-A la dualidad entre el mal y el bien que habita en nuestro interior……Si esa maléfica parte de nuestra mente se despegará de nuestra humanidad sería…

-Robert sería terrible…

Robert volvió a caer en aquel estado de letargo en el que su mente se sumergía cuando sus mecanismos de creación literaria se ponían en marcha.

Repentinamente, ante la atenta mirada de su esposa, exclamó:

-¡Necesito escribir!

-¿Ahora?

-¡Si! ¡Ahora mismo!

Sin pronunciar una palabra más, saltó del lecho. A continuación, salió del dormitorio y con paso acelerado, ascendió hasta el piso superior donde solía crear sus historias.

Allí, encerrado en su despacho, permaneció durante tres días hasta que enfervorecido, descendió hasta el salón.

Una vez allí, ante la atenta mirada de su mujer y el desconcierto de su hijastro, leyó a pleno pulmón más de la mitad de la obra.

Seguidamente, sin explicación alguna, detuvo la lectura y volvió a su despacho para seguir escribiendo.

Horas después su mujer leía el esbozo completo de la obra. Esta primera lectura servía para que su esposa le anotara aspectos y notas que ella creía que debía corregir o reescribir.

En aquella ocasión, su valoración no fue muy positiva…La narración no le había gustado…Por otro lado, tampoco la había entusiasmado el trato dado por Robert al texto, ya que este, había sido escrito como un cuento, sin embargo, ella opinaba que debía tratarse de una alegoría.

Tuviera razón o no, entregaría su valoración a Robert para que él decidiera que cambiar o que omitir.

Lo que la señora Fanny nunca imagino es que su marido la llamará horas después para enseñarla el montón de cenizas en el que se había convertido su obra.

Según la explicó, había decidido reescribirla, como ella le había sugerido, de forma alegórica.

Fanny Stevenson no podía creérselo…

Pero lejos del desánimo y el agotamiento, Robert Louis Stevenson volvió a escribir, en tan solo tres días, la obra que sus horrendas pesadillas y sus hondas reflexiones le habían traído.

Esta vez mejoraría sus personajes y definiría a la perfección las escenas, entornos y sucesos acontecidos…Ya no habría errores…

Seis semanas después el manuscrito titulado “El Doctor Jekyll y el señor Mister Hyde” salía a la venta al módico precio de un chelín en Londres y un dólar en Estados Unidos.

Al principio las librerías no hicieron acopio de ejemplares, pero una buena crítica efectuada el 25 de enero de 1886 por el periódico The Times hizo que se dispararan las ventas.

En seis meses se vendieron cuarenta mil copias…

Catorce años después, el número ascendió a doscientas cincuenta mil copias vendidas…

Esta es la curiosa anécdota que nos dejó el genio escocés, Robert Louis Stevenson, creador, entre muchas obras, de la maravillosa Isla del Tesoro.

En ella no solo nos enseña la importancia de creer en nuestros proyectos, si no, la importancia de no claudicar ante las malas críticas, loará llevarlos a cabo si estamos convencidos de su valor.

Autor: José Antonio López Medina